MANOLO LAVANDERA Y RAMÓN PENZOL

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo 15-11-1947

Hay que convencerse – uno el primero – de que el que esto escribe es una persona seria e importante. Uno se trata nada menos que con abuelos e inventores. Y no creemos que nadie niegue al que reúne alguna de estas cualidades falta de seriedad. Para que se vea, ponemos como ejemplo: de abuelos, Manolo Lavandera, y de inventores, Ramón Penzol. Entrambos y dos son excelentes deportistas, jóvenes, no por cima de los cincuenta años ¡Y ya son eso!

Una mañana de otoño, cuando el viento, con ayuda de las hojas amarillentas desprendidas de los árboles, barre el polvo de los caminos, me encontré con Ramón Penzol en el coche de “la línea”. Él Iba a Luarca. Yo, no. Y, sin embargo, al conocer el motivo de su viaje y movido por el incentivo de la curiosidad, decidí prolongar el mío, también a Luarca. Su ida tenía por objeto, mostrar a su amigo, compañero de colegio, Manolo Lavandera, un carrete de pesca para lanzar devón y pluma, de su invención.

Ramón Penzol es el hombre de las grandes pasiones. Un Don Quijote del siglo XX, es decir auténtico en la esencia y nuevo en la forma. Nada de algún palomino de añadidura los domingos, nada de celada de encaje, nada de manto de finísima escarlata en casa de los Duques, mis señores, y, sin embargo, para él tiene tanta importancia pescar truchas y salmones como para Don Quijote socorrer viudas y menesterosos. Ni más, ni menos.

Véase no más. Un día que yo pescaba truchas, hace pocos años, por el rio Porcía, en el lugar de Mollos Novos, encontré a Ramón también de faena. Eran las seis de la larde y no había comido todavía. Como Don Quijote. Igualito. Que coman los Sanchos Panzas. Los hombres de espíritu elegante, comen tarde, o mal, o nunca. Su edad, ya lo dije, cincuenta años, y sus manos secas de carne, velludas y con el relieve de grandes venas son pariguales a las del Ingenioso Hidalgo. Los temas de pesca los trata siempre con grave y reposado continente.

Cuando llegamos a Luarca, Manolo, cortés y caballero, esperaba a Penzol. A mí no, pero desde hace algún tiempo, contaba con reiteradas invitaciones para que le visitase.

Lavandera es un complejo de vocaciones. Gran pescador, extraordinario fotógrafo y muy amante de los libros, en especial, literarios, su casa en un verdadero museo que atesora lo mejor de lo mejor en instrumentos adecuados para el servicio de esas vocaciones.

Esta casa, señorial, pero al par sencilla como su amo, no sorprende, hasta que éste con sus llaves, empieza a abrir armarios y vitrinas. Entonces sí que hay que asombrarse, sin remedio. Su biblioteca es nutrida y selecta. Miles y miles de volúmenes, de autores antiguos y modernos, esmeradamente cuidados y ordenados, se cobijan en sus estantes y se acrecientan, cada día, con la llegada de nuevas ediciones. Allí, sobre la mesa del despacho, en espera de lectura, estaban los recién venidos Antonio Pérez, de Marañón, Ciencia y arte del lenguaje y arte del estilo, del Martín Alonso, y Obras Completas, de Clarín.

Uno se asombra más todavía cuando este hombre, como un prestidigitador, empieza a desenfundar, cañas de pesca. Entonces, cuando uno es aficionado, es el quedarse anonadado. Docenas y docenas de cañas de bambúes refundidos, de los más variados tipos, brotan como por ensalmo de las manos de Lavandera: Cañas inglesas, americanas, francesas, japonesas… Todas, claro es, de calidades selectas. Una de ellas, francesa, tiene en su haber el record casi increíble de pesca, en manos de Lavandera, de cinco mil kilos de peces, principalmente roballos y sargos, en seis temporadas. Hoy, tal caña, está jubilada como premio a los frutos dados. Hermoso detalle este.

Y en útiles complementarios, un sin fin de cosas. Sedales de cola de ratón, carretes, moscas artificiales, cucharillas, devones, etc., etc. ¡Qué sé yo!

En un libro registro de pescadas, diario íntimo, hemos visto: la mayor pesca realizada en un día, en mar, 180 kilos;  el mayor roballo, 18 kilos; y en río, 24 kilos de truchas también en un día. Parece increíble también.

La fotografía es otra vocación tan mimada como las anteriores, que hace de él, un consumado artista. Más de veinte máquinas posee, todas de primera, estereoscópicas, Leicas, Contax, y así; y un laboratorio, con los últimos adelantos de la técnica, nos dice que Manolo se lo hace todo. Algunos álbumes que hemos visto, nos dan clara idea de cuánto bueno se puede hacer en este arte. Maravilla por lo perfecto un aparato eléctrico para ver fotos en relieve y color. Allí están recogidas en cientos de placas impresionadas en los más bellos rincones de nuestra costa cantábrica, las rocas más firmes desafiadoras de los oleajes más bravos, las playas más deliciosas y los contraluces más atrevidos. Bueno, baste saber que, hace años, Manolo fue a Barcelona a un concurso fotográfico y obtuvo ¡medalla de oro!

Todo esto vimos, a medias, con prisas, un día de otoño en Luarca. Cierto que el nuevo carrete, de Penzol nos llevó una buena parte de la mañana. Era preciso ver con detalle este nuevo avance en la técnica de la pesca. Previas unas, explicaciones de su autor, Lavandera y yo nos dimos cuenta, de que estábamos ante una cosa esencialmente nueva. Lavandera, verdadero experto, no conoce nada en carretes ingleses, franceses y americanos que se le puedan comparar. A todos supera. Y no hay duda de ello porque en el muelle luarqués hicimos, sin un fallo, las experiencias debidas. Se lanzó con devón una y otra vez, con la seguridad que había derecho a exigir a quien, con toda la modestia que se quiera, patenta un invento. El escenario donde se hizo la experiencia tenía el color adecuado: Al fondo, casas colgadas, unas peñas y astilleros, mostrando la osamenta de quillas y cuadernas que algún día serán navíos retadores de tempestades, y más cerca, redes en secaderos, y lanchas y botes por doquier. A un lado, el rompeolas y, sobre él, unos marineros pasean con medias manos en los bolsillos, quienes, a veces, se paran y miran a tres hombres lanzando con devón, en un sitio donde ordinariamente no se pesca. Unos locos – pensarán – ¡Ya!

Concluyo esta crónica asaz melancólica. Uno, por sus relaciones, será una persona seria e importante. Sí, pero… ¿y qué? Uno no conoce las mieles de un beso de nieto e ignora el regusto de la gloria de inventar algo para dejar, a través de la historia, la estela de su nombre, siquiera borrosa. Uno.. en fin… ¡que es una pena!

ALEJANDRO SELA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *