MANOLO LAVANDERA Y RAMÓN PENZOL

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo 15-11-1947

Hay que convencerse – uno el primero – de que el que esto escribe es una persona seria e importante. Uno se trata nada menos que con abuelos e inventores. Y no creemos que nadie niegue al que reúne alguna de estas cualidades falta de seriedad. Para que se vea, ponemos como ejemplo: de abuelos, Manolo Lavandera, y de inventores, Ramón Penzol. Entrambos y dos son excelentes deportistas, jóvenes, no por cima de los cincuenta años ¡Y ya son eso!

Una mañana de otoño, cuando el viento, con ayuda de las hojas amarillentas desprendidas de los árboles, barre el polvo de los caminos, me encontré con Ramón Penzol en el coche de “la línea”. Él Iba a Luarca. Yo, no. Y, sin embargo, al conocer el motivo de su viaje y movido por el incentivo de la curiosidad, decidí prolongar el mío, también a Luarca. Su ida tenía por objeto, mostrar a su amigo, compañero de colegio, Manolo Lavandera, un carrete de pesca para lanzar devón y pluma, de su invención.

Ramón Penzol es el hombre de las grandes pasiones. Un Don Quijote del siglo XX, es decir auténtico en la esencia y nuevo en la forma. Nada de algún palomino de añadidura los domingos, nada de celada de encaje, nada de manto de finísima escarlata en casa de los Duques, mis señores, y, sin embargo, para él tiene tanta importancia pescar truchas y salmones como para Don Quijote socorrer viudas y menesterosos. Ni más, ni menos.

Véase no más. Un día que yo pescaba truchas, hace pocos años, por el rio Porcía, en el lugar de Mollos Novos, encontré a Ramón también de faena. Eran las seis de la larde y no había comido todavía. Como Don Quijote. Igualito. Que coman los Sanchos Panzas. Los hombres de espíritu elegante, comen tarde, o mal, o nunca. Su edad, ya lo dije, cincuenta años, y sus manos secas de carne, velludas y con el relieve de grandes venas son pariguales a las del Ingenioso Hidalgo. Los temas de pesca los trata siempre con grave y reposado continente.

Cuando llegamos a Luarca, Manolo, cortés y caballero, esperaba a Penzol. A mí no, pero desde hace algún tiempo, contaba con reiteradas invitaciones para que le visitase.

Lavandera es un complejo de vocaciones. Gran pescador, extraordinario fotógrafo y muy amante de los libros, en especial, literarios, su casa en un verdadero museo que atesora lo mejor de lo mejor en instrumentos adecuados para el servicio de esas vocaciones.

Esta casa, señorial, pero al par sencilla como su amo, no sorprende, hasta que éste con sus llaves, empieza a abrir armarios y vitrinas. Entonces sí que hay que asombrarse, sin remedio. Su biblioteca es nutrida y selecta. Miles y miles de volúmenes, de autores antiguos y modernos, esmeradamente cuidados y ordenados, se cobijan en sus estantes y se acrecientan, cada día, con la llegada de nuevas ediciones. Allí, sobre la mesa del despacho, en espera de lectura, estaban los recién venidos Antonio Pérez, de Marañón, Ciencia y arte del lenguaje y arte del estilo, del Martín Alonso, y Obras Completas, de Clarín.

Uno se asombra más todavía cuando este hombre, como un prestidigitador, empieza a desenfundar, cañas de pesca. Entonces, cuando uno es aficionado, es el quedarse anonadado. Docenas y docenas de cañas de bambúes refundidos, de los más variados tipos, brotan como por ensalmo de las manos de Lavandera: Cañas inglesas, americanas, francesas, japonesas… Todas, claro es, de calidades selectas. Una de ellas, francesa, tiene en su haber el record casi increíble de pesca, en manos de Lavandera, de cinco mil kilos de peces, principalmente roballos y sargos, en seis temporadas. Hoy, tal caña, está jubilada como premio a los frutos dados. Hermoso detalle este.

Y en útiles complementarios, un sin fin de cosas. Sedales de cola de ratón, carretes, moscas artificiales, cucharillas, devones, etc., etc. ¡Qué sé yo!

En un libro registro de pescadas, diario íntimo, hemos visto: la mayor pesca realizada en un día, en mar, 180 kilos;  el mayor roballo, 18 kilos; y en río, 24 kilos de truchas también en un día. Parece increíble también.

La fotografía es otra vocación tan mimada como las anteriores, que hace de él, un consumado artista. Más de veinte máquinas posee, todas de primera, estereoscópicas, Leicas, Contax, y así; y un laboratorio, con los últimos adelantos de la técnica, nos dice que Manolo se lo hace todo. Algunos álbumes que hemos visto, nos dan clara idea de cuánto bueno se puede hacer en este arte. Maravilla por lo perfecto un aparato eléctrico para ver fotos en relieve y color. Allí están recogidas en cientos de placas impresionadas en los más bellos rincones de nuestra costa cantábrica, las rocas más firmes desafiadoras de los oleajes más bravos, las playas más deliciosas y los contraluces más atrevidos. Bueno, baste saber que, hace años, Manolo fue a Barcelona a un concurso fotográfico y obtuvo ¡medalla de oro!

Todo esto vimos, a medias, con prisas, un día de otoño en Luarca. Cierto que el nuevo carrete, de Penzol nos llevó una buena parte de la mañana. Era preciso ver con detalle este nuevo avance en la técnica de la pesca. Previas unas, explicaciones de su autor, Lavandera y yo nos dimos cuenta, de que estábamos ante una cosa esencialmente nueva. Lavandera, verdadero experto, no conoce nada en carretes ingleses, franceses y americanos que se le puedan comparar. A todos supera. Y no hay duda de ello porque en el muelle luarqués hicimos, sin un fallo, las experiencias debidas. Se lanzó con devón una y otra vez, con la seguridad que había derecho a exigir a quien, con toda la modestia que se quiera, patenta un invento. El escenario donde se hizo la experiencia tenía el color adecuado: Al fondo, casas colgadas, unas peñas y astilleros, mostrando la osamenta de quillas y cuadernas que algún día serán navíos retadores de tempestades, y más cerca, redes en secaderos, y lanchas y botes por doquier. A un lado, el rompeolas y, sobre él, unos marineros pasean con medias manos en los bolsillos, quienes, a veces, se paran y miran a tres hombres lanzando con devón, en un sitio donde ordinariamente no se pesca. Unos locos – pensarán – ¡Ya!

Concluyo esta crónica asaz melancólica. Uno, por sus relaciones, será una persona seria e importante. Sí, pero… ¿y qué? Uno no conoce las mieles de un beso de nieto e ignora el regusto de la gloria de inventar algo para dejar, a través de la historia, la estela de su nombre, siquiera borrosa. Uno.. en fin… ¡que es una pena!

ALEJANDRO SELA

Poesía y mujer

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 3-9-1960

En la poesía lírica la mujer es elemento indispensable. Sin ella, no hay poema.

Por esa razón, cuando se habla de la gloria de un poeta, se exclusiviza, sin deber. Esa gloria, en justicia, no es unipersonal. Detrás del poeta o, mejor, en el centro del mismo, en su corazón, hay o ha habido una mujer.

Esta mujer fue el elemento fecundante e inspirador. Por esa fecundación, el poeta dio a luz su criatura: el poema.

Pero a la hora de los laureles, estos se van a la cabeza del poeta, la que exornan y dan el aura da la gloria. La mujer se queda en las tinieblas del olvido. A veces se la recuerda vagamente. Y, a lo más, se le llama musa. Pero no se la destaca.

Hay que darle a la mujer, haciéndola presente en cada caso, el relieve que merece en el fenómeno poético. Y hacerle su homenaje.

Pero así como el fruto del amor, el ser humano, resulta de la voluntad concorde, de hombre y mujer, la criatura poética en el fruto de una disconformidad.

El poeta ama, pero la mujer objeto de que sus delirios no lo quiere y no le corresponde a sus requiebros. En ese trance, en el sufrimiento pasional, el poeta escribe y alumbra la obra que le dará la gloria. Solo así surge el poema de más subidos quilates.

Unamuno dijo: “Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; solo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; solo la esterilidad temporal da fecundidad eterna”.

Es la mujer esquiva, pues, la colaboradora de la creación poética. La mujer amable y complaciente, no ha inspirado, que yo sepa, poema alguno digno de consideración.

La mujer ingrata desempeña un papel no desdeñable ante el poeta. Digno de la mejor loa. Al poeta le da la gloria, que se lo que, de verdad, este quiere. Y a la sociedad le da el fruto poético que, al par que emociones, contribuye a revelar los misterios del alma humana.

El poeta necesita, sin duda, dolor para producir. Pero dolor causado por alma de la mujer.

Uno de ellos, amador inagotable, Quevedo, lo dijo:

“Diome el cielo dolor y diome vida”.

 Y en otra ocasión se muestra orgulloso de su sufrimiento:

“Sabio en amar dolor tan bien nacido”.

Y el no menos consecuente Herrera, también “respira”:

“Procuré no rendirme al mal que siento
Y fue todo un esfuerzo desvarío
Perdí mi libertad, perdí mi brío
Cobré un perpetuo mal, cobré un tormento”.  

Pero, el hombre, de esa prisión “huir no piensa”:

“ni los lazos romper de esa cadena”.

Es curioso. Todos los grandes, poetas lo han sido, además, por la “ayuda” de la mujer del vecino.

Dante, tuvo a Beatriz. Petrarca, a Laura. Herrera, a la condesa de Gelves. Bécquer, a Julia. Garcilaso, a Isabel…

Todos ellos han sido unos donjuanes de tres al cuarto, pero han triunfado como poetas. A la sociedad, los donjuanes, no le interesa nada que los haya. Los poetas en cambio, sí. Y mucho.

El “no” de la mujer al poeta, siempre ha dado gran resultado.

Y el vale cuando es noble y sincero lo reconoce. Fue Bécquer, el gran Bécquer, el que escribió este verso sencillo y formidable:

“Poesía… eres tú”.

Es muy lícito, pues, aconsejar a la mujer que cuando vea ante sí, en trance de declaración amorosa un hombre con barruntos de poeta, tenga el “no” presto y sostenido. Y además de hacer un servicio a la sociedad no tendrá nunca de que arrepentirse, probablemente. Nunca hubo un poeta, en el orden de las expresiones terrenales, que pudiera ser considerado como un “buen partido”.

ALEJANDRO SELA

Josentonín

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 1959; De vuelta del Eo (1960)

CUENTO. A Rosa Mari

Josentonín era un niño bastante bueno. Y no era mejor porque era hijo único. A los hijos únicos los padres los quieren demasiado. Y son, por consecuencia, caprichosillos. Es inevitable.

El padre de Josentonín era marinero y pescador. Y su madre una mujer muy laboriosa. Vivían, como es natural, en un pueblo pesquero. Y que era muy hermoso. Un pueblecito empinado, que tenía muchas calles estrechas con escaleras. Todo él olía a pez. En la parte baja, en el muelle, había muchas lanchas y botes. Unos estaban en el agua, fondeados. Y otros varados en seco, como en disposición de ser carenados y pintados.

A Josentonín le gustaba mucho bajar al muelle. En él se pasaba la mayor parte del día, sobre todo cuando estaba de vacaciones. Subíase a las lanchas y se ponía al timón como si fuera un lobo de mar. Siempre tenía algún compinche para jugar a eso.

Cuando se aproximaba la fecha de Reyes, les escribió una carta a los Magos de Oriente. Y les pidió una caña de pescar y todo lo demás que es necesario para ser pescador.

Y se la trajeron. Los Reyes Magos son muy buenos. Con ella venían anzuelos, hilos de nylon y un bote de pimientos vacío para meter “xorra”.

Cuando amaneció en la mañana de Reyes, Josentonín se sentía feliz. Sería pescador. No le faltaba nada.

En una ocasión se fue a la ribera, en marea baja. Levantó algunas piedras y cogió “xorra” que metía en la lata. Este trabajo lo hacía gozoso pensando que, después, iba a coger unos peces hermosos, plateados y gordos.

Al día siguiente se levantó temprano y le dijo a su mamá que iba de pesca. Ella lo dejó porque creía que se iría al muelle y no pasaría de allí. Pero no fue así. Como quería pescar peces de los buenos se alejó, como los pescadores grandes, por la costa. Quería pescar desde las rocas donde el mar suele batirse con furia, donde hay muchas espumas y mucha resaca.

Iba muy ilusionado, con un cestín al brazo, la caña al hombro y silbando una canción. El cielo estaba un poco encapotado. Y corría un airecillo fresco. Desde las alturas de la costa vio un caminín que bajaba en zig-zag y daba a una playa pequeña. Por él bajó. Había una peña grande en medio del arenal. Y decidió subirse a ella para pescar desde allí. Todo muy bien. Preparó el aparejo y puso en el anzuelo una lombriz de “xorra” que estaba vivita y coleando.

– Qué pescado más guapo voy a pescar con ella – se dijo. Y tiró el anzuelo con el cebo al agua. Al poco tiempo sintió una picada. Tiró de la caña y… nada. Otra vez. Volvió a tirar. Y ¡ahora sí! Venía allí colgada una roballiza hermosa, color de luna, que se retorcía y saltaba, queriendo volverse al mar. Pero ¡quiá! Josentonín le echó mano. Y, hala, al cesto.

Josentonín se sentía feliz, muy contento. Tenía la confianza de que pescaría más. Y así fue. Poco después pescó otra, y otra, y otra. Cuando se dio cuenta tenía para llenar el cesto. Pero, con el entusiasmo de la pesca, se le olvidó una cosa muy importante. Mientras pescaba la marea subía. Y, al acabar, la peña estaba rodeada de agua por todas partes. Era una isla. Y lo grave es que ya no podía salir.

Se vio solo. Tenía un miedo terrible. Y, como siempre sucede, se puso a llorar. Y, a pedir, dando grandes voces, auxilio. Y la marea subía…

Al principio no veía a nadie. Pero después se dio cuenta que, allá lejos en el mar, balanceándose, había un hombre en un chalano pescando calamar. Al verlo se le ocurrió sacar el pañuelo y hacerle señas. El hombre estaba entretenido, sin duda, con las poteras. Al fin, sin embargo, lo vio. Y comprendió el peligro del niño.

Inmediatamente abandonó la pesca. Y, remando mucho, se fue al puerto. Avisó a otros hombres que descansaban, sentados en un muro, de sus quehaceres pesqueros. Cinco o seis cogieron una lancha grande y su fueron hacia donde estaba el niño. Otros se fueron por tierra.

Josentonín al ver la gente llegar seguía llorando. Y, entre tanto, las olas se estrellaban contra la roca y se deshacían en una espuma blanca que llegaba muy alta.

Un hombre de la lancha, un valiente, se ató por debajo de los brazos con una cuerda y los demás le sujetaban por el otro extremo. Y se fue nadando hasta la peña. La lancha no podía acercarse, se partiría al chocar con la roca.

El hombre llegó a la roca muy bien. El niño, al ver que no estaba solo, cogió confianza. Pero todavía temblaba. ¡Cómo no había de temblar!

El hombre tuvo una idea feliz. Tiró la cuerda por un extremo a tierra. Los hombres que estaban allí la ataron a una estaca. Y el hombre salvador ató el otro extremo a una esquina afilada de la peña. Y ya tenían para salir un puente de una sola cuerda. Josentonín se puso en las espaldas del hombre cogido al cuello. Y el hombre se colgó en la cuerda con las manos. Y, andando, andando, así colgados llegaron a tierra.

¡Salvados!

Qué alegría tuvieron todos. ¡Qué alegría, Dios mío!

Cuando la mamá de Josentonín supo lo ocurrido tuvo una gran emoción. Lloraba y reía. Lloraba al saber el peligro que corriera su hijo. Y reía, de alegría, al verlo salvado.

