Los vaqueiros de alzada

El Progreso de Asturias

Publicado en: El Progreso de Asturias. 26-5-1961

Hay una zona de tierra asturiana que tiene un particular interés histórico, En ella vivieron los famosos vaqueiros. Los vaqueiros de alzada.

Se acepta comúnmente que esa zona está comprendida entre los ríos Nalón y Navia. Sin que esto quiera decir que no hubo vaqueiros fuera de ella. Los hubo, pero en mucha menos densidad.

El núcleo vaqueiro abarca, poco más o menos, estos concejos: Belmonte, Cudillero, Navia, Tapia, Luarca, Salas, Tineo y Villayón.

Los vaqueiros dieron mucho qué hablar. Porque son, sin duda, lo más típico, lo que da más carácter a Asturias.

Vivían, dentro de los límites señalados, en las brañas. Es decir, en las alturas, fuera de la costa. Había brañas bajas y brañas altas. El invierno lo pasaban en las primeras y el verano en las últimas.

Se dice que formaban una agrupación racial. Pero con caracteres lo suficientemente borrosos para que no se distinguieran mucho del resto de los asturianos. Su origen no se sabe ciertamente. ¿Eran moriscos?, ¿normandos?, ¿celtas? Estos últimos han dejado rastros evidentes de su paso por Asturias. Antes, claro está, de la Era Cristiana.

Los vaqueiros, con el perfil que se les conocía en el siglo pasado, ya existían en el siglo VIII. Hay documentos que lo acreditan.

Vivían, fundamentalmente, de la ganadería. Ganado vacuno y lanar.

El motivo del éxodo veraniego hacia las montañas era la escasez de pastos. En las brañas bajas lo pasarían mal los ganados. En el verano, las alturas, limpias de nieve y de la hosquedad del clima, tenían pastos abundantes y muy ricos para que las vacas, dieran leche mantecosa.

Eran, los vaqueiros, gentes muy pobres. Hacían una vida sobria y elemental. Sus casas valían poco. Una parte, en algún caso circular, cubierta de losas o tapines. Y en su interior, a un lado el hogar y al otro el establo. En sus lechos, con colchones rellenos de hojas secas o de yerba, dormían de mala manera. Con la leche recogida hacían requesones, natas y mantequilla. Con la lana de las ovejas, con rueca y huso, hilaban. Y en las noches invernales se reunían en filandones, donde se contaban cuentos y se decían adivinanzas.

Por San Miguel de Mayo toda la familia cogía su ajuar y sus ganados y subían a las alturas. Sobre el testuz de las vacas, entre los cuernos, colocaban sus ropas y menaje. Y en algunos casos el berzo, cuna del niño que se criaba.

Por San Miguel de septiembre retornaban, bajaban. Entretanto las casas de las brañas bajas quedaban solas.

Su vida era, pues, eminentemente pastoril. Dura y poética, Verdadera, siempre. Y no ideal, de ficción. No como sucedía en lo bucólico literario, al estilo de La Diana de Montemayor y la Galatea de Cervantes, por ejemplo. Todos sabemos que esto era pura literatura.

En las tierras próximas al mar no vivían vaqueiros. Vivían los marineros y los aldeanos. Ocurría que en las alturas también había pueblos que no eran vaqueiros.

Unos y otros se llevaban mal. Los vaqueiros eran considerados por los otros como gentes odiosas, despreciables. Como una raza inferior. Esto, naturalmente, les dolía. En las iglesias – eran católicos – tenían para oír misa, un lugar acotado por una viga. Fuera de él, con esa separación, se colocaban los aldeanos. Y en las procesiones no podían llevar las andas de los santos. Y en los cementerios tenían un lugar aparte para ser enterrados.

No se casaban unos con otros, no se mezclaban entre sí. A veces, sin embargo, el amor les hacía una mala pasada. Y entonces había refriegas al estilo de capuletos y montescos. Había vaqueiras tan hermosas, encantadoras, que los mozos aldeanos derribaban las lindes de casta por menos de nada.

