Álvaro Delgado, en Oviedo

Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca. 12-5-1957

Oviedo, entre los atractivos de la Quincena Comercial próxima, tiene una exposición de pinturas que va a ser sonada. No puede ser de otra manera. Lo decimos con conocimiento de causa. El artista exponente es Álvaro Delgado.

Delgado es nuestro amigo. Y al decir nuestro, nos referimos a la zona occidental asturiana y a los que en ella vivimos. Dos veranos largos, los dos últimos, los pasó trabajando en Navia. Y desde allí salía a diario, por nuestros pueblecitos costeros con el caballete a la espalda y cabalgando en una moto, pinta que te pintarás…

No se nos olvidan las acuarelas que hizo en 1955 y que expuso en la Biblioteca de Navia. La gente, al verlas, al principio, quedaba un poco turbada. Lo que se veía era nuevo para nosotros. Aquello parecían garabatos hechos con pincelada vertiginosa… ris con ras. Y efectivamente, eran garabatos… cargados de arcanos inefables. El arte rebosaba en sus  cartulinas y desconcertaba. Pero solo al principio. Después poco a poco, uno iba comprendiéndolo… ¡Ya!

En el verano último pintó muchos paisajes al óleo, de pequeño tamaño, verdaderos relicarios de belleza. En ellos iba Asturias retratada sin trampa ni cartón. Las aguas oscuras de algunas de nuestras ensenadas aparecían allí, como un espejo. Y las rocas sombrías de los acantilados acicaladas por los oleajes del Cantábrico. Y las lanchitas blancas que se balancean muellemente en el ir y el venir de las mareas con el testuz sujeto por un cabo a un muerto.

Bueno. Pues este Delgado estará con su obra en Oviedo en los próximos días. No va a haber más remedio que ir a verlo. Bien entendido que lo que ahora expone es obra enteramente nueva, de estudio, lo que hizo en Madrid durante el invierno. Según nuestros informes la exposición será a base de figuras y bodegones. Lo menos conocido por nosotros. Y lo que da la medida de un artista que lucha denodadamente por llegar a las cumbres de la hermosura a base de pincel…

Álvaro es un pintor que estudia mucho. Y esto le permite ser maestro. Pero no un maestro cargado de petulancias y pedagogías. No. Así no.

El pinta sus cuadros y nos los enseña como diciendo: Ahí va eso…

¡Sin retórica!

La pintura de Álvaro Delgado

Hacia la ría del Eo

Publicado en: Hacia la ría del Eo (1957)

(Evocación de unas palabras de Ortega y Gasset)

El 10 de abril de 1932 atravesaba yo la plaza de la Escandalera, en Oviedo. Era por la mañana, hacia las once y media, en un día soleado y con viento ligero. En esos instantes, al final de la calle de Uría, doblando frente al café de la Paz, apareció un señor, acompañado de otros, no muy grueso, de mediana estatura y frente ancha. Calzaba zapatos negros y vestía traje marrón a rayas, abrigo gris y un sombrero flexible también gris con cinta negra. Era Don José Ortega y Gasset que iba hacia el Teatro Campoamor donde seguidamente pronunciaría un discurso.

Me fue posible oírlo, de pie, en el patio de butacas, debajo de un palco muy próximo al escenario. En diversas localidades se encontraba lo más representativo de la intelectualidad y la política de entonces en el Principado. El Teatro estaba de bote en bote

Dijo:

“Entre las castas peninsulares, los asturianos, juntamente con los castellanos, se caracterizan por el buen sentido, por tener la cabeza clara, abierta sin más a las cosas, sin prejuicios, sin manías, sin nieblas interpuestas que entenebrecen tanto y complican las relaciones del hombre con los problemas de la vida…

El asturiano va derecho a las cosas. Sois un pueblo de mente clara y lúcida pero no creáis por esto que vengo a halagaros ¿Por qué había de venir a halagaros si no vengo a pediros nada para mí? Todo lo contrario. Vengo a exigiros…

Asturias piensa bien pero padece desde hace años un grave defecto. ¿Cómo lo diría yo? ¿Cómo lo enunciaría? Tal vez diciendo que es inteligente pero no es transitiva. Quiero decir que no sale de sí misma al resto de España. No eleva ni impone su clara visión sobre la gran totalidad de la península. Vive reclusa en sí misma, entre los puertos marinos y los puertos serranos, absorta en su localismo, sin trascender de su pequeño dintorno, sin derramarse combatiente y entusiasta sobre la gran anchura de nuestra nación. Esto es lo que yo considero un defecto.

