El vino de misa

La Semana Vitivinícola

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 10-8-1974

por ALEJANDRO SELA

EL Evangelio de San Mateo dice: “Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando las gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados. Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros de nuevo en el reino de mi Padre”.

Comentando este texto Nácar y Colunga estiman ser este el momento más solemne, de la vida de Jesús.

El vigente Código de Derecho Canónico, promulgado en 1918, dice en su canon 801: “En la Santísima Eucaristía, bajo las especies del pan y vino, está contenido, se ofrece y se consume el mismo Jesucristo Nuestro Señor”.

El Evangelio de San Mateo pertenece a lo que se llama Derecho Divino. El Código Canónico es Derecho de la Iglesia. El primero nadie lo puede modificar. El segundo “lo hace” lícitamente la Iglesia interpretando los textos sagrados.

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En el Concilio Vaticano II se dijo: “La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe – el de la Eucaristía – como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen, consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada; sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él”. (Esta y otras citas que se añadirán están tomadas del libro La Eucaristía, del R. P. Jesús Solano, S. I.)

El P. Eduardo Vitoria, S. I., es el escritor español que trató del vino de misa con más competencia en la revista Razón y Fe. Escribió por primera vez en el año 1907.

Este Padre decía… “en este sencillo estudio, que he emprendido con el único fin de evitar tantos abusos como entiendo que se cometen, unos inocente otros maliciosamente, en asunto tan grave y tan inmediatamente ligado con la honra y culto de Cristo nuestro bien.” Y añadía: “La Esposa de Jesucristo, como, madre bondadosa que es, gusta de que se le expongan con su verdadera fuerza las razones que militan en favor del moderno progreso, para bendecir sus continuos y notables descubrimientos y someterlos gozosa al servicio de Dios Nuestro Señor. A nosotros, sus hijos, nos toca acatar y cumplir los decretos ya dados y estar dispuestos a recibir con humildad sus enseñanzas”.

Si esto lo dijo el padre Vitoria, yo tengo más poderosas razones para decir lo mismo.

Pablo VI, en la encíclica Mysterium Fidei, dice: “Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren, sin duda, un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada y el signo de un alimento espiritual; pero en tanto adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en cuanto contienen una realidad que con razón denominamos antológica. Porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa; y esto no únicamente por el juicio de fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la substancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino las solas especies; bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en su lugar”.

Sigue Pablo VI: “Por ello los Padres tuvieron gran cuidado de advertir a los fieles que al considerar este augustísimo sacramento creyeran no a los sentidos que se fijan en las propiedades del pan y del vino, sino a las palabras de Cristo, que tienen tal fuerza que cambian, transforman, “transelementan” el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre; porque, como más de una vez afirman los mismos Padres la virtud que realiza esto es la misma virtud de Dios omnipotente que al principio del tiempo creó el universo de la nada”.

Cita Pablo VI a San Cirilo de Jerusalén: “Instruido en estas cosas e imbuido de una certísima fe, para la cual aquello que parece pan, no es pan, no obstante la sensación del gusto, sino es el cuerpo de Cristo; y aquello que parece vino no es vino, aunque así lo parezca al gusto, sino la sangre de Cristo”.

El parágrafo 2.º del canon 815 del código, señala: “El vino debe ser natural, de la planta de la vid, y no corrompido”.

El vino que tomamos los seglares y los religiosos fuera de la misa va directamente a los sentidos: gusto, olfato…

El vino de misa, guste o no guste, se toma por razones muy superiores. Es otra cosa.

En la actualidad se celebra la Santa Misa con vino blanco. O con mistela. Ignoro las causas.

En un programa de TVE, Ojos Nuevos, dirigido por el P. Sobrino, S. I., se dijo que el vino de la Ultima Cena era tinto. Otros autores dicen lo mismo.

Parece, me lo parece a mí, que todo lo que hizo Cristo debe ser imitado. Y si no se le imita debe haber una razón muy honda.

Como vimos, el Código Canónico dice que el vino debe ser natural. Yo estimo que ese vino natural puede serlo el tinto con más pureza que ningún otro. La razón la veo en que el vino tinto y el vino blanco difieren substancialmente en cuanto a la forma de su elaboración. El vino tinto – su mosto – fermenta con escobajo, hollejos y pepitas. Y el blanco fermenta sin dichos elementos.

El vino blanco, dicen los técnicos enólogos, se hace así para dar finura y suavidad al paladar, es decir, para satisfacer el gusto.

La mistela no es propiamente vino porque se corta la fermentación del mosto, quedando dulce con azúcar, glucosa y levulosa. Y, además, para que lo sea, debe añadírsele alcohol. No es, no puede ser, vino natural.

Hay otra razón que parece entrar por los ojos. El vino tinto nos lleva inmediatamente a la idea de ser sangre. Literariamente se ha usado siempre la imagen vino tinto-sangre.

Los paños litúrgicos manchados de tinto, en su caso, antes serían reliquia que “suciedad”. Teodoro de Mopsuestia, citado por la Mysterium Fidei, escribió: “Porque el Señor no dijo: Esto es símbolo de mi cuerpo, y esto es símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre”.

El vino de misa debe ser natural. Debe llegar así a las manos del sacerdote. Pero no conviene olvidar lo que dice el canon 814 del Código Canónico: “El sacrosanto sacrificio de la misa debe ofrecerse de pan y de vino, y a éste debe mezclarse una pequeñísima cantidad de agua”.

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A mí nunca me fue posible llegar a conocer la Eucaristía con límites perfilados. Pero encuentro una homilía, La Eucaristía, comunión, de Pablo VI, que contiene unas palabras para mí consoladoras, Son éstas: “La Eucaristía es un gran misterio, incomprensible para la mente; pero podemos comprender al menos el amor que oculta como una llama secreta que nos consume. Podemos meditar sobre la intimidad que Jesús quiere tener con cada uno de nosotros”.

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El vino de misa, sobre todo el dulce, dio o da lugar a lo que podemos llamar picaresca de monaguillo. He aquí un caso tomado de la novela Fray Gerundio de Campazas, del Padre Isla: “Ya tenemos a fray Gerundio en campaña, como toro en plaza, novicio hecho y derecho como el más pintado, sin que ninguno le echase el pie adelante, ni en la puntual asistencia a los ejercicios de comunidad, porque guardaba mucho su coleto; ni en las travesuras que le había pintado el lego, cuando podía hacerlas sin ser cogido en ellas, porque era mañoso, disimulado y de admirable ligereza en las manos y en los pies. No obstante, como no perdía ocasión de correr un panecillo, de encajarse en la manga una ración, y en un santiamén se echaba a pechos un jesús, cuando ayudaba al refitolero a componer el refectorio, llegó a sospecharse que no era tan limpio como parecía. Y así el refitolero como el sacristán le acusaron al maestro de novicios, que cuando fray Gerundio asistía al refectorio o ayudaba a las misas, se acababa el vino de éstas a la mitad de la mañana, y a un volver de cabeza se hallaban vacíos uno o dos jesuses de los que juraría a Dios y a una cruz que ya había llenado; y aunque nunca le habían cogido con el hurto en las manos, pero que por el hilo se sacaba el ovillo, y que en Dios y en conciencia no podía ser otra la lechuza que chupaba el aceite de aquellas lámparas”.

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