Los vaqueiros eran fuertes y decididos. Falta les hacía. Para defender sus ganados tenían que luchar con el peligro en permanente acecho, el oso y el lobo, verdaderas fieras que siempre hubo en Asturias para que lo idílico tuviera su contrapunto. Siempre han tenido en estas tierras las fieras y las alimañas lugares codiciados para el cobijo. Bosques de robles, castaños, fresnos, ansos, etc. y por medio de ellos, en profusión, tojos, helechos, zarzas, espinos, acebos…

Pues bien, por lo dicho, se comprende que los vaqueiros, en cierto modo aislados, tenían que tener sus hábitos y sus costumbres propios. A su estilo tenían una cultura. Una cultura realmente rústica, si así se puede decir. Pero llena de sinceridad, de ingenuidad.

Desde fines del siglo último, las diferencias entre aldeanos y vaqueiros puede decirse que han desaparecido, y todos están en régimen de igualdad. Las familias viven estabilizadas en sus caseríos. El sistema de vida ganadera se ha modificado sustancialmente.

Pero lo vaqueiro, quedó. Lo bueno. Los cuentos, las adivinanzas. Y sus músicas y bailes. Y también, cómo no, sus supersticiones, siempre llenas de encanto y sencillez.

Vestían a su modo. Montera, camisa de lienzo, chaqueta, jubón, botones relucientes, calzón y madreñas o zapatos, ellos. Camisa rayada, justillo, chaqueta con faldillas, manteo, pañuelo blanco al cuello y albercas o zapatos, ellas, En fin, sus trajes eran vistosos y artísticos.

Mozos y mozas iban a las fiestas. Pero formaban corro aparte. Sus bailes eran suyos. Sus canciones de ellos. Todo vaqueiro, sin trampa y sin mixtificación, Todo puro, formado en el crisol de los siglos.

Instrumentos de sus músicas eran una sartén que se golpeaba con una llave. Y un pandero.

Sus cantares eran de humor. Y, con frecuencia, de amor.

Véase:

 Vaqueiro, chincheiro 
de mala nación
comiste las papas
dixiste que non;

Comiste la lleite
dixiste que si,
vaqueiro, chincheiro
mal año pa ti.

El siñor cura non baila
porque diz que ten corona;
baile, siñor cura,baile,
que Dios todo lo perdona.

De la Espina para Oviedu
un carretero cantaba
al son de las campanillas
que su machito llevaba.

Vaqueirina, vaqueirina
non baxes por agua al río
que detrás de aquella peña
está el vaqueiro escondido.

Allá arriba, naquel altu
hay una nina vaquera;
quien fuera pastor de vacas
para guardarlas con ella.

Si quieres que yo te quiera
quita, galán, el sombreiru
y ponte la monterita
rodiada de terciopelu

Navia, 1961. Alejandro Sela

El oso y Asturias

El Progreso de Asturias

Publicado en: EL Progreso de Asturias. Junio-1960

Allá, en las lejanías de la historia, un oso dio muerte a un rey. Un oso mató a Favila.

Todos los asturianos sabemos esto. Todos estamos bien dispuestos a creerlo a pies juntillas.

Asturias tiene dos partes bien marcadas; la costa y la montaña.

La costa es amable, plácida, riente… En algunas épocas, por sus prados, cantan grillos, vuelan mariposas… Esa apacibilidad se ve turbada, de vez en cuando, por el rumor de las olas del mar…

La montaña es todo lo contrario. Encrespada, brusca, dura… A veces se ve cubierta por el albo manto de la nieve. Y cuando no, deja ver sus aristas cortantes, sus picachos afilados. Hay en las faldas de esas alturas grandes espesuras vegetales. Masas en verde muy tupidas.

Por ellas campeaba, campea, el oso. Pero usándolas como baluarte. Para vivir, sin embargo, ha de salir a campo abierto, ha de dar la cara… Y entonces es cuando desbarata rebaños o introduce su hocico en los panales de las colmenas…

La afrenta que hizo un día un oso a la monarquía asturiana está vengada. Y bien. Han tenido que pasar varios siglos, a pesar de todo, para que esto pueda asegurarse.

En un pueblo asturiano – Cabañaquinta – hace pocos lustros, hubo un hombre valiente. Se llamaba Xuanón.

Xuanón de Cabañaquinta mató más de setenta osos. En el campo, a cuerpo limpio. Muy sencillamente. Con un cuchillo. Nada más.

En los tiempos que corren se puede decir que el oso ha venido muy a menos. Escasea. Y por consecuencia, está amparado por las leyes. No se puede cazar.

El oso no tiene apariencia de fiera. Tiene cara de inocente. Siempre me dio esa impresión.

Yo he visto, hace pocos años, los osos que traían las caravanas de «húngaros». Tales osos ambulantes se dedicaban a tocar la pandereta y al bailoteo… También los vi en los circos. Su «número» consiste, normalmente, en dar una vuelta en bicicleta… En un corto “esprint».

En el corazón de Asturias, en el parque de San Francisco de Oviedo, desde hace algunos años hay, para que se vea, un oso asturiano. Allí va viviendo feliz y contento. A diario come barquillos. Los niños, sus grandes amigos, se los dan.

La infancia siempre se llevó bien con el oso. La prueba está en que es mercancía de Reyes Magos. En las cestas de los camellos vienen osos de varios colores.

Yo sigo creyendo que un oso mató a un rey.

Pero quiero atenuar el rigor del regicidio. ¿No sería que Don Favila cometió alguna imprudencia?

Navia, Asturias.

La ría del Eo. Acorde de amarillos

De vuelta del Eo, El Progreso de Asturias, Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 9-5-1959; De vuelta del Eo (1960); El Progreso de Asturias. 26-1-1961

 “El Progreso de Asturias” 26-1-1961. Presentación del libro “De vuelta del Eo”.-

Nuestro estimado amigo Alejandro Sela, magnífico escritor, publicó recientemente otro libro suyo con el título que antecede. A él hicimos referencia en números pasados. Hoy nos complacemos en ofrecer aquí una de las bellas narraciones que forman parte de dicho libro. «La Ría del Eo. Acorde de Amarillos», en la que se puede apreciar la belleza del estilo en describir esa hermosa parte de Asturias, que tiene admirable cantor en el entusiasta Juez de Navia, doctor Sela. He aquí este primer capítulo del libro, del cual prometemos, de vez en cuando, publicar otras de sus bellas páginas:

La ría del Eo es algo así como una mujer guapa. Quiero decir que, poco más o menos, a veces, sin proponérselo, es coqueta. O, lo que es casi igual, que ese instinto lo lleva en la masa de la sangre.

Pero tiene momentos o días en que se muestra con gran sencillez y naturalidad. Aparece tal como es, sin afectación.

Ocurre esto en el mes de febrero y en los comienzos de marzo, en la ante-primavera. Entonces está radiante de hermosura. Y se pone ingenuamente en sus verdaderos esplendores.

Hay en ella, por esos días, una luz y un brillo no usados en otro tiempo. Vista desde una altura dominante, las tierras que alcanza nuestra mirada están hechas de finísimos remiendos de cultivos y de pradería.

Y al azar, por un lado y por otro, alternando, se ven bosques de pinos y los caseríos de los pueblos.

Los trigos, donde los hay, apuntan breves y afilados como agujas y nos dejan ver todavía las líneas paralelas de los caballones.

Los prados empiezan a esmaltarse de esas florecillas blancas y amarillas que son las margaritas. Se notan, muy tenuemente, unas manchitas rosadas en los huertos. Poca cosa. Es la flor del pesegueiro.

Pero el color que domina en la ría es, sin duda, el amarillo. Este color lo tienen los nabales. Todos están en flor. Y ocupan un buen espacio en las tierras de labradío. En los montes también dominan, flotando en los verdes, los amarillos de la flor de los tojales. Hay riberas, las más, donde el corte de los montes, deja al desnudo el amarillo intenso de las tierras de barro.

Los tesones, en el bajamar, son del mismo color.

Las plantas y los brotes de los árboles todos prometen verdes jugosos. Pero es promesa sólo. Al nacer vienen teñidos con un amarillo tierno, delicado.

Las folgueiras secas de los montes son ocres tirando a la amarillez. Y de las tierras desnudas que esperan siembra, se puede decir lo mismo.

El sol luce. Y sus rayos, con polvo de oro, se posan como cendal sobre lo que se ve. Lo matizan todo.

Hay, pues, en la ría, durante unas semanas, un sostenido que tiene la pureza de lo dorado. Con un contrapunto líquido. Lengua de plata.

La ría del Eo, metida en la primavera y en el verano, tiene hermosura pero no tiene individualidad. Tiene el encanto y la belleza de todas las rías. Belleza de serie.

