EL TIO SELA

Uncategorized

Una reivindicación del vigor intelectual del «Leonardo del Eo»

Artículo de Javier Junceda, publicado en La Nueva España, el 16-9-2023, sección Tribuna, pág. 33.

Si el gran polímata castropolense Alejandro Sela hubiera nacido en Cataluña, pongo por caso, habrían puesto su nombre a infinitos centros de estudio, a numerosas calles y hasta a algún aeropuerto. Sela, que recuerda a Josep Pla cuando se le lee y en su misma inclinación a escribir sobre viajes, es sin embargo un perfecto desconocido tanto en su solar natal como en el otro concejo en el que hizo su vida, Navia, donde sirvió de juez y murió. Sospecho que en el resto de Asturias se tendrá la primera noticia de él por estas letras, salvo en ámbitos eruditos y mis dudas tengo si también en estos. 

Aunque personalidades como la de Alejandro Sela han escaseado en el Principado, algunos hemos tenido, especialmente en el medio rural. No me refiero a los Sénecas locales emperrados en aparentar un bagaje cultural del que carecen, al estilo del cuñado en la comida de Navidad. Hablo más bien de los boticarios, médicos, letrados o funcionarios que han sumado a su quehacer profesional una honda inquietud intelectual sobre su terruño, en ocasiones con rigurosa huella bibliográfica. Fernando Landeira en Luarca, Enrique Frieyro en Cabrales o Pérez De Castro en Figueras, por citar solo a tres, han abierto y cerrado múltiples caminos para los estudios asturianos. Qué sería de la historiografía regional sin esas trayectorias y esos formidables aportes, que nos han legado tantísimos recursos sin contar con más medios que su perseverancia y la pasión incondicional hacia unas comarcas. 

Sela en su despacho de Navia

Los intereses de Alejandro Sela se extendían desde lo agropecuario a lo artístico, pasando por la lírica, el periodismo o el folclore. Era el «Leonardo del Eo», en plástica definición de uno de sus mejores amigos, el insigne pintor Álvaro Delgado, que compartió con él imborrables tertulias de café divagando sobre amores arrebatadores como el de La Searila, que ayudó a popularizar. 

La vasta producción literaria de Alejandro Sela,
disponible en internet gracias a la iniciativa de su familia,
merece ser recuperada en cada generación.

Abarcaba mucho, pero no apretaba poco. Fue uno los mayores especialistas en materia vitivinícola que hemos tenido, y la referencia inexcusable para cualquier aproximación a ese hoy pujante sector en Asturias, que conoció de primera mano recorriendo cada viñedo. Quienes viajaron con él en coche recuerdan con pavor su nula destreza al volante en aquellas carreteras infernales de mitades del siglo pasado, y tal vez por esa razón Sela prefería conducir solo, retornando a casa cargado de cajas de botellas apiladas en el asiento trasero.

Su libro “Vino, amor y literatura”, editado por LA NUEVA ESPAÑA en 1971 y premiado en un certamen nacional, resistiría su reedición en la actualidad. Es una delicia cómo describe Sela sus largos recorridos por las distintas zonas vinícolas castellanas, gallegas o catalanas, y su profundo control de las asturianas, todo ello adornado con soberbias acotaciones técnicas y literarias. Antes de dedicarse al derecho, Alejandro Sela se había ganado la vida como perito agrícola, de ahí su completo conocimiento de causa. 

Durante años, nuestro protagonista firmaba como «El tio Pepe» en sus frecuentes colaboraciones en prensa. Muchas de ellas, redactadas en su habla de infancia, serían recogidas en un libro editado hace un par de décadas. Leídas esas páginas por quienes estamos familiarizados a la fala de otros lugares del Occidente, se comprueba una vez más que la normalización puede ser un enemigo no precisamente menor de la rica variedad de nuestras expresiones vernáculas, porque lo que “El Tío Sela” escribe no tengo claro que pueda ser comprendido del todo por el lector que no esté al corriente de los peculiares giros castropolenses. 

Con todo, la vasta producción literaria y periodística de Alejandro Sela en castellano, disponible en internet para el gran público gracias a la feliz iniciativa de su familia, merece ser recuperada en cada generación. Así rescatamos del olvido a un imprescindible asturiano, introspectivo e inquieto, que siempre creyó que la libertad plena sólo era posible alcanzarla en soledad y sin el que no resulta posible conocer cabalmente la Asturias rural del pasado siglo.