Su padre no estaba en casa. Hacía días que había salido al bonito Era pescador de bajura. La mamá dio las más expresivas gracias a los hombres salvadores.

– Y la caña y los peces – me preguntarán algunos. Se quedaron en la roca, los llevó el mar. No se podía salvar todo.

Al año siguiente Josentonín pidió a los Reyes Magos un barco de vela. Y lo ponía a navegar en las pozas de los caminos después de las lluvias.

Al mar…

¡No volvió!

ALEJANDRO SELA

El Cristo de Delgado

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 3-10-1959

Álvaro Delgado el pintor madrileño que tanto quiere a Asturias, incluyendo la ría del Eo y sus pueblos, ha iniciado un nuevo camino en su profesión de artista. Se ha metido a ejecutar arte sacro. A la vista está el Cristo que dibujó este verano en Navia. Sobre un tema ya viejo hizo algo verdaderamente nuevo, lleno de unción y lozanía. El empeño es difícil, ya que es un asunto tratado por los mejores pintores que tuvo el mundo, pero él, como siempre, ha salido airoso de la prueba. Ha triunfado en toda la línea. Ese Ser con figura humana está repleto de espiritualidad y fuerza. Lo que cuenta.

Con la fe – como dijo Unamuno – ha creado lo que no ha visto.

 Ya tenemos una crucifixión más: Velázquez, el Greco, Rouault, Sutherland, Delgado…

SELA

Rutas de Asturias

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 5-9-1959; De vuelta del Eo (1960)

En los primeros días del año último, un grupo de amigos tomamos el acuerdo de dar una vuelta por los pueblos del occidente asturiano. Queríamos pasar un día de esparcimiento y goce campero que rompiera la monotonía de nuestros quehaceres cotidianos.

Hicimos realidad nuestro deseo. Uno de los primeros días de Octubre, no recuerdo cual, amaneció con sol. Algunas nieblas se veían en lontananza, pero no parecían presagio de nada malo. No era de temer, y así resultó, que el tiempo cambiara.

Serían las nueve de la mañana cuando salimos de Navia, en coche. Los primeros Kilómetros los pasamos a velocidad. Nos eran muy conocidos los pueblos. Así pues, pasamos rápidamente por Cartavio, La Caridad, Valdepares, Tapia, Serantes, etc., etc.

Poco después de Barres, a la altura de la Linera, paramos: Y desde allí vimos el castillo de Donlebún a la derecha. Y, de frente, Castropol y Ribadeo que coqueteaban con las aguas azogadas y apacibles de la ría del Eo. A la izquierda se veían Salías y el Esquilo.

Seguimos. Pero haciendo el viaje más lento. Nos detenemos en Vilavedelle y vemos la hermosura de la ensenada que llega a Fabal.

Cuatro Kilómetros nos faltan para llegar a Vegadeo. Pero antes atravesamos Fondón, en Río de Seares.

Vegadeo. Tomamos un refrigerio. Y nos metemos por una ruta totalmente desconocida para todos. Vamos a ir a Taramundi. La carretera arranca de Vegadeo casi en llano hasta llegar a un lugar con molinos de agua, donde empieza una larga cuesta, varios Kilómetros, que llega hasta cerca de Ouria. Subiendo vemos a un lado Las Cruces y Ferreirameón. Al otro, Fuente de Louteiro y Cereigido. En las laderas de los montes y en las hondonadas por donde pasa el río Monjardín, hay una vegetación nutrida, que, por fuerza de la estación, empieza a amarillear. El paisaje, con el sol de la mañana, es delicioso. Las crestas de las montañas van desnudándose. Y una onda misteriosa me trae a la memoria estos versos de Góngora

 Raya, dorado sol, orna y colora
del alto monte la lozana cumbre

Antes de llegar a Ouria, cruzamos la Sela de Fabal. Pero en Ouria nos detenemos y sacamos una foto de la iglesia del pueblo. Sabemos que de esta y de su archivo, está haciendo lúcidos estudios un sacerdote de Vegadeo, D. José Rodríguez Fernández.

Después de Ouria, a poca distancia, nos encontramos con el Castro. El paisaje y los pueblos que ahora vamos viendo, toman un tinte distinto de lo visto antes de Vegadeo, lo que se llama, por la proximidad al mar, La Marina. Las casas que encontramos son más oscuras, algunas sin encalar, más rústicas, pero de una belleza incomparable. Aquello parece burilado al aguafuerte.

Atravesamos la Sela de la Entorcisa y pasamos, dejándolo a nuestra izquierda, un pueblo al descubierto, alegre, Bres. Poco después la carretera tiene un puente. Debajo se desliza el río Cabreira.

Seguimos la carretera con muchas curvas y vemos árboles sin cuanto, castaños, robles, nogales… Y encaramándose hacia las alturas, tojos, carqueixas y queirotas.

Llegamos a un lugar donde el horizonte se ensancha. Las montañas parece que se abren. Vemos hacia allá una iglesia de torre alta, con el caserío en torno, ¿Qué es aquello? Lo adivinamos. Taramundi. Alto el coche. Una foto.

Taramundi no es un pueblo grande pero tiene mucho carácter. Habíamos oído hablar tanto de Taramundi. Pero no nos defrauda, no. Vimos su iglesia y, un poco más arriba, un parque de robles. Solo robles. Una joya.

He aquí al famoso Taramundi, el pueblo que hace navajas y las manda a medio mundo. Le dedicamos una hora. Y con gran contento. Pero hay que irse. Vamos, siguiendo la carretera, hacia Galicia.