En estas estaciones se ve más solicitada. Es cuando se sabe más vista y mirada. Y ahí está lo malo. Porque en esas ocasiones abusa de la «pose». De los que yo presumo coqueteo… Se la ve más ida.

Pero ahora, al empezar marzo, es más complaciente, más seducible por el requiebro. A mí, al menos, se me «da» con más facilidad.

La distancia que hay entre los dos es más corta. La comunión más íntima. Nos hablamos en voz baja. Y a veces basta, para entendernos, el más leve susurro. Y cuando no, en silencio, como dijo el poeta.

que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada

Es ahora cuando la ría tiene una dulzura inagotable. Uno sale del invierno quebrantado y molido de tanto viento y de tanta humedad. Y tiene el deseo o anhelo de caricia y suavidad. Da halago hondo, calador. Y que llega al centro inasible de nuestro ser. Al alma.

Y que se traduce en sueño, o realidad, de amor…

Rutas de Asturias

El Progreso de Asturias

Publicado en: EL Progreso de Asturias. Abril-1958

En los primeros días de otoño último, un grupo de amigos tomamos el acuerdo de dar una vuelta por pueblos del occidente de Asturias. Queríamos pasar un día de esparcimiento y goce campero que rompiera la monotonía de nuestros quehaceres cotidianos.

Hicimos realidad nuestro deseo. Uno de los últimos días de septiembre, no recuerdo cual, amaneció con sol. Algunas nieblas se veían en lontananza, pero no parecían presagio de nada malo. No era de temer, y así resultó, que el tiempo cambiara.

Serían las nueve de la mañana cuando salimos de Navia, en coche. Los primeros kilómetros los pasamos a velocidad. Nos eran muy conocidos los pueblos. Así, pues, pasamos rápidamente por Cartavio, La Caridad, Valdepares, Tapia, Serantes, etc.

Poco después de Barres, a la altura de La Linera, paramos. Y desde allí vimos el castillo de Donlebún a la derecha. Y de frente, Castropol y Ribadeo que coqueteaban con las aguas apacibles y azogadas de la ría del Eo. A la izquierda se veían Salias y El Esquilo.

Vámonos. Pero siguiendo un viaje más lento. Hacemos alto, unos minutos, en Vilavedelle, y vemos allí la hermosura de la ensenada de la ría que llega a Fabal.

Cuatro kilómetros nos faltan para llegar a Vegadeo. Pero antes pasamos por Fondón, en Rio de Seares.

Vegadeo. Tomamos un refrigerio. Y nos metemos por una ruta totalmente desconocida para todos. Vamos a ir a Taramundi. La carretera arranca de Vegadeo casi en llano hasta llegar a la Coruxeira, donde empieza una larga cuesta, varios kilómetros, que llega hasta cerca de Ouria. Subiendo vemos a un lado Las Cruces y Ferreirameon. Al otro, Fuente de Louteiro y Cereigido. En las laderas de los montes y en las hondonadas por donde pasa el río Monjardin hay una vegetación nutrida, que, por fuerza de la estación, empieza a amarillar. El paisaje, con el sol de la mañana, es delicioso. Las crestas de las montañas van desnudándose. Y una onda misteriosa me trae a la memoria estos versos de Góngora.

Raya dorado Sol, orna y colora
del alto monte la lozana cumbre. 

Antes de llegar a Ouria cruzamos la Sela de Fabal. Pero en Ouria nos detenemos y sacamos una foto, a distancia, de la Iglesia del pueblo. Sabemos que de ésta y su archivo está haciendo lucidos estudios un sacerdote de Vegadeo, Don José Rodriguez Fernández.

Después de Ouria, a poca distancia, nos encontramos con El Castro. El paisaje y los pueblos que ahora vamos viendo toman un tinte distinto de lo visto antes de Vegadeo, lo que se llama, por la proximidad al mar, La Marina. Las casas que encontramos son más oscuras, algunas sin encalar, más rústicas, pero de una belleza incomparable. Aquello parece burilado al aguafuerte.

Atravesamos la Sela de la Entorcisa y pasamos, dejándolo a nuestra izquierda, un pueblo al descubierto alegre, Bres. Poco después la carretera tiene un puente. Debajo se desliza el rio Cabreira.

