Poesía y mujer

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 3-9-1960

En la poesía lírica la mujer es elemento indispensable. Sin ella, no hay poema.

Por esa razón, cuando se habla de la gloria de un poeta, se exclusiviza, sin deber. Esa gloria, en justicia, no es unipersonal. Detrás del poeta o, mejor, en el centro del mismo, en su corazón, hay o ha habido una mujer.

Esta mujer fue el elemento fecundante e inspirador. Por esa fecundación, el poeta dio a luz su criatura: el poema.

Pero a la hora de los laureles, estos se van a la cabeza del poeta, la que exornan y dan el aura da la gloria. La mujer se queda en las tinieblas del olvido. A veces se la recuerda vagamente. Y, a lo más, se le llama musa. Pero no se la destaca.

Hay que darle a la mujer, haciéndola presente en cada caso, el relieve que merece en el fenómeno poético. Y hacerle su homenaje.

Pero así como el fruto del amor, el ser humano, resulta de la voluntad concorde, de hombre y mujer, la criatura poética en el fruto de una disconformidad.

El poeta ama, pero la mujer objeto de que sus delirios no lo quiere y no le corresponde a sus requiebros. En ese trance, en el sufrimiento pasional, el poeta escribe y alumbra la obra que le dará la gloria. Solo así surge el poema de más subidos quilates.

Unamuno dijo: “Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; solo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; solo la esterilidad temporal da fecundidad eterna”.

Es la mujer esquiva, pues, la colaboradora de la creación poética. La mujer amable y complaciente, no ha inspirado, que yo sepa, poema alguno digno de consideración.

La mujer ingrata desempeña un papel no desdeñable ante el poeta. Digno de la mejor loa. Al poeta le da la gloria, que se lo que, de verdad, este quiere. Y a la sociedad le da el fruto poético que, al par que emociones, contribuye a revelar los misterios del alma humana.

El poeta necesita, sin duda, dolor para producir. Pero dolor causado por alma de la mujer.

Uno de ellos, amador inagotable, Quevedo, lo dijo:

“Diome el cielo dolor y diome vida”.

 Y en otra ocasión se muestra orgulloso de su sufrimiento:

“Sabio en amar dolor tan bien nacido”.

Y el no menos consecuente Herrera, también “respira”:

“Procuré no rendirme al mal que siento
Y fue todo un esfuerzo desvarío
Perdí mi libertad, perdí mi brío
Cobré un perpetuo mal, cobré un tormento”.  

Pero, el hombre, de esa prisión “huir no piensa”:

“ni los lazos romper de esa cadena”.

Es curioso. Todos los grandes, poetas lo han sido, además, por la “ayuda” de la mujer del vecino.

Dante, tuvo a Beatriz. Petrarca, a Laura. Herrera, a la condesa de Gelves. Bécquer, a Julia. Garcilaso, a Isabel…

Todos ellos han sido unos donjuanes de tres al cuarto, pero han triunfado como poetas. A la sociedad, los donjuanes, no le interesa nada que los haya. Los poetas en cambio, sí. Y mucho.

El “no” de la mujer al poeta, siempre ha dado gran resultado.

Y el vale cuando es noble y sincero lo reconoce. Fue Bécquer, el gran Bécquer, el que escribió este verso sencillo y formidable:

“Poesía… eres tú”.

Es muy lícito, pues, aconsejar a la mujer que cuando vea ante sí, en trance de declaración amorosa un hombre con barruntos de poeta, tenga el “no” presto y sostenido. Y además de hacer un servicio a la sociedad no tendrá nunca de que arrepentirse, probablemente. Nunca hubo un poeta, en el orden de las expresiones terrenales, que pudiera ser considerado como un “buen partido”.

ALEJANDRO SELA

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