Lo hicisteis al comienzo de nuestra historia, habéis dejado de hacerlo y el hecho es tanto más extraño cuanto que individualmente el asturiano es sobremanera transitivo.

España necesita también de vuestro regionalismo, necesita de esa fuerza aunada a que antes me refería, porque tengo enorme fe en ese regionalismo asturiano, porque estoy seguro de que por anticipado habrá de poder asegurarse que será un regionalismo regulador, quiero decir, el regionalismo ejemplar, pauta exacta para todos los demás, el regionalismo que hay que oponer a aquellos otros sin claridad, lastrados de arcaísmos nacionalistas. Será vuestro regionalismo no del pasado, sino futurista; no de un pueblo que fue, sino de una región que hay que hacer en una nación que hay que hacer. Por lo tanto nada de trajes tradicionales, nada de folklore, nada de bable, nada de gaitas, sino una Asturias posible, y mejor, una Asturias como programa del porvenir, como una iniciante palpitación al fondo de la vida.

Tierra de Asturias, tierra profunda y traspuesta entre la cordillera venid a España. Id a España, combatiendo por vuestro sentido histórico, por vuestro problema, por llevar a la plenitud este admirable ser asturiano. Esto es lo que os pido, cabezas claras de Asturias…”

Copio a la letra los párrafos anteriores, que fueron, por cierto, unánimemente aplaudidos. Conservo el texto taquigráfico del discurso en un periódico de la época.

. . . . . .

En los últimos días, en Navia, viendo lienzos de Álvaro Delgado han tenido en mi particular eco las anteriores palabras de Ortega, que no olvido. Uno y otro son madrileños, castellanos.

No se trata de hacer comparaciones. Lo que interesa a mis fines en este caso es hacer resaltar como cada cual desde su plano intelectivo quiere ser verdadero y auténtico. Van de cara a la verdad aunque sorprenda y duela.

Delgado hizo dos retratos típicos asturianos. De algún modo hay que llamarlos. Un gaitero, Miguel de Andés, y una señorita, Marisa Suárez, ataviada de llanisca.

Este par de cuadros invitan a la meditación. En ninguno de ellos está dispuesto a hacer concesiones al pintoresquismo. De ningún modo. Son, antes que otra cosa, pintura. Pura plástica. Lo que Álvaro quiere realmente hacer. Con lo cual sus obras buscan un valor esencialmente artístico, universal. Y después, de paso, si se quiere, son cosa representativa asturiana. Pero ya en un ulterior término

La belleza de Marisa unida a la belleza de la pintura, por sí sola, son dos bellezas superpuestas, en conjunción. Presentes ambas al mirar el cuadro, no se excluyen, se ayudan para formar, en definitiva, una unidad de hermosura. En este cuadro, de Asturias, sólo se percibe un cierto aroma… Y basta.

Uno, en estos momentos, se acuerda de algunos cuadros de Eugenio Hermoso y Eduardo Chicharro, pongamos por caso. El regionalismo extremeño y el abulense están tan en primer término, tan marcados que las calidades de pintura, si existen, están en situación oscurecida o inalcanzable. Que es lo mismo.

Yo he visto en la I Bienal Hispanoamericana, en Madrid, un cuadro de un pintor asturiano de fama. Puro tipismo. Comedia… Regionalismo absorbente. Ante él no había más remedio que hacerse fuerte para no dejarse arrebatar por el vendaval del sentimentalismo…

. . . . . .

La pintura de Álvaro Delgado es fresca, lozana. Yo me la explico… muy sencillamente. Claro es que yo he hablado con él, a diario el verano pasado y lo que va de este. Y a través de la charla he destilado sus recuerdos y sus ilusiones. Quienes fueron sus maestros y quienes siguen siéndolo. Son admiraciones suyas, decididas, Giotto y Simone Martini, entre los primitivos italianos. Los españoles Zurbarán, Velázquez y Goya. Franceses modernos, Cézanne, el que más, Gauguin, Dufy… Y Van Gogh, y Modigliani. Y, como no, Picasso.