Seguimos la carretera con muchas curvas. Y vemos árboles sin cuento. Castaños, robles, nogales… Y encaramándose hacia las alturas, tojos floridos, carqueixas y queirotas.

Llegamos a un lugar donde el horizonte se ensancha. Las montañas parece que se abren. Vemos hacia allá una iglesia de torre alta, con el caserío en torno. ¿Qué será aquello? Lo adivinamos. Taramundi. Alto el coche. Una foto.

Taramundi no es un pueblo grande, pero tiene mucho carácter. ¡Habíamos oído hablar tanto de Taramundi! Pero no nos defrauda. No. Vimos su iglesia y un poco más arriba, un parque de robles. Sólo de robles. Una joya. He aquí al famoso Taramundi. El pueblo que hace navajas y las manda a medio mundo. Le dedicamos una hora. Y con gran contento. Pero hay que irse. Vamos, siguiendo la carretera, hacia Galicia.

El paisaje es más espacioso. La carretera mejor, más cuidada. Pero la belleza sigue de dueña y señora. No se nos oculta. Atravesamos Vega de Zarza y un rato después, Conforto. Conforto es una aldea grande, rica. Se nota.

Cuando todavía no lo esperábamos nos encontramos con la villa grande y de mucha importancia comercial: Puente Nuevo.

En Puente Nuevo estaban de fiesta. Nos apeamos y nos sentamos en la terraza de un bar. Y en frente, en un quiosco provisional, una banda de música toca pasodobles animados. Muy bien.

Hemos de ir a comer a Ribadeo. Tenemos que marchar. Bajamos por una carretera de delicia. El rio Eo nos acompaña a la derecha. Sus aguas son claras y, a veces, en las cascadas blancas hay gran cantidad de árboles esparcidos o apretados. Los pinos y eucaliptos son los amos. Pero, en realidad, hay de todo. Pasamos por las cercanías de Santirso sin detenernos. Y, más abajo, Abres. Brisas con olor a mar penetran por las ventanillas del coche. Porto. Los llanos de Reme. Hacia la derecha, juncales.

Ribadeo. Una hora para comer. No más. Y con el pitillo en la boca, nos vamos al Faro. Desde Ribadeo al Faro hay una magnifica carretera que tendrá unos dos o tres kilómetros. Desde ella, que está a buena altura, se ve como la ría del Eo le da la mano al Cantábrico. El mar, ese día y a tal hora, estaba tranquilo. Pero tenía las rugosidades necesarias para que no fuera espejo. Su color era azul plata. Y una bruma ligerísima unía cielo y mar. No había raya de horizonte. ¿Para qué?

Inmediatamente regresamos a Asturias. En Vegadeo preguntamos por Don José, el sacerdote escritor. Lo encontramos. Y conseguimos llevarlo con nosotros. Ahora vamos por la carretera de Piantón.

Y llegamos a Sestelo. Es preciso pararse y ver cómo anda aquello. Hoy está mejor que nunca. El embalse del salto, rodeado de mimbreras, con aguas limpias, claras, parece algo de cuento de hadas.

Dejamos este sitio con pena. Pero es preciso seguir devorando hermosuras. Un ramal de carretera nos lleva por Añides y Penzol. Y nos encontramos, algo más arriba que no podemos seguir. La carretera se acabó. Estamos en el campo del Couselo.

En el Couselo, sin apena darnos cuenta, estamos a quinientos metros sobre el nivel del mar. Desde allí vemos las huertas de la Cabanada, y Brañatuille.

El sol nos deja, declina. Hay que bajar. En Montealegre doblamos y cogemos la carretera de Meredo. En este camino y subiendo hacia la izquierda, Don José nos señala un monte y dice que allí estuvo, hace siglos, el castillo del Suarón. El tiempo lo borra todo. No hay rastro de nada. En ese momento sólo se veían en el histórico monte, un par de yeguas comiendo tojos y tocando la choca.

Meredo es un pueblo plácido, bien situado. Visitamos su iglesia. Al subir al coche vemos dos cazadores que bajan del monte. Nos saludan. Son Rivera y Antuña. De Vegadeo. Cada cual trae su ramillete de perdices muertas. Estamos entre luces. Y todavía tenemos que ir a Presno.

El señor cura de este pueblo con toda amabilidad nos enseña también su iglesia que es, por todos conceptos, interesante.

Son las ocho y media. No se ve ya. Estamos rendidos, agotados. Y no por cansancio físico, muscular. Nuestro cansancio es cerebral. Hemos visto, de cerca o de lejos, infinitas cosas dignas de atención.

El viaje fue bien aprovechado. A las diez de la noche llegamos a Navia. Cenamos. ¡Y nos dormimos como pegos!

Alejandro Sela, Navia, 3-2-1958

Un veraneante en Navia. El pintor Álvaro Delgado

El Progreso de Asturias

Publicado en: El Progreso de Asturias. Diciembre-1957 (Colaboraciones Amigas)

En el verano de 1955, al comienzo, apareció por Navia un hombre joven que se veía con frecuencia en torno al pueblo, sentado, dibujando o pintando una casa, un árbol o lo que fuera. Al poco tiempo, en un café, alguien me lo presentó.

Resultó ser Álvaro Delgado.

Desde entonces somos amigos. Mantenemos una relación cordial. En presencia y en ausencia. En presencia, durante tres veranos largos que lleva ya viniendo a Navia. Y en ausencia – él vive en Madrid – a través de frecuente correspondencia.

Delgado nació en Madrid el 9 de junio de 1923. Cuenta pues, 35 años. Pero, a pesar de su juventud, tiene ya su historia en la vida del arte español.

Veámosla. Fue primero, durante algún tiempo, discípulo de Vázquez Díaz. Y después formó parte de la escuela de Vallecas en unión de San José, Carlos Pascual de Lara y Gregorio del Olmo bajo la dirección de Benjamín Palencia. Era esta una organización en pandilla de rapazuelos totalmente ayunos de riquezas, que, a todo trance querían ser pintores. En el arrabal madrileño trabajaron dos años.

Delgado hizo exposiciones individuales en Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián. Santander, Zaragoza, Buenos Aires, Navia, Lisboa y Nueva York. Últimamente, en la primavera del año que corre, celebró exposiciones en Oviedo y Gijón. Todas con gran éxito. Tomó parte, además, en muchas colectivas.

Concurrió a las Bienales Hispanoamericanas de Cuba y Barcelona en 1954 y 1956, respectivamente. En la primera, la de Cuba, obtuvo un importante premio por un cuadro «Máscara» que hoy estará, sin duda, en algún museo de la Habana.

En 1955 ganó el Gran Premio de la Bienal de Arte Mediterráneo, en Alejandría. Con siguió esta alta distinción en competencia con los mejores pintores de Francia, Italia, Grecia, Turquía y Egipto. Y le dio, a no dudarlo, renombre universal.

Vivió Álvaro durante un año en París, en tres estancias. La primavera de 1956 la pasó por Italia.

Tiene cuadros en los museos de Arte Moderno y Arte Contemporáneo de Madrid. Y en los de Buenos Aires, Santo Domingo y otros países.

Esta es lo que pudiéramos llamar su ficha. Pero no lo es todo. Su vida hasta ahora breve está estupendamente aprovechada. Tiene un conocimiento hondo de las cosas. Ha trabajado reciamente. Ha leído lo indecible. Está al tanto de la historia y de las últimas corrientes del arte, de la literatura y de la poesía. Con él se puede hablar de lo que se quiera. Y hay que oírlo con atención siempre. Dice cosas.

Este hombre, con las cualidades referidas, ha cogido un entrañable amor a Asturias. Afinando más, a las tierras y a los pueblos del occidente asturiano. Ya lo dije, tres veranos lleva conviviendo con nosotros. Y cada verano tiene para él tres meses y medio. Diez meses largos lleva, pues, de permanencia efectiva en Asturias. Pero residiendo siempre, con su mujer y con su hijo, en Navia.

La vida de este pintor durante el verano, no es la de un veraneante más que descansa. Es otra. Es una vida perfectamente laboriosa y fecunda. En las mañanas trabaja en su estudio. Y por las tardes, se va a un lado y a otro a pintar paisajes, marinas preferentemente. Un día a Luarca, otro a Viavélez. O a Puerto de Vega, o a Castropol, o Tapia u Ortiguera o Figueras. Todo lo ve, todo lo pinta, todo le interesa.

Algunos días, sin embargo, descansa. Esos días los aprovechamos para dar un «voleo» un grupo de amigos. Unas veces vamos a Grandas de Salime, otras a Taramundi, otras a Ribadeo… Y siempre traemos un «carro» de fotos. Álvaro, tenía que ser, es el más experto en “película».

Esta zona asturiana, tan olvidada siempre, está poniéndose de moda. Está haciéndose ver. Y nada más justo. Hay belleza, por cualquier parte, a dar con un palo. Hay, cada día, más comodidad, más refinamiento. A ojos vistas se nota que esto marcha hacia metas de lo ideal. En la ría del Eo, en tierras gallegas, se está concluyendo un parador de Turismo que será algo notable. En Tapia, sobre las alturas de la playa, se está haciendo algo parecido. En fin…

Álvaro Delgado, como veraneante de por aquí, ha sido uno de los adelantados. Y como, además, pinta… En los tres veranos habrá hecho más de ciento cincuenta obras. Acuarelas, retratos al óleo y al carbón, óleos de paisaje, bodegones, etc. Todo lo que tiene importancia, en un sentido o en otro, él lo estabiliza y lo plasma en sus lienzos. Algo de su obra queda por aquí, pero la mayor parte le sigue, concluido el verano, a Madrid. Y desde allí, por venta, se va en todas las direcciones de la rosa náutica.

En este sentido, no hay duda, Asturias se universaliza.

¡Pudiéramos decir!

Alejandro Sela, Navia, Noviembre, 1957.

Navia cuenta con un Asilo nuevo. El de Santa Rita y San Francisco

El Progreso de Asturias

Publicado en: El Progreso de Asturias. Noviembre-1957

Navia es una villa que, en los años últimos, dio un fuerte estirón en su crecimiento. En Navia se construye, se hacen casas. Los particulares, a su modo, van comprando solares y edificando lo que necesitan. Y el Estado, por otro porte, a través de organismos adecuados, da la mano a los que, si no tienen bastante dinero, cuentan con buena voluntad para crearse lo ideal, un hogar propio.

Entre lo construido, lo nuevo, se destaca sobremanera, por su belleza y por sus fines, una obra ejemplar: el Asilo.

Éste, colocado bajo la advocación de Santa Rita y San Francisco, se halla situado en un barrio de lo más sano del pueblo, de orientación al mediodía: el de San Francisco. A sus espaldas tiene las huertas más productivas. Y por su frente, los prados más jugosos.

Fue levantada esta obra a expensas de lo dejado por doña Rita Vilaret Sardó, fallecida no ha mucho, nacida en Cataluña, y viuda de don Francisco Rodríguez González, natural de Boal. Este matrimonio vivió muchos años en América, donde le fue bien. Y a la hora del descanso aquí se vinieron. Y tal cariño tomaron a esta tierra, que en sus últimos momentos le dejaron a Navia lo que se deja a quien más se quiere: su herencia.

Tiene el Asilo, que se desea sea atendido por religiosas, una capilla amplia y dependencias holgadas, para dar acogida gratuita a diez y seis desvalidos y viejos pobres del municipio de Navia y, si hubiese sitio, del concejo de Boal. Y cuatro plazas más, de pago, para quienes, teniendo algún medio económico, y faltos del calor de un hogar, quieran verse atendidos en el declinar de su existencia.

El capital fundacional excede de millón y medio de pesetas. Más adelante, si hubiera posibles, Estas admirable institución puede ser ampliada cuanto necesite. En ella está la puerta abierta para que los corazones nobles, si sus medios se lo permiten, puedan ayudar a su incremento. El artículo 8 de su reglamento dice: Ese caudal podrá aumentarse con legados, donaciones, limosnas y, en general, toda clase de adquisiciones de que la fundación se beneficiaría…

El órgano de representación del Asilo está a cargo de un patronato que preside el Sr. Cura párroco de la villa. Y la atención y cuidado de los asilados se ha encomendado a monjas Agustinas Terciarias Misioneras de Ultramar.  

Esta fundación, para que dé resultado, debe contar con el calor y lo ayuda de todo el concejo. El patronato que la rige así lo espera. El gesto de los donantes, al fin y al cabo no nacidos en Navia, y los fines que se persiguen, lo merecen.

Alejandro Sela