El paisaje es más espacioso, la carretera mejor, más cuidada. Pero la belleza sigue de dueña y señora. No se nos oculta. Atravesamos Vega de Zarza y, un rato después, Conforto. Conforto es una aldea rica. Se ve.

Cuando todavía no lo esperábamos, nos encontramos con una villa grande y de mucha importancia comercial. Es Puente Nuevo.

En este lugar estaban de fiesta. Nos apeamos y nos sentamos en la terraza de un bar. En frente, en un quiosco provisional, una banda de música toca pasodobles animados. Muy bien

Hemos de ir a comer a Ribadeo. Tenemos que marchar. Bajamos por una carretera de delicia. El río Eo nos acompaña a la derecha. Sus aguas son claras y, a veces, en las cascadas, blancas. Hay gran cantidad de árboles esparcidos o apretados. Los pinos y los eucaliptos son los amos. Pero en realidad, hay de todo. Pasamos por las cercanías de San Tirso sin detenernos. Y más abajo, Abres. Brisas con olor a mar penetran por las ventanillas del coche. Porto. Los llanos de Reme. Hacia la derecha, juncales. En la ría, se percibe la serenidad y opulencia de la pleamar.

Ribadeo. Una hora para comer. No más. Y con el pitillo en la boca, vamos al Faro. Desde Ribadeo al Faro hay una magnífica carretera que tendrá dos o tres Kilómetros. Desde ella, que está a buena altura, se ve como la ría del Eo le da la mano al Cantábrico. Y por otro lado, en tierra asturiana, Figueras, pueblo de recia tradición pesquera.

El mar, ese día y a tal hora, estaba tranquilo. Pero tenía las rugosidades necesarias para que no fuera espejo. Su color era azul plata. Y una bruma ligerísima lo unía con el cielo. No había raya de horizonte ¿Para qué?

Inmediatamente regresamos a Asturias. En Vegadeo preguntamos por D. José, el sacerdote escritor. Lo encontramos. Y conseguimos llevarlo con nosotros. Ahora vamos por la carretera de Piantón.

Y llegamos a Sestelo. Es preciso pararse y ver cómo anda aquello. Hoy está mejor que nunca. El embalse del salto, rodeado de mimbreras, con aguas limpias, tersas, parece algo así como de cuento de hadas.

Dejamos este sitio con pena. Pero es preciso seguir devorando hermosuras. Un ramal de carretera nos lleva por Añides y Penzol. Y nos encontramos, algo más arriba, que no podemos seguir. La carretera se acabó. Llegamos al campo del Couselo.

Er el Couselo, sin apenas darnos cuenta, estamos a quinientos metros sobre el nivel del mar. Desde allí vemos las huertas de la Cabanada, y Brañatuille.

El sol nos deja, declina. Hay que bajar. En Montealegre doblamos y cogemos la carretera de Meredo. En este camino y subiendo hacia la izquierda D. José nos señala un monte, y dice que allí estuvo, hace siglos, el castillo del Suarón. El tiempo lo borra todo. No hay rastro de nada. En ese momento solo se veían en el histórico monte, un par de yeguas comiendo tojos y tocando la choca.

Meredo es un pueblo plácido, bien situado. Visitamos su iglesia. Al subir al coche vemos dos cazadores que bajan del monte. Nos saludan. Son Rivera y Antuña. De Vegadeo. Cada cual trae un ramillete de perdices muertas. Estamos entre luces. Y todavía tenemos que ir a Presno. El Sr. Cura de este pueblo con toda amabilidad nos enseña también su iglesia, que es, por todos conceptos, interesante.

Son las ocho y media. No se ve ya. Estamos rendidos, agotados. Y no por cansancio físico, muscular. Nuestro cansancio es cerebral. Hemos visto, de cerca o de lejos, infinitas cosas dignas de atención.

El viaje fue bien aprovechado. A las diez de la noche llegamos a Navia. Cenamos.

Y nos vamos a la cama.

Amor de domingo

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 30-8-1959; De vuelta del Eo (1960)

El amor, en nuestra tierra asturiana, las tardes de domingo baja a la carretera y en ella se pasea.

Cuando se viaja y va a alguna parte en esos atardeceres domingueros, nuestro vehículo no avanza a la velocidad normal. Ha de ir con precaución. El amor, el hombre y la mujer en pareja, lo tropezamos a cada paso. Es que al lado de la carretera están los salones de baile. Y al baile siempre va el amor.

En el verano no hay tal cosa. Y, si la hay, se nota mucho menos. Las romerías y fiestas de aldea atraen a las parejas. Y las carreteras quedan libres. O reducidas a su propio menester: ser lugar de paso.

El chofer, en las tardes de domingo, debe ir “por su derecha” y con sumo cuidado.

Los tórtolos, en arrobamiento amatorio, se creen muchas veces que la carretera es de ellos. Suya

No es esto una censura, ni una advertencia policíaca. No quiero que pase del reconocimiento de un puro hecho. Uno también ha tenido sus momentos en que se creía, a los efectos del amor, un poco ingeniero de Obras Públicas. Hay que recordar lo que dijo una personalidad eminente: comprender es perdonar.

Pero es evidente que los domingos la carretera está menos despejada. Hay que ir con cautela. Necesariamente.

Es de día todavía. Mirando a un lado o a otro, se ve una parejita al arrimo de una pared de cierre de una finca que la resguarda del nordés, por afilado, cortante. Y si luce el sol, se supone que aquel coloquio sea una delicia.

Es de noche y llueve. El faro o los faros, nos hacen columbrar en la lejanía, un paraguas. Cuando creemos que bajo su copa se cobija un solo ser, no hay tal. Son dos. Milagros del amor.

Al ver todo esto, uno, cuando se está de vuelta de muchas cosas, echa automáticamente mano del fichero de la memoria. Y se dice: antes esto no era precisamente así.

No había salones de baile al lado de la carretera. No es que no hubiera bailes. Los había. Pero de otro modo. Los bailes se hacían en las casas particulares, en las salas. Y con luz de quinqué o de carburo. Eran más reducidos. Casi por invitación. Tenían, evidentemente, un carácter más familiar. Recuérdense nada más, los que se hacían en las casas de labranza cuando se deshojaba el maíz.

Todo cambia, todo evoluciona. Las músicas ya no son las mismas. Antes había acordeonistas que tocaban, como si dijéramos, “por un pedazo de pan”. A uno no se le borra de la memoria aquel acordeonista que hacía caer su cabeza sobre el canto del teclado, para estar en permanente vigilancia de la afinación.

Donde van aquellas bandas de música con ejecutantes den bigotes, verticales y serios como palos de teléfono ¿Dónde, por favor?

Hoy se baila al compás de la orquesta de unos señores uniformados, con trajes de colores vistosos, muy elegantes.

Y no sólo bailan las parejas. Bailan y gesticulan los músicos, bailan los instrumentos y, puestos a bailar, yo creo que bailan las copas de los servicios que hay sobre las mesas.

E! baile ahora es más febril, loco, de delirio. Vivimos bajo el signo del chachachá y según nos anuncian, del rock-and-roll.

Bueno.

Al anochecido, al viajar nos llama la atención ese salón de baile que hay a la orilla de la carretera. A través de las cristaleras, lo vemos repleto de una masa apretada de parejas que bailan al son de una música que nosotros, naturalmente, no oímos. Y aquello nos parece absurdo, pero no lo es. No percibimos el ritmo sonoro.

También se ve un hombre en mangas de camisa que sirve copas a unos mozos que se ríen y jaranean. Alguien paga una ronda.

Y, al fondo, los estantes de botellería que se reflejan en los espejos, para darnos la sensación de que allí, campea la abundancia y la esplendidez, Todo bajo la envoltura de la luz eléctrica que brilla.

Bienaventurados los que bailan porque de ellos será algún día, el reino de la peripecia y de las responsabilidades.

Sí, pero, después,

¡Que les quiten lo bailado!

Alejandro Sela

La raposa y el lobo

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 18-7-1959; De vuelta del Eo (1960)

(Cuento de tradición oral)

La raposa iba. El lobo venía. En un cruce de caminos se encontraron. Pero allí cerca, en un abertal, vieron un cordero que pacía. Amigablemente, sin alterarse, discutieron sus respectivos derechos al lanudo animal. Como lo vieron a un tiempo, acordaron comérselo entre los dos. Le echaron mano y se lo llevaron

– Bueno, dijo la raposa, yo ahora no tengo hambre. Y mañana no me es posible comerlo tampoco. He de ir a un bautizo. Enterrémoslo para comerlo juntos pasado mañana. ¿Qué te parece?

– De acuerdo – dijo el lobo.

Y cavaron una fosa para enterrar al inocente. Pero tuvieron cuidado, al taparlo, de dejar el rabo fuera.

Al día siguiente la raposa, sola, volvió al lugar donde estaba el cordero. Lo desenterró. Y comió hasta fartucarse. Todavía quedaba mucho. Y lo enterró nuevamente.

El día convenido se encontraron. Y dijo el lobo:

– Fuiste al bautizo, raposa.

– Si.

– Y como le pusiste al bautizado.

– “Empezose”. Hoy no puedo comer cordero tampoco, tengo otro bautizo. Dejémoslo para mañana.

– Está bien, repuso el lobo.

Pero al día siguiente lo raposa volvió a hacer la faena del día anterior. Comió cordero y dejó un poco. Luego encontró al lobo, que preguntó:

– Fuiste al bautizo, raposa.

– Sí.

– Y como le pusiste al recién nacido.

– “Mediose”.

– Vamos ahora a comer el cordero.

– No, no puede ser. Tengo otro bautizo.

– Muy bien. Hasta mañana.

La raposa inmediatamente volvió a las andadas. Comió lo que quedaba del cordero, Pero dejó el rabo… Y lo clavó en el suelo.

Vuelven a encontrarse raposa y lobo. Dijo éste:

– Fuiste al bautizo, raposa.

– Si.

– Y cómo le pusiste al bautizado. .

– “Acabose”.

Bien. Vamos ahora a comer el cordero.

– Vamos.

 Y fueron.

Al llegar al sitio donde estaba, dijo la raposa:

– Empiezas a comer tú. Tiras el rabo y arrancas el cordero del suelo.

Cuando el lobo iba a tirar del rabo, la raposa escapó corriendo y se subió a una peña. El lobo cogió el rabo y tiró. Tan fuerte que se cayó de espaldas. La raposa se reía.

Ahora no sé, pero hace años todavía estaba en la peña riéndose.

Yo la vi.