Delgado es un pintor que no acaba sus cuadros, no los agota, no aprisiona sus seres en una cárcel convencional… a pesar de ser un extraordinario dibujante. Los da por terminados, que no es igual. Espera que el contemplador ponga algo de su parte para perfeccionarlos. En este sentido sugiere… Quiere tender un pasadizo con el que mira. Quiere comunicarse.

Sus figuras tienen un no sé qué de buen tono. Con sus pinceles no hace nada que huela a sastrería ni a casas de modas. Y es que los tipos no están nunca vestidos con trajes de sarao… Ni, en el polo opuesto, cubiertos de harapos. Van como andan por la vida, en traje de diario, en sus afanes y en sus quehaceres. Con lo que se les ve más sueltos y, por consecuencia, más naturales. Más humanos, en fin.

Ocurre, además, que los retratos de Álvaro, al revés de lo que sucede con los de otros pintores, no parece que están hablando. ¿Para qué? Están siempre en su puesto, dentro del marco, calladitos, con gesto de humildad. Pero con empaque digno, ¡siempre! Que son a mi juicio, cualidades de auténtico señorío. No parece que están hablando… Pero hacen hablar a quien los ve. ¡Que es lo grande!

Todo esto me hace sospechar que Delgado se dirige a la “inmensa minoría” que dijo Juan Ramón. Y no a la “galería” ni al turista paparote de viaje de luna de miel… Son sus lienzos cosa de la época, del día, pese a quien pese. Respiran aires del siglo XX. Y, mirando al futuro, se puede decir que son ambiciosos. Van bonitamente buscando un acomodo en la historia, quien, en definitiva, dirá lo que haga al caso.

Brindis

Hacia la ría del Eo

Publicado en: Hacia la ría del Eo (1957); (Leído en la cena homenaje que se dio a Delgado en el Hotel Mercedes el 8 de octubre de 1955)

Acuarelas de Álvaro Delgado, en vuestro honor levanto mi copa, brindo por vosotras.

Pero esto, más que brindis, es una despedida. Os vais. Vuestro padrecito Álvaro os embalará con cuidado y os iréis a Madrid. Y de Madrid, Dios sabe a dónde… Saldréis pronto, antes de lo que yo quisiera. Os cogí cariño. Al saber vuestra ida, no lo puedo evitar, me pongo triste…

Ya he dicho quién es vuestro padre. Y vuestra madre… vuestra madre… es Navia. Sois hijas de los desposorios de un artista con una villa asturiana.

Debo ser sincero y hablar claro. Os parecéis más a vuestra madre que a vuestro padre. De éste acreditáis el pulso firme, sereno y resuelto. Pero, de ella, sois su vivo retrato. Tenéis la faz sonriente, llena de hermosura y encanto. A donde quiera que vayáis, iréis pregonando su belleza.

Vuestra madre, como yo, tendrá pena. Las madres siempre sienten la ausencia de sus hijas. Pero este sentimiento, ese dolor, tiene una compensación íntima muy honda. Es el orgullo de saber que fueron fecundas, que alumbraron seres, que regalaron vida…

Sois muchas hermanas, fruto de un solo verano. Todas diferentes y, sin embargo, ¡qué parecidas!. Unas tiráis a verde aceitunado, otras a rosa, otras a azul… Pero en cualquier caso sois transparentes y brillantes. Parecéis novias en la mañana de su boda. Cuando se recibe el último beso que se da a la pureza y, a veces, a la inocencia…

¡Oh, playa de Navia, con tus casetitas a rayas de colores! Te vas y te quedas. Te quedas para sufrir, en invierno, los chubascos y los cierzos crueles del Cantábrico. Y te vas, porque Álvaro te lleva con encajes de la ola rota y espíritu de verano.

¡Quién fuera mujer! y tuviera una edad “curiosa”. Si yo lo fuera, me iría a la playa que pintó Álvaro. Me tumbaría en la arena y miraría, anhelante, el horizonte, por donde vendría, de fijo un barco con las blancas velas desplegadas.

