El vino y el amor

La Semana Vitivinícola, Vino, amor y literatura

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 17-1-1970; Vino, Amor y Literatura (1971)

¿Qué es el amor? El amor es una cosa muy complicada, profunda, enorme. Es, sin duda, el rey de las pasiones, el amo. Esto desde un punto de vista especulativo. Pero desde el punto de vista práctico es la cosa más sencilla del Mundo. Se ve en la vida de la calle. Nunca falta un roto para un descosido.

Quevedo, en un soneto definitorio y maravilloso, dijo:

“El amor es en todo contradictorio de sí mismo.” 

¿Qué quiere decir con esto? Pues quiere decir, hablando en plata, que unos llegan al amor por el camino de la humildad. Y otros, sin embargo, por el camino del orgullo. ¡Cualquiera sabe!

¿Qué es lo que despierta el amor? ¿La inteligencia del hombre? ¿O el instinto de la mujer? ¿O es, por el contrario, el instinto del hombre y la inteligencia de la mujer?

Kant, a estos efectos, dice que la mujer a los catorce o a los quince años ya sabe lo que quiere. Y que el hombre hasta los treinta no sabe nada de nada. En mi opinión, esto está muy cerca de ser cierto.

Otros dicen que el amor es un episodio en la vida de los hombres. Y que en la mujer es la vida.

¿Influye el vino en el amor? Y si influye, ¿de qué modo; en más o en menos?

Se puede uno enamorar por flechazo, automáticamente. O se puede enamorar sin darse cuenta, por convivencia más o menos próxima.

¿Influye el vino en el flechazo? ¿Predispone a uno, lo inclina al amor? ¿O no? Yo creo que sí, que a los hombres por lo menos les “ayuda”.

El hombre enamorado frente a la mujer amada es muy poca cosa. Es tímido, se acoquina. Teme ser torpe. No sabe empezar. Piensa que, por no saber hablar, va a perder las posibilidades del triunfo.

Un vaso o dos de blanco, tinto o rosado, según, puede ponernos a punto para decidirse al asalto de esa fortaleza, frágil unas veces, diamantina otras, que es la mujer. El vino nos pone en las óptimas condiciones para ver la vida como la veía el Bosco: El jardín de las delicias.

El flechazo marca el comienzo. Después, con un poco de vino, el amor va sobre ruedas.

Cuando se llega al amor por convivencia, el vino obra como conservador, ya no se pierde…

He aquí lo que dice, en un par de versos, el libro árabe El collar de la paloma, del vino y del amor:

“Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino
mientras que el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.”

En este libro del siglo XI de Ibm Hazm, ya se dice una gran verdad. Un hombre y una mujer enamorados se bastan. Nada de “carabinas” masculinas o femeninas. Sin embargo, Ibm Hazm admite como tercero un vaso de vino. Un vaso de vino para ella y otro vaso de vino para él. El vino es un tercero estupendo. Es la “carabina” ideal.

Gil Blas de Santillana dice: “El amor hace en los enamorados el mismo efecto que el vino en los borrachos”. No lo creo. Son dos cosas diferentes. Que haya un cierto parecido es posible. En realidad, meras apariencias.

En el amor hay que decir o no alguna vez. En la borrachera nada. El amor es siempre bilateral. La borrachera es unilateral. En el amor hay que decir: te amo. En la borrachera no hace falta.

Cuando uno se encuentra “tarumba” por haber bebido demasiado no debe arrimarse a ninguna mujer. En ese estado se encuentra uno atontado y adormilado. Las mujeres quieren siempre a su lado hombres vivos… despiertos.

Algunos autores prestigiosos, por lo que sea, asocian el vino a la mujer y al amor.

García Figueras, en una conferencia sobre el vino y los árabes, dijo “… por eso el vino es uno de los temas de su poesía, generalmente asociado a la mujer y al amor”.

Molina y Cobos, en su folleto El vino de la verdad: Montilla y Moriles, dicen: “Del mismo modo la mujer logra su exultante eclosión de hermosuras en ese decenio esplendoroso e irrepetible que va de los veinticinco a los treinta y cinco años. Pero tratándose de Montilla y Moriles y de la mujer equivalente, nuestra devoción rebasa casi siempre los rígidos cánones arquetípicos y tiene márgenes más flexibles y generosos, pues ya se sabe que el inefable binomio vino-mujer es rebelde a racionales domesticidades algebraicas».

Castroviejo arrancó del folklore gallego esta encantadora estrofa:

  “Si queres tratarme ben
dame viño do Riveiro,
pan trigo de Ribadavia,
nenas do cban de Amoeiro.”

Hay una zarzuela española, creo que es Marina, en la que se dice:

“El vino hará olvidar las penas del amor...» 

Esto no pasa de ser una tontería. El mejor recuerdo que tengo de las historias de mis amores es precisamente eso, las penas.

Emborracharse con vino para olvidar penas de amor es lo más lamentable, lo más triste. El vino y el amor deben tratarse con mucho respeto. Deben vitalizarse recíprocamente. Son dos cosas buenas que no debe confundirse. El vino no debe utilizarse para olvidar nada, por otra parte, yo creo que deben dársele más altos destinos.

Al amor, si le quitamos las penas, queda prácticamente reducido a cero… Amiel cuando probó el alpiste del amor, por consumación, quedó plenamente decepcionado… Dijo, según el doctor Marañón: “Estoy estupefacto de la insignificancia de este placer, sobre el que se ha armado tanto Ruido”. (Téngase en cuenta que Amiel no era un cualquiera, era catedrático.)

Así como hay gentes que presumen de coleccionar sellos de correos, yo presumo de coleccionar penas de amor.

Sthendal, a quien también se le “daban” mal las mujeres, coleccionaba, sin remedio, penas de amor.

Don Juan Tenorio, el pobrecillo, era idiota. Y es que no conocía el “no” del amor.

Yo en penas de amor tengo verdaderos “tesoros”. Si pudiera ponerlas en un álbum como una colección cualquiera, otro gallo me cantara… en las “sociedades femeninas”.

En fin. Que el amor, para mí, es una fuerza de gravedad que actúa en sentido paralelo al suelo que pisanos.

Y que para darle un movimiento uniformemente acelerado hay que ayudarle con…

¡Un par de vasos de vino!

ALEJANDRO SELA

Poesía y mujer

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 3-9-1960

En la poesía lírica la mujer es elemento indispensable. Sin ella, no hay poema.

Por esa razón, cuando se habla de la gloria de un poeta, se exclusiviza, sin deber. Esa gloria, en justicia, no es unipersonal. Detrás del poeta o, mejor, en el centro del mismo, en su corazón, hay o ha habido una mujer.

Esta mujer fue el elemento fecundante e inspirador. Por esa fecundación, el poeta dio a luz su criatura: el poema.

Pero a la hora de los laureles, estos se van a la cabeza del poeta, la que exornan y dan el aura da la gloria. La mujer se queda en las tinieblas del olvido. A veces se la recuerda vagamente. Y, a lo más, se le llama musa. Pero no se la destaca.

Hay que darle a la mujer, haciéndola presente en cada caso, el relieve que merece en el fenómeno poético. Y hacerle su homenaje.

Pero así como el fruto del amor, el ser humano, resulta de la voluntad concorde, de hombre y mujer, la criatura poética en el fruto de una disconformidad.

El poeta ama, pero la mujer objeto de que sus delirios no lo quiere y no le corresponde a sus requiebros. En ese trance, en el sufrimiento pasional, el poeta escribe y alumbra la obra que le dará la gloria. Solo así surge el poema de más subidos quilates.

Unamuno dijo: “Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; solo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; solo la esterilidad temporal da fecundidad eterna”.

Es la mujer esquiva, pues, la colaboradora de la creación poética. La mujer amable y complaciente, no ha inspirado, que yo sepa, poema alguno digno de consideración.

La mujer ingrata desempeña un papel no desdeñable ante el poeta. Digno de la mejor loa. Al poeta le da la gloria, que se lo que, de verdad, este quiere. Y a la sociedad le da el fruto poético que, al par que emociones, contribuye a revelar los misterios del alma humana.

El poeta necesita, sin duda, dolor para producir. Pero dolor causado por alma de la mujer.

Uno de ellos, amador inagotable, Quevedo, lo dijo:

“Diome el cielo dolor y diome vida”.

 Y en otra ocasión se muestra orgulloso de su sufrimiento:

“Sabio en amar dolor tan bien nacido”.

Y el no menos consecuente Herrera, también “respira”:

“Procuré no rendirme al mal que siento
Y fue todo un esfuerzo desvarío
Perdí mi libertad, perdí mi brío
Cobré un perpetuo mal, cobré un tormento”.  

Pero, el hombre, de esa prisión “huir no piensa”:

“ni los lazos romper de esa cadena”.

Es curioso. Todos los grandes, poetas lo han sido, además, por la “ayuda” de la mujer del vecino.

Dante, tuvo a Beatriz. Petrarca, a Laura. Herrera, a la condesa de Gelves. Bécquer, a Julia. Garcilaso, a Isabel…

Todos ellos han sido unos donjuanes de tres al cuarto, pero han triunfado como poetas. A la sociedad, los donjuanes, no le interesa nada que los haya. Los poetas en cambio, sí. Y mucho.

El “no” de la mujer al poeta, siempre ha dado gran resultado.

Y el vale cuando es noble y sincero lo reconoce. Fue Bécquer, el gran Bécquer, el que escribió este verso sencillo y formidable:

“Poesía… eres tú”.

Es muy lícito, pues, aconsejar a la mujer que cuando vea ante sí, en trance de declaración amorosa un hombre con barruntos de poeta, tenga el “no” presto y sostenido. Y además de hacer un servicio a la sociedad no tendrá nunca de que arrepentirse, probablemente. Nunca hubo un poeta, en el orden de las expresiones terrenales, que pudiera ser considerado como un “buen partido”.

ALEJANDRO SELA

Amor de domingo

De vuelta del Eo, Las Riberas del Eo

Publicado en: ¿Las Riberas del Eo. 30-8-1959?; De vuelta del Eo (1960)

El amor, en nuestra tierra asturiana, las tardes de domingo baja a la carretera y en ella se pasea.

Cuando se viaja y va a alguna parte en esos atardeceres domingueros, nuestro vehículo no avanza a la velocidad normal. Ha de ir con precaución. El amor, el hombre y la mujer en pareja, lo tropezamos a cada paso. Es que al lado de la carretera están los salones de baile. Y al baile siempre va el amor.

En el verano no hay tal cosa. Y, si la hay, se nota mucho menos. Las romerías y fiestas de aldea atraen a las parejas. Y las carreteras quedan libres. O reducidas a su propio menester: ser lugar de paso.

El chofer, en las tardes de domingo, debe ir “por su derecha” y con sumo cuidado.

Los tórtolos, en arrobamiento amatorio, se creen muchas veces que la carretera es de ellos. Suya

No es esto una censura, ni una advertencia policíaca. No quiero que pase del reconocimiento de un puro hecho. Uno también ha tenido sus momentos en que se creía, a los efectos del amor, un poco ingeniero de Obras Públicas. Hay que recordar lo que dijo una personalidad eminente: comprender es perdonar.

Pero es evidente que los domingos la carretera está menos despejada. Hay que ir con cautela. Necesariamente.

Es de día todavía. Mirando a un lado o a otro, se ve una parejita al arrimo de una pared de cierre de una finca que la resguarda del nordés, por afilado, cortante. Y si luce el sol, se supone que aquel coloquio sea una delicia.

Es de noche y llueve. El faro o los faros, nos hacen columbrar en la lejanía, un paraguas. Cuando creemos que bajo su copa se cobija un solo ser, no hay tal. Son dos. Milagros del amor.

Al ver todo esto, uno, cuando se está de vuelta de muchas cosas, echa automáticamente mano del fichero de la memoria. Y se dice: antes esto no era precisamente así.

No había salones de baile al lado de la carretera. No es que no hubiera bailes. Los había. Pero de otro modo. Los bailes se hacían en las casas particulares, en las salas. Y con luz de quinqué o de carburo. Eran más reducidos. Casi por invitación. Tenían, evidentemente, un carácter más familiar. Recuérdense nada más, los que se hacían en las casas de labranza cuando se deshojaba el maíz.

Todo cambia, todo evoluciona. Las músicas ya no son las mismas. Antes había acordeonistas que tocaban, como si dijéramos, “por un pedazo de pan”. A uno no se le borra de la memoria aquel acordeonista que hacía caer su cabeza sobre el canto del teclado, para estar en permanente vigilancia de la afinación.

Donde van aquellas bandas de música con ejecutantes de bigotes, verticales y serios como palos de teléfono ¿Dónde, por favor?

Hoy se baila al compás de la orquesta de unos señores uniformados, con trajes de colores vistosos, muy elegantes.

Y no sólo bailan las parejas. Bailan y gesticulan los músicos, bailan los instrumentos y, puestos a bailar, yo creo que bailan las copas de los servicios que hay sobre las mesas.

E! baile ahora es más febril, loco, de delirio. Vivimos bajo el signo del chachachá y según nos anuncian, del rock-and-roll.

Bueno.

Al anochecido, al viajar nos llama la atención ese salón de baile que hay a la orilla de la carretera. A través de las cristaleras, lo vemos repleto de una masa apretada de parejas que bailan al son de una música que nosotros, naturalmente, no oímos. Y aquello nos parece absurdo, pero no lo es. No percibimos el ritmo sonoro.

También se ve un hombre en mangas de camisa que sirve copas a unos mozos que se ríen y jaranean. Alguien paga una ronda.

Y, al fondo, los estantes de botellería que se reflejan en los espejos, para darnos la sensación de que allí, campea la abundancia y la esplendidez, Todo bajo la envoltura de la luz eléctrica que brilla.

Bienaventurados los que bailan porque de ellos será algún día, el reino de la peripecia y de las responsabilidades.

Sí, pero, después,

¡Que les quiten lo bailado!

Alejandro Sela

Una asturiana de calidad

Las Riberas del Eo

Publicado en: Las Riberas del Eo. 20-12-1958

Doña Jimena, la esposa de Rodrigo Díaz de Vivar, al Cid Campeador, era una mujer asturiana. Y de estirpe regia. Su padre era el conde de Oviedo. Se llamaba Diego. Y la madre Cristina.

El Cid hizo a su prometida donación de arras: “Por decoro de su hermosura y por el virginal connubio”.  

Parece que la boda se celebró en León. Pero inmediatamente el Cid recibió orden de su rey Alfonso VI para desempeñar delicadas misiones en Oviedo. Una de ellas fue la de hacer de juez en algún caso. Se mostró ducho en su función judicial – dice Menéndez Pidal -.

Doña Jimena y don Rodrigo pasaron pues, la luna de miel en Oviedo. O mejor, en Asturias.

Doña Jimena fue una asturiana ejemplar, una gran mujer. Adoraba a su Cid. En el Cantar Primero del Poema de su nombre dice ella:

  • Escúchame oh Cid de la hermosa barba.
  • Doña Jimena, mi excelente mujer, os quiero tanto como a mi alma.

Llegaron, en el matrimonio, al supremo bien del amor: Querer y ser queridos.

¡Sabida delicia!

Ella seguía a su marido en sus empresas guerreras, pero en la torturante retaguardia, en la permanente inquietud de la incertidumbre, callada, humilde y con el vigilante cuidado de sus hijos. Esposa y madre. Muy limpiamente.

Don Rodrigo iba en pos del moro con todos los riesgos, para servir a su rey, para ganar una Patria. Pero en el fondo de su ser vibraba el recuerdo de su amor, su Jimena.

Siempre, o casi siempre hay en el guerrero triunfante, una causa primera, estimuladora, decisiva.

¡Razón de amor!

Asturias ha tenido un hombre. Don Pelayo. Él con una cruz en la mano y un puñado de asturianos esforzados inició la gran tarea. Y siglos después, una mujer, Doña Jimena, que desde un plano oscuro hizo posibles las gestas heroicas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, en buena hora nacido.

Uno y otra, Don Pelayo y Doña Jimena, movidos por el soplo de la Divina Providencia, la Virgen Santa María.

Desde las alturas bajó Esta al monte Auseva, a Covadonga. Traía para los asturianos, para los españoles todos, en su mano derecha un símbolo de belleza y amor. Traía en su mano… ¡Una rosa!

El otoño, la mujer y el amor

De vuelta del Eo, Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca. 24-11-1957; De vuelta del Eo (1960)

Estamos metidos en las envolturas del otoño. Esto es lo que se siente…

La naturaleza se marchita se muere. Una vez más todo cae. Esta es, por lo que se ve, una estación de angustia. Más aún, de agonía.

Pero solo agoniza lo que vive pegado al suelo. Lo que está en las alturas, sin embargo, muestra, si cabe, un mayor esplendor una mayor viveza. Hay muchas nubes, más densas, más variadamente coloreadas. El sol, de oro límpido, más que nunca se recrea en el juego del te veo y no te veo. Parece que se va… y vuelve.

Los árboles, los pobrecillos, se quedan con sus ramas a la intemperie. Sus hojas, ya amarillas, se separan de ellos y se deslizan una a una, planeando, hacia la tierra. Y luego los vientos las juntan y las mueven en oleajes de municipalidad. Y se siente o se ve, después, al barrendero que lleva su carretillo cargado de espumas amarillas.

Hace frío y no hace frío. Las lluvias vuelven. Por las noches en la cama y en el antesueño, sentimos el goteo de los tejados. El otoño nos trae también, contados días, unos vendavales de furia que hacen silbar a los hilos de los tendidos y adoptar posturas de cortesía a los árboles.

En este desmoronamiento de la Naturaleza hay algo que permanece intacto. Más todavía, adquiere una nueva fuerza. Y llega a la plenitud de su ser. Es la mujer.

La mujer en el otoño vale más que nunca. Es cuando, por todo, está más hermosa. Y cuando, por cierto, está más cerca de sí misma.

En la primavera y en el verano, la mujer se sale de su centro, se exterioriza, y procura vivir más para los demás que para sí. Se entrega al medio que la rodea, a la sociedad.

La tierra, pujante, en la primavera da a luz plantas y flores. La mujer entre tanto color, tanta competencia, se despersonaliza y desvanece. Nos pasa más desapercibida. Y en el verano con sus desenvolturas de playa, por la mañana, y en sus exhibiciones de elegancia en el anochecido, anda muy cerca de ser un fuego de artificio.

Lo mujer, en la primavera y en el verano, canta y ríe. Pero no interesa.

Pero en el otoño ¡ah, en otoño!

Entonces la mujer se aísla, se desarticula de la sociedad y vive con las velas recogidas. Y piensa, medita. En esos instantes hace balance de lo acaecido en las estaciones que se fueron.

Y si no está triste está melancólica, que le anda cerca. En su interior se juntan memorias y deseos, como dijo un poeta. Está pues, llena de vida.

A lo más, en el otoño, la mujer sonríe. Y este es el gesto que, en ella, no debiera ser nunca rebasable. En la sonrisa la mujer lo dice todo. Dice, no hay duda, lo inefable.

Su color ha salido de las sienas tostadas del verano y no ha llegado todavía a las palideces implacables del invierno. Se ve, en color, en un punto medio de equilibrio, de transición.

La mujer, huido el verano, sin abandonarse, ya no piensa tanto en el adorno y en el tocado. Va, por la calle, como diría Dante.

benignamente d’umiltá vestuta

Y entonces se la ve más natural, más próxima a la Divinidad, más cerca de Dios.

En esta estación es cuando más sufre y padece. Y, por ello, es cuando la mujer es más adorable. Inspira compasión, inspira ternura. Inspira, digamos lo de una vez, amor.

El amor de otoño es el mejor. El más perfilado, el más hondo. Cuando la naturaleza muere el amor crece más vigoroso y más lozano. Se cría en la cuna de la melancolía.

Quien no ha amado en el otoño no sabe lo que es cosa buena, no sabe lo que es amor.

Uno, que lo ha vivido y no ha perdido la memoria, lo recuerda. Y es que uno, en el deslizarse de la vida, se dedica a la profesión de filósofo ambulante.

Con una gabardina al hombro y una boina en la cabeza, por todo equipo, arrimado al quicio de una puerta observa y ve que el amor es inmutable, no cambia.

La mujer, como todo lo bueno, para estar mejor, tiene que estar en punto de plenitud. En el otoño lo está.

No, por favor, no me deis mujeres en la primavera ni en el verano. ¡No las aceptaría! Dádmelas, si alguien quiere hacerme el regalito, en el otoño…

Los Campamentos. De Andés baja el amor.

De vuelta del Eo, Eco de Luarca, Programas y folletos

Publicado en: Eco de Luarca. 29-9-1957; De vuelta del Eo (1960); Revista del Descenso 2003.
Leído por: La Voz de Occidente-Radio Luarca el 21-9-1957.

En un barrio de Andés, El Aspra, hay una casa, una casona más bien, que yo, realmente, no sé de quién es. Desde hace años, durante los veranos, la ocupan unos mozos que vienen de todos los puntos de España y que, en ella, se concentran en un albergue de comunidad estudiosa.

En torno a esa casa hay verdes de prados y de pinares. Y pasan por allí, haciendo conmoverse a los árboles, aires frescos del mar Cantábrico. Dentro de la casona, los tales mozos, pasan el día dedicados a las labores intelectuales. Pero al cabo de la jornada, al atardecer, tienen dos horas, dos horitas, de descanso y libertad. En ese tiempo bajan a la villa, a Navia. Y entonces hacen lo que suele hacer la gente joven: decir lo que se siente…

El amor viene de Andés…

Hacia las ocho de la tarde bajan en riada lo que las gentes de Navia llamamos campamentos.

Los campamentos no son unos currutacos, ni unos pisaverdes. No pueden serlo. Sus vestiduras son tan simples, tan sencillas y tan iguales que no hay manera de que se distingan unos de otros. Un jersey azul, un pantalón blanco y unas botas de lona lo cubren todo.

De Andés viene el amor…

Cuando el sol se va ocultando, algodonosas nubes celan al rey de la luz. Hay en las tardes, a esas horas, una apacibilidad y un sosiego que sólo se ven turbados, en algún momento, por el piar de pájaros que van y vienen.

De los campamentos no hay nada que decir… de malo. A través de los años se ha comprobado que en las lides de amor huyen limpiamente de la trampa burda y ordinariota. Es el suyo un galanteo refinado, de buena ley. Hay elegancia en las formas, y en las intenciones. Lo mejor.

Las mujeres de Navia, las nuevas, saben todo esto de memoria. Y la acogida que dan a los campamentos, cada año, es cordial, efusiva.

Cordialidad de amor…

Flota en el aire de Navia, en el estío, un calorcillo de alegría que se vaporiza y desvanece como el humo de un pitillo de tabaco rubio. Hay, se intuye, un fluir de emociones que salen de ilusionados corazones primerizos.

Yo creo que Cupido hace “camping” en un prado de las cercanías de Navia. Y prepara los elementos y hace lo posible para que no falten esas emociones.

Ya se han ido este año los campamentos. Pero antes de salir, cada año y cada turno, en las primeras horas de la madrugada, recorren las calles de la villa con cantos de ronda. La luna brilla o no brilla. Depende. Pero en todo caso hay rasgueo de guitarra en el relente de la noche.

Y allí, ante cualquier casa donde vive una mujer guapa, hacen estación.

– Es a mí. A mí me cantan – piensan y dicen ellas en ese primer sueño que se quiebra con músicas de amor que vuela…

El amor en ese momento viene de Andés, es cierto. Pero anuncia que se va… con la música a otra parte.

¡Tristeza de adiós! ¡Tristeza de amor!

Pero un buen día retorna ¡Siempre vuelve el amor!

Navia, al concluir el verano, se queda un poco desolada y triste. Pero queda en algunas bocas un paladeo de regusto como si fuera de un bombón que se acaba.

El otoño, sin embargo, viene enseguida. Y trae sus amarillos, sus ocres y sus azules limpios y puros. Obra como un bálsamo que cura y suaviza las heridas donde las haya. Las hace restañar.

El otoño es la estación que, por lo menos, a todos distrae y entretiene. Vienen de Villaoril las castañas ensartadas en hilos como cuentas de rosario. Y los maizales se desnudan y se ríen, y nos enseñan sus bigotes y sus dientes de oro…

Pero las lluvias, primero, y los fríos, después, nos obligan a recogernos en nuestros hogares. Y se ve que en los amaneceres salen, por las chimeneas de las casas, humos negruzcos y espesos, pero tranquilos.

En ese recogimiento íntimo evocamos los buenos momentos del pasado. En el alma de muchas mujercitas quedan todavía huellas de un verano que se fue. Y piensan: – ¿Qué pasó? ¿Qué era aquello, Dios mío?

Lo diré, pero no con palabras mías. Con palabras de un poeta, de Bécquer:

 Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborozada;
oigo flotando en ondas de armonía
rumor de besos y batir de alas
mis párpados se cierran ¿Que sucede ?
¡Es el amor, que pasa!

Transportes de amor

Eco de Luarca, Hacia la ría del Eo

Publicado en: Eco de Luarca. 13-3-1955; Hacia la ría del Eo (1957)

El amor aproxima a las gentes. Más concretamente, al hombre y a la mujer. El galán ha de acercarse con relativa frecuencia a su amada para verla. Y, si se tercia, para recitarle un poema…

Es curioso observar, a través del tiempo, los medios de transporte de los cuales se vale el hombre para dedicarse a los afanes del amor. En esto, como en todo, se va notando demasiado la influencia del maquinismo. Por ello, el amor pierde en intensidad y, subsiguientemente, en categoría. Las máquinas dan frialdad a las relaciones humanas. Y estas relaciones pierden contenido emocional. Y la vida sin emoción, realmente, no interesa gran cosa.

La emoción del amor es la emoción por excelencia. Es la que cala más hondo en el ser humano. Es la que lleva a la inapetencia, al insomnio y a la angustia. Cuando el amor es, por supuesto, auténtico. Y es tal, nadie lo ignora, cuando los amantes se dicen, porque les sale del corazón, frases como estas: “Sin ti no podré vivir”, “Quisiera no quererte tanto”. Y más.

Yo creo que los artífices del amor de verdad, son la ausencia y la aparatosidad. La ausencia, es cierto, dosificada. Las visitas convenientemente espaciadas. En la ausencia el amante recurre a la margarita para desvanecer ciertas dudas que le atenazan el alma. En los tiempos que corren apenas se usa esta flor de la familia de las compuestas. Ni apenas se percibe su falta. El teléfono y los vehículos de motor le dieron la puntilla.

Se llega a tener un conocimiento hondo de las cosas, más que viéndolas, pensando en ellas. En la meditación está el secreto del conocer. Y en los menesteres del amor, la necesidad de la reflexión sube de punto. Hoy, cortejando a diario, no queda tiempo. Los novios llegan al matrimonio sin darse cuenta. Han hablado mucho y no se enteraron de nada. Y se encuentran en la otra orilla sin saber cómo han llegado. Que es lo grave…

Y hay más, todavía. La ausencia, cuando soplan buenos vientos, da lugar, en la dulce soledad, al sueño o mejor, al ensueño. O sí se prefiere, a la ilusión. En este estado, los quehaceres cotidianos son más suaves, las estrellas emiten los destellos más fúlgidos, el aire trae ciertas fragancias, las flores son más bellas…

