Sancho Panza, filósofo de la sensatez

La Semana Vitivinícola

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 19/26-10-1974

por ALEJANDRO SELA

HARÁ unos veinte años llegó a mis manos un libro con este título, Biografía de Sancho Panza. Su autor, Hipólito Romero