Y el barco velero ¿qué traería? ¡qué iba a traer! En ese barco de vela vendría… mi amor…

Álvaro Delgado y yo, en Luarca

Eco de Luarca, Hacia la ría del Eo

Publicado en: Eco de Luarca. 14-10-1956; Hacia la ría del Eo (1957)

Yo no soy contrario a la idea del turismo, de ver pueblos. Me parece bien. Y, sin embargo, a veces nos gastamos los dineros en ver lo extraño y no conocemos lo propio. Esto es más frecuente de lo que parece.

Yo, que he vivido siempre relativamente cerca de Luarca, no la conocía. O por lo menos tenía de ella una idea parcial, equivocada. Ahora comprendo que Luarca está muy bien.

Hace días que la he visto viajero con Álvaro Delgado. Los dos estábamos especialmente invitados por Pablo Gutiérrez. Uno y otro me fueron, poco a poco, desvelando las bellezas de Luarca. Álvaro, con agudeza de artista. Y Pablo, con amor de hijo.

Delgado, joven y notable pintor ya, ha cogido en dos veranos, especial cariño a la zona asturiana que comienza en Luarca y va hasta Galicia. Y se mueve con enorme curiosidad pintando aquí y allá.

En este nuestro viaje no iba con la idea de pintar. Pero llevaba su máquina fotográfica, instrumento que domina. Y con él se muestra tan artista como de costumbre… Ya conocía Luarca en buena parte. De ella, el año pasado, pintó acuarelas. Y este, óleos.

Pinta, sobre todo, pueblos marinos. El mar le encanta. Peñas, barcas, puertos, aguas, cielo… Todo eso que forma la rugosa línea divisoria entre océano y continente. O, si se prefiere, la línea de combate entre lo sólido y lo líquido…

Vimos Luarca en una mañana deliciosa de comienzos de otoño. El sol más amarillo que de ordinario rociaba las cosas de mar y tierra, las cuales, a su vez, estaban bañadas por finísimos azules. El día era claro con nubes blancas, pero con el barómetro bajo. Había que ver aquello con el temor de que el turbón lo malograse. Con mirada acuciante…

El aspecto de Luarca en un día así, desde el Faro, tiene difícil paragón. El mar batía las rocas de la costa un poco así como de jugueteo…

 ¡Y el camposanto! Yo no sé cómo explicarlo. Lo que en otros pueblos impone cierto pavor, en Luarca no. Al contrario. Instantáneamente uno piensa que en sitios así la muerte puede tener un destello de ilusión…

Desde las alturas, o mejor dicho, subiendo a ellas, por la Carril, o así, se ven las pizarras renegridas de las casas del muelle. Y, sobre ellas, el musgo y el culantrillo. Las plantas de humedad, de sombra…

Luarca fue en principio un pueblo marinero. Basta verlo. Y lo sigue siendo. Claro que ahora se desenvuelven, además, otras importantes actividades que son necesarias para la vida. La afición al mar pasa de padres a hijos por razones, para mí, poco claras. La vida del mar es dura, es angustiosa, es, con frecuencia trágica. Pero ningún pueblo pesquero, a pesar de todo, deja de serlo…

Sobre el suelo de los muelles, secando, se veían redes extendidas. Con sus plomos, sus corchos y su color de corteza de pino. Y la brillantez de alguna escama de pescado que se quedó allí pegada… Y olor a pez, a alga, a marisco. Todo fundido.

Delgado me hace ver la playa sombreada por la enorme altura del acantilado. Y, en su pequeñez, el encanto y la intimidad del parque de la villa. Y la Atalaya vista desde el muelle como algo que parece que está a medio camino del cielo…

El río, torcido, parte a Luarca por gala en dos. Sus aguas, como las de la mayoría de los ríos asturianos, son claras, brillantes. Y sus corrientes nerviosas, apresuradas, llevan tras si nuestra mirada embobada por colores tan gratos. Y que resultan de la mezcla del plateado de las aguas con las sienas de los pedruscos. Cuando las aguas escasean, como ahora, sobre alguna de sus piedras hay esa gaviota confianzuda que va… a lo suyo.