La aparatosidad resulta de la falta de simplificación en las formas y en los medios. Ya el caballero no usa polainas, ni la mujer corsé de ballenas. Cuanta más sencillez, menos intensidad, es decir, menos emoción. Hoy todo es simple y fácil. Y no sólo por parte de los actores, sino también de las comparsas. Los padres, por ejemplo, dan cada día más facilidades… Hagamos historia. Durante muchos años, más que años, siglos, el caballo era indispensable para el transporte de todo. En el amor, como es lógico, desempeñaba un gran papel. El hombre, en general, poco confiado en sí mismo, siempre buscó aliado a Cupido para sus aventuras. Y esas alianzas consistían en adornarse con un gran atuendo personal, cuyos elementos podían ser un sombrero de ala mosqueteril, un traje a la última, unos bigotes ad hoc. Y, sobre todo, un buen caballo. La compañía de un corcel arrogante, facilitaba el éxito de la empresa amorosa. Téngase en cuenta que, en los trances de enamoramiento, el hombre es el ser más petulante de la tierra. Siempre se cree que el mundo gira en torno suyo. La coquetería de la mujer al lado de la petulancia del hombre es muy poca cosa. La coquetería es, normalmente, algo delicado tierno, fino, que agrada a todos y no molesta a nadie. La petulancia varonil, ni mucho menos, no agrada de un modo tan general. Deslumbra, a veces, a las mujeres, pero no es necesariamente, la llave que abre todas las puertas.

El hombre ha tenido siempre una tendencia instintiva a amar fuera de su pueblo. Y en este caso ha necesitado un medio de transporte eficiente. Su ideal era el caballo y, logrado, ya, sin más, era un caballero… palabra que por sí sola, tiene muy grata resonancias para cualquier hombre, aún hoy día. Cualquiera que haya leído algo de historia no podrá olvidar esta estampa caballeresca. Ella, en una ventana o balcón bordeados de enredaderas, y él, sobre un caballo paciente que piafaba, hablándole. A la luz del sol, sí, muchas veces. Pero también a la luz de la luna cuando cuadraba.

El ideal romántico, que duró tanto, ayudó mucho a mantener tensa la cuerda del amor. Por su aparatosidad y la gran cantidad de tortura que llevó a él, como ingredientes fundamentales. El dolor, no ya como fuente del conocimiento, sino como sello que acredita una verdadera verdad. Dolor deleitable, si se quiere, pero eso, dolor.

Don Quijote eligió el camino de la peripecia y del sufrimiento para merecer a su dama. Y, modernamente, un poeta dijo:

 Oh, saber amar es saber sufrir.

Y el mismo en otra ocasión:

 Quien que es, no es romántico. 

Esto ya no tiene sentido actualizándolo. No hay posibilidad de ver romanticismo alguno en un hombre que cabalga una bicicleta con motor.

Al introducirse los medios mecánicos en el transporte, la tracción a sangre pierde terreno. El caballo se cae por la borda y deja paso a la bicicleta, a la moto y al automóvil.

Con el siglo vino la bicicleta a relevar al caballo, en tan honroso menester como es el de llevar al hombre al pueblo de su amada. Por su baratura, todavía subsiste, pero como medio popular, no ideal. Hoy, cualquier rapaz que se estime en algo, suspira por una motocicleta. Y, si sospecha que sus padres tienen dinero, quiere un coche.

El amador de otrora olía a naturaleza, a flores del campo. Ahora sin remedio, huele a carburante, sea gasolina o aceite pesado.

La llegada, a caballo, a casa de la amada, así como la despedida, estaban sazonadas de la más limpia y pura emoción. Ella, intranquila e impaciente, se paseaba por sus estancias y, nerviosa, alzaba los visillos de la ventana oteando el camino por donde venía la buena nueva. Y él, por su parte, espoleaba el caballo que echaba sangre por la barriga y espuma por la boca. A la salida, la misma emoción pero de signo contrario. El pañuelo con sus pliegues albos era la bandera del adiós triste pero esperanzado.

A esto hemos llegado. Despedirse de una mujer, a golpe de acelerador: To — co – to — co – tocotocol… Rrrrrrrrrrr…

Da pena.