El erizo y la liebre

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 11-7-1959

(Cuento de tradición oral)

Una liebre y un erizo se encontraron. Éste hacía tiempo que estaba picado por la fama de corredora que aquella tenía en toda la vecindad. Pero en un arranque de audacia le dijo:

– Liebre, te apuesto cinco duros a que corro más que tú. Vamos una carrera.

La liebre abrió los ojos desorbitadamente, al principio: Pero después se reía encorvando sus bigotes, esos bigotes finos y largos que tienen todas las liebres, y dejaba ver sus dientes blancos como espuma de leche. Le contestó:

– No hay inconveniente. Acepto la carrera ¿Cuándo la celebramos?

– Mañana, si te parece.

– Bien.

Se fueron cada uno a su casa. El erizo habló con su esposa, la eriza, de esta manera:

– Óyeme querida mía, hoy hice una apuesta con una liebre a que corro más que ella.

– ¿Estás loco?

– No, hermosa mía. Fíjate. Tú me ayudarás. Nos vamos al monte. Donde comienza la carrera me pongo yo, y donde termina te pones tú. Yo hago que salgo corriendo al empezar, pero me quedo escondido entre unas matas. Tú, en el lugar de la llegada, también estás entre unas matas. Cuando la liebre llegue corriendo, tú te levantas y dices: “Ya estoy aquí”. ¿Entiendes?

– Sí, sí. Muy bien.

Al día siguiente la eriza se fue al lugar señalado. Se escondió entre las matas. Poco después llegaron su marido y la liebre al sitio donde empezaba la carrera. Se saludaron muy cortésmente, cual corresponde a gente de finura.

– ¿Empezamos?

– Empezamos. A la una, a las dos, a las tres…

El erizo se escondió. La liebre se lanzó a toda velocidad. Pero un poco antes de llegar, la eriza salió de su escondite, y dijo:

– ¡Ya estoy aquí!

La liebre se quedó con dos palmos de narices. Le parecía imposible. Y dijo:

– Otra vez. Vamos a repetir en sentido contrario.

– Me parece bien – añadió la eriza.

A la una, a las dos y… a las tres.

La eriza se escondió. La liebre salió como un rayo. Un poco antes de llegar el erizo salió de las matas, y voceó:

– ¡Ya estoy aquí!

Y añadió:

– Dame los cinco duros.

– Toma. Pero ¿me concedes la revancha?

– Ya lo creo.

A la una, a las dos y a las tres…

Pero cuando la liebre llegó al otro lado cayó muerta, reventada.

Entonces se reunieron el erizo y la eriza y se marcharon del brazo.

Y fueron felices.

Y comieron perdices.

Y a mí no me dieron.

La hormiguita y el ratón

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. Julio-1959

(Cuento de tradición oral)

La Hormiguita era muy buena y hacendosa. Un día barriendo su casita se encontró una moneda de oro. Y se dijo: Si compro avellanas, todo son cáscaras; si nueces, cáscaras. Si compro manzanas, todo son pellejos; si peras, lo mismo. Resolvió, al fin, comprarse cintas de colores para ponerse guapa.

Yo con ellas, se puso en la puerta de su casa, muy contenta.

Y pasó un ratón. Dijo:

– Hormiguita, que guapa estás ¿Te quieres casar conmigo?

– Sí, quiero.

Y se casaron.

De vuelta de la boda ella se puso a trabajar. Puso en el fuego lo olla para hacer el caldo. Y metió en ella el tocino.

– Bueno, le dijo a su marido, ahora voy al mercado pero, cuidado, que no se te ocurra ir a la olla a comer el tocino. ¿Me entiendes ratoncito mío?

La hormiguita se marchó. Pero el ratón no pudo resistir la tentación. Y se fue a la olla. Y, como era de suponer, cayó dentro. Y, desde ella, gritaba…

Pasó un pajarito. Lo oyó. Y como no podía salvarlo cortó el pico. Se fue volando y encontró unas palomas. Dijeron éstas:

– Que has tenido pajarín que cortaste tu piquín.

– Ratón Pellado cayó en la olla y Hormiguita Martínez suspira y llora, y yo como pajarín corté el piquín.

– Pues nosotros como palomitas cortaremos nuestras alitas.

Y se fueron al palomar. Éste dijo:

– Que ha pasado palomitas, que cortasteis vuestras alitas.

– Que Ratón Pellado cayó en la olla y Hormiguita Martinez suspira y llora, el pajarín cortó el piquín y nosotras como palomitas, cortamos nuestras alitas.

– Pues yo como palomar, me echaré a rodar.

Y se fue rodando. Llegó a las fuentes. Y estas dijeron:

– Que ocurrió palomar que te echaste a rodar.

– Que Ratón Pellado cayó en la olla y Hormiguita Martínez suspira y llora, el pajarín cortó el piquín, las palomitas cortaron sus alitas y yo como palomar, me eché a rodar.

– Pues nosotros como fuentes secaremos nuestras corrientes.

Y las secaron.

Vinieron las hijas del rey con sus cantaros de plata a buscar agua. Al ver que las fuentes no la echaban, dijeron:

– Que os pasó, fuentes que secasteis vuestras corrientes.

– Que Ratón Pellado cayó en la olla y Hormiguita Martínez suspira y llora, el pajarín cortó el piquín, las palomitas cortaron sus alitas, el palomar se echó a rodar, y nosotras como fuentes secamos nuestras corrientes.

– Pues nosotras como hijas del rey cambiaremos nuestros mantos blancos por mantos negros.