En resumen, Luarca me parece un pueblo con solera… Y con un gran predominio de líneas curvas. En las carreteras, en algunas calles, en los muelles, en el río… Uno piensa en los pueblos nuevos con calles tiradas a cordel… tan sosos.

Y con fuertes contrastes. Luz en las alturas y en los muelles…, y sombras espesas en algunas calles. Vida de marineros… y vida de los que no lo son. Calles horizontales… y calles empinadas, algunas con escaleras. Palmeras del trópico… en clima brumoso. Villa baja, al nivel del mar… y villa alta.

  De contrastes. ¡Y qué remedio! 
La villa blanca...
¡Bañada por el río Negro!

Hay algunos pueblos que, por razones turísticas, tienen la teoría de las mujeres hermosas. Luarca no. Luarca tiene la teoría… y la práctica. Al lado de la regla, el ejemplo. Como dijo Balmes.

Yo he oído decir, en muchas ocasiones, que hombre soltero que va a Luarca a vivir, palma. Es decir, que se casa. ¡Bueno! Es lo mejor que puede pasar. La belleza de las mujeres de Luarca tiene la virtud de despertar el sentimiento del amor. Qué bien.

El papel del hombre en este caso no es un mal papel. Se muestra más perfecto en su ser. Más cabal. Da la medida de su género. Fue Quevedo quien dijo: “Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el que halla tal ocasión, y sabio el que la goza…”

Tapia, pintada por Álvaro Delgado

Faro de Tapia, Hacia la ría del Eo

Publicado en: El Faro de Tapia. 7-9-1956; Hacia la ría del Eo (1957)

Yo, por lo que sea, tengo que andar de un lado para otro. En este ajetreo que me traigo he pasado por Tapia cientos, infinitas veces. Y en horas cuando los pueblos deben verse, cuando tienen algo que decir a quien los mira. En los amaneceres y en las caídas de la tarde. En esos momentos la película virgen que llevamos en el alma queda más gratamente impresionada.

Al mediodía los pueblos no despiertan curiosidad ninguna en mí. Los veo abotargados, con pesadez de digestión y somnolencia de siesta. De verdad, no me interesan.

Siempre me ha parecido Tapia, yendo o viniendo, desde la carretera, un pueblo castellano. Un pueblo de meseta metido de rondón en la costa asturiana. Una villa desnuda y limpia. Por su fondo no tiene la escenografía de una loma, una montaña o una arboleda. Solo se ve el horizonte infinito. Y es que en Tapia, para bien o para mal, los árboles no impiden ver el bosque…

Es chocante. En ocasiones pueblos castellanos me han parecido pueblos de costa. Las lejanías me dieron sensación de océano…

Tapia es color o fusión de colores. Principalmente. Los verdes no tienen categoría. En esto se diferencia de casi todos los pueblos asturianos. Verdes los hay, sin duda. Pero yo los veo apagados o, mejor, acoquinados. Otros colores dominan el cotarro. Los grises plateados, sobre todo. Y los azules y, con frecuencia, por las tardes, los dorados y los rosa…

El sol, en Tapia, como en toda esta zona, no puede brillar a cuerpo limpio sino de ralo en ralo. Las nubes se lo impiden. Ha de hacer milagros, casi a diario, para embutir sus rayos por las partes más flojas de las nubes. Y como estas se zarandean por el soplo de las nordesías, esos rayos de sol, si quieren llegar al suelo tienen que andar algo así como de bailoteo…

Es frecuente, y prueba lo que digo, ver, a través de prados, cultivos y hasta en el mar esas carreras de sombras nubosas que huyen… ellas sabrán a donde.

En esta villa, en el verano, el sol sale del mar y muere o, mejor dicho, se acuesta también en el mar. Yo no sé de ningún otro pueblo de por aquí que tenga esta beca. Y esto le obliga a que en las aguas del mismo riele. Unas veces lo hace con buena cara y otras no tanto. Cuando está de buen humor es la consabida ascua de oro. Y cuando no, por no permitírselo nieblas marinas, se le ve apagado, descolorido, con cara de galleta de maría…

El mar espejo de cielo, aproximadamente, a veces cabrillea. Se mueve. Y entonces es cuando se ven en lontananza, cabeceando esas lanchas que van “a todo trapo” como si siguieran a la taulía… En estos días no hay comodidad para el paseo costero. Pero son deliciosas para ver tras una cristalera.

He visto y sufrido en Tapia días crueles, durísimos. De paso, siempre. Fue en invierno. Días con vientos casi de galerna y chubascos fuertes. Las olas del mar, enormes, se parten la crisma contra las peñas. Y una espuma fría helada, cala y envuelve a Tapia de parte a parte. Nubes de plomo, por su color y su peso, amenazan derrumbarse y dejar a uno allí tendido, aniquilado, sin respiro.

Son días, en lo físico, de espanto. Son, seguramente, algo que la Naturaleza impone a los tapiegos como pago de un tributo, para disfrutar, en el verano, esas tardes apacibles, brillantes y con un leve polvillo de oro que se deja ver.

Y, sin embargo, esos días de tormenta no son feos. ¡Qué han de ser! Son algo más que bellos, son fantásticos. Son, quizá, sublimes. Para la vida práctica, para el trabajo, lo reconozco, son, una ganga. Pero…

Pues bien, todas esas situaciones que acabo de enumerar no son estables por su color. Son fugaces, huidizas.

Lo mejor de Tapia, para mí, es su luz. Otros verán otra cosa. No hay inconveniente. Su belleza, la que con gusto le reconozco, que es siempre nueva, sorprendente, se la manda Dios cada día. Le viene del cielo.

En este sentido me da la sensación de ser una primera actriz de ópera que tiene foco, de muchos colores, que la ilumina desde el “paraíso”…

A Álvaro Delgado también le ha llamado mucho la atención la luz de Tapia. Pero a mí me lleva cierta “ventajilla”. Él es pintor, un excelente pintor. Y, claro, le ha entrado un irrefrenable deseo de llevar a sus lienzos esas luces tapiegas. Ya está metido en harina. Tiene tres cuadros listos. Y hará más.

Delgado veranea en las cercanías, en Navia, donde lo pasa muy bien. Eso dice él. Este es el segundo verano que pasa con nosotros. El año pasado pintó acuarelas, principalmente. Y éste, oleos. Recorre nuestra costa, que le encanta, desde Luarca a Castropol de “paquete” en la moto de un común amigo, cuyo nombre me está vedado decir. Pero es igual. Todo el mundo sabe quién es.

Se ha dicho – y se dice – que es muy difícil pintar paisaje en Asturias. Pintar bien, se entiende. Delgado está haciendo denodados esfuerzos para aprisionar los ambientes lumínicos de situaciones tan movedizas. Y creo que está logrando frutos de la mejor calidad. Se explica. Álvaro Delgado no es solo pintor. Es, además, poeta, un gran lírico, y pone en sus lienzos, a través de las hebras de sus pinceles, no solo la pasta colorante, sino también una gracia y un misterio inefables. Esto es, arte. Con lo cual la realidad – y en este caso la realidad es Tapia – queda mejorada en tercio y quinto…

Entrevista a Álvaro Delgado

Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca. 9-10-1955

En la Biblioteca «Carlos Peláez», de Navia, me encuentro de cháchara con Álvaro Delgado, Gran Premio de la Bienal de Arte Mediterráneo. En este local tiene una exposición de la obra pictórica hecha durante el verano y que se compone de óleos, dibujos y acuarelas.

El domingo, día 2 del corriente, Pedro Penzol, dio en la sala, una conferencia sobre “Pintura moderna». Conferencia y exposición fueron un éxito completo. Lo que me dice Álvaro me parece que tiene interés. Lo expongo en forma de entrevista para que lo conozcan los asturianos.

– Dime, Álvaro ¿antes de este año tu conocías Asturias?

– Vine hace año y medio acompañando a Luis Álvarez, dueño de la Galería Velázquez, de Buenos Aires, nacido en Miñagón. Me trajo aquí en febrero o marzo de 1954.

– ¿Por qué viniste a veranear a Asturias, concretamente a Navia?

– En este primer viaje de que te hablo, bajé varias veces a Navia que me pareció hermoso para pintar. Como por otra parte había, hecho estupendos amigos aquí, decidí venir. Esos amigos son José Maria, de Miñagón y Carlos Álvarez, de Andés. Este me buscó casa para alojarme con mi familia y me ofreció el piso de una suya en el barrio de San Roque como sabes, para estudio.

 – En las correrías pictóricas por el occidente astur ¿conociste muchos pueblos?, ¿qué impresión te produjo cada uno de ellos?

– Una de las cosas que más me han divertido del verano han sido las correrías con Justín en su moto. Gracias a él he podido pintar y conocer toda la costa desde Luarca a Vegadeo. En todos los pueblos he encontrado encanto y en todos he pintado algo. Quizás el que más me ha gustado haya sido Castropol. Podría hacerse una extensa obra de paisaje alrededor de la bella ría del Eo. El tan soñado valle de Seares, la ensenada de Vilavedelle, el puerto de Figueras, la playa de Tapia, la entrada de Viavélez, el parque de La Caridad, esa especie de patio que semeja el pueblo de Ortiguera, la ría de Navia que conozco tanto y que tan hermosa me parece, la playa de Frejulfe, Puerto de Vega, la vista del puerto y del pueblo de Luarca desde el cementerio, que me dejó sorprendido, han sido motivos para mis acuarelas y puedo asegurarte que de todos estos lugares guardo recuerdos que posiblemente me empujen a volver a ellos otro año.

– ¿Qué viste bueno o malo en el carácter de los asturianos?

– De bueno, sobre todo, que son cordiales y generosos. Generosos como he visto en pocos lugares, y conste que conozco bastantes. Es cierto que he conocido asturianos que no son así, pero son esa famosa excepción que confirma la regla. Y lo que hay de malo en vosotros no os distingue de los de otras regiones. En todo caso lo gentil es que lo calle.

– Me parece discreto eso… ¿Qué te pareció la exposición, o mejor, la reacción de los espectadores ante ella?

– La exposición no quedó mal. Ten en cuenta su condición de improvisación. Faltan muchos detalles que coadyuvan al lucimiento. Uno de ellos es el de la luz adecuada, otro el de los marcos para las obras, etc., etc. Pese a ello, y dado los elementos de los que disponíamos, le hemos sacado el mayor partido posible. Aspiro a poder dar a este pueblo una muestra más acabada y ambiciosa de mi pintura. El pueblo ha respondido. Sobre todo su curiosidad. No se puede pedir más. El que guste o no ya sabes que obedece a causas más complejas. Lo bueno es que se discuta y sobre todo en un lugar en que una exposición de pintura es cosa rara. Te aseguro que el porcentaje de visitantes dado el número de vecinos de Navia es elevadísimo. Creo que en ninguna exposición madrileña ese porcentaje ha sido tan elevado. Podéis estar contentos de su significación.

Y ya está.

Aparece en este momento Justín con su moto y se lleva a Álvaro. Van hacia Luarca…

SELA

En Navia montó su estudio (veraniego) Álvaro Delgado

La Nueva España

Publicado en: La Nueva España. 7-10-1955

(En él recibió la noticia de haber obtenido el gran premio de la Bienal del Mediterráneo)

En la calle Campoamor, barrio de San Roque de Navia hay una casa bastante vieja que perteneció a una familia de cierta alcurnia en la villa. Tiene en el primer piso, una habitación amplia rematada en galería que da a una huerta hacia el mediodía. Y por el sur, un par de ventanas desde las cuales se ve el mar, la ría, un poco de Mohías y algo de Andés.

En esta casa, concretamente en esta habitación amplia y acogedora asentó sus reales, su estudio, un pintor madrileño y, por supuesto, español, Álvaro Delgado. El local le fue cedido gentilmente por su actual dueño, Carlos Álvarez de Miñagón (Boal) y residente durante años en Buenos Aires.

En tal estudio trabajó este verano – desde el 13 de julio – este laureado pintor. Y en él además, con su esposa Mercedes y su único hijo Alvarito, recibió e hizo tertulia con muchos amigos y admiradores navienses. Mercedes, mujer vasca, sencilla y serena, tuvo siempre a punto para los amigos, el “amarretaco” que cada hora exigía.

Álvaro cayó muy bien en Navia. Supo, luego de su llegada, hacerse grato y llevarse la gente de calle. No tanto por ser artista sino por las cualidades humanas y de simpatía que le adornan. Y es muy joven, apenas treinta y tres años. Pero ya es un señor pintor.

En principio Delgado pensaba veranear, es decir, descansar, o pintar algo por pura distracción. Pero no sucedió así. En el tiempo transcurrido desde su llegada lleva hechos una media docena de oleos, ocho o diez retratos al carbón, grandes y más de cuarenta acuarelas. Y sigue pintando. No se ha ido todavía.

Desde su venida Delgado hizo muy buenas migas con don Justo Álvarez, un señor de Trelles muy picasiano. Este tiene una motocicleta en regular estado. Sobre ella, los dos, se han recorrido todo el occidente astur de ceca a la meca, buscando el paisaje sugerente que mereciera ser pintado. Rincones y vistas de Castropol, Figueras, Viavélez, Ortiguera, Puerto de Vega, Luarca, etcétera, etcétera, están recogidos en límpidas acuarelas. Navia, sin embargo, mereció sus preferencias. En lienzo y en papel quedó reflejada más en espíritu que en cuerpo. Álvaro Delgado no pinta fárragos, pinta quintaesencias.

La junta directiva de la Biblioteca Carlos Peláez, de la villa, dándose cuenta de la calidad excepcional del visitante y para que todo el pueblo pudiera conocer tan refinadas y valiosas obras de arte, invitó a Delgado a hacer una exposición en sus locales. Y él, amablemente, con gran contento accedió a ello.

Cuando la exposición estaba ya casi instalada, se recibió en Navia un telegrama de Egipto. Era del representante del Gobierno español. En él se le decía a Álvaro que en competencia con pintores de excepcional valía de otros países, había obtenido el gran premio de la Bienal de Arte Mediterráneo, que se está celebrando en Alejandría. La noticia que, por otra parte, publicó la prensa nacional, fue recibida con gran satisfacción por el vecindario. Y Álvaro con indudable emoción, pero sin perder el sentido, siguió colgando los cuadros para que los vieran las gentes de Navia y sus contornos.

El domingo día 2 del corriente, a las once y media de la mañana, se abrió la exposición, con gran asistencia de visitantes. Por la tarde, a las seis, don Pedro Penzol, muy conocido en Asturias como experto en arte, dio, en el local de la exposición, una conferencia muy documentada y amenísima sobre “Pintura moderna”. Partiendo del impresionismo nacido en La Escuela de Barbizon, estudió los dos rumbos pictóricos que allí se iniciaron. Por un lado, los preocupados por la forma: Cézanne, Picasso. Y de otro, los afanosos en resaltar el color: Renoir, Dufy. Después de extenderse en sutiles análisis, termina afirmando que Álvaro Delgado tomó de las dos direcciones lo mejor y de más calidad artística. La concurrencia, muy distinguida, de Navia, Luarca, Castropol y otros puntos, lo oyó con mucho respeto y, a su final, le premió con muchos aplausos.

Álvaro Delgado es, en el plano nacional e internacional, un pintor con una personalidad ya hecha, madura, a pesar de su juventud. No es porque, como españoles, lo creamos con pasión patriótica. Pues no. Nos lo han dicho hace un año, desde La Habana, los jurados de la Bienal Hispanoamericana al darle un premio considerable. Nos lo dicen ahora, desde Egipto, al darle el galardón tan codiciado que antes referimos. A su edad es difícil encontrar en la historia de la pintura española casos parecidos. Se pueden mencionar sin que nadie crea que acudimos a la hipérbole, Fortuny y Rosales.

Y, claro está, a Velázquez, que en plena juventud llegó a ser pintor de cámara. Lo sería ya hoy día Álvaro Delgado si hubiera reyes y princesas. Pero no hay.

A no ser que se crea lo que dijo Cervantes: Que en su casa, cada mujer puede considerarse princesa…

Así, sí. ¡Ya hace tiempo que lo es!

ALEJANDRO SELA