Se fueron. Su padre, el rey, al verlas así, dijo:

– Que os pasó, hijas mías, que así venís.

– Que Ratón Pellado cayó en la olla y Hormiguita Martínez suspira y llora, el pajarín cortó el piquín, las palomitas cortaron sus alitas, el palomar se echó a rodar, las fuentes secaron sus corrientes y nosotras como hijas vuestras, cambiamos los mantos blancos por mantos negros.

– Pues yo como rey quitaré los calzones y echaré a correr.

Y así lo hizo…

Navia, julio 1959.

La raposa

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 30-5-1959; De vuelta del Eo (1960)

(Cuento de tradición oral)

Una vez era una raposa que vivía en el monte. Y en él tenía también a su familia. La componían, con ella, el raposón y tres raposines.

Vivían en una ladera de ese monte, en una cueva que estaba disimulada a la entrada por una espesura de tojos y helechos. En las inmediaciones había un prado pequeño y, en la orilla de éste, un roble corpulento. En los días de fiesta el raposón, la raposa y los raposines jugaban a la sombra del roble, en el prado.

Un día, al amanecer, la raposa despertó al raposón y a los raposines, y les dijo:

– Tengo mucha hambre y según imagino, vosotros también la tendréis. Voy al pueblo o buscar gallinas y pollitos para comer hoy.

– Muy bien – dijeron todos a coro.

Salió la raposa al camino y se dirigió al pueblo. Iba muy contenta. Tanto que se sabe que iba cantando. Lará, lará, lará… Al llegar el pueblo vio una casa buena, de labrador rico, y con una huerta grande. Y se dijo: “En esta casa debe haber buenas gallinas y pollitos bien gordos. Voy a llamar a la puerta”.

– ¡Pun, pun!

– ¿Quién llama? – dijo una voz fuerte, de hombre, desde dentro.

– Soy yo, la raposa.

– ¿Y qué milagro, señora raposa? ¿Qué quería? – contestó el señor, abriendo la puerta.

–  Mire usted buen hombre, tengo mucha hambre, mucha. A ver si hay manera de que me dé unas gallinas y algún pollito de los que tiene por la huerta.

– Con mucho gusto. Pero hoy no va o poder ser. Están sueltos y no los puedo coger, tal y cual, tumba y tamba. Vuelva mañana señora raposa, por favor. Y se los tendré todos metidos en un saco ¿Qué tal?

– ¡Oh, muy bien! Mañana mismo ¿eh? Hasta mañana señor.

Y se fue al monte triste pero al mismo tiempo ilusionada. Como tenía hambre iba comiendo moras de las zarzas de los caminos. Al llegar a la cueva contó a los suyos, que eran el raposón y los raposines, lo que había pasado. Todos se resignaron con la esperanza del mañana venturoso. Y como era ya tarde, enseguida de durmieron.

Vino el nuevo día. La raposa como el día anterior, se despertó bostezando. Y con más hambre que nunca.

– Bueno – les dijo a los miembros de su familia – . Ahora me voy a buscar lo prometido. Hoy comeremos todos, hasta hartarnos, gallinas y pollitos. Seremos felices.

La raposa se fue. El raposón y sus hijos como iban a comer comida de fiesta se fueron a jugar al prado. Los rayos del sol penetraban por entre las ramas del roble y el lugar, con aquella luz brillante, era ameno, de maravilla.

La raposa bajaba por el camino hacia el pueblo con los ojos que le brillaban de alegría. Y con el rabo, espantaba las moscas que querían acercársele. ¡Ah! ¡Es nada comer gallinas y pollitos!

Muy bien. Llegó a la casa del labrador rico. Se acercó a la puerta. Y llamó.

– ¡Pum, pum!

– ¿Quién llama? – dijo la misma voz del día anterior.

– Oh, no me conoce. Soy la raposa que vengo a buscar lo que me ofreció usted ayer.

 – ¡Oh, qué alegría! – dijo el hombre. Tengo las gallinas y los pollitos metidos en un saco. Voy a buscarlo.

Vino pronto. Y entregó a la raposa un gran saco con algo que se movía dentro

La raposa cogió el saco y lo olfateó. Y dijo:

– Huéleme a can, pero pollos serán…

– Nada, señora raposa. No sea usted desconfiada. Ahí va lo mejor y más florido de mi gallinero ¡Quiquiriqui!

– Y la raposa se reía de gusto. Y con el saco al hombro se fue. E iba haciendo con la lengua, relamiéndose: Melerau melerau. Melerau melerau…

Pero tenía tanta hambre, tanta hambre, que en el medio del monte quiso comer si quiera una gallina para reponer fuerzas. Y no se le ocurrió otra cosa que abrir el saco.

¡Qué susto, Dios mío! Que ojos de espanto se le pusieron a la raposa al ver aquello. Porque amigos míos, en el saco no iban gallinas y pollitos. No iban, no. Iban media docena de perros fieros, melenudos y con unos dientes como colmillos de jabalí. Al ver la raposa, saltaron del saco afuera como tigres.

Guá, guá, guá. Guá, guá, guá. Guá, guá…

Y la raposa dio un salto y escapó corriendo, corriendo, monte arriba. Los perros la siguieron de cerca. Alguno llegó a morderle el rabo.

Decía la raposa toda agitada:

 Arriba piernas
arriba zancas
que en este mundo
no hay más que trampas

Navia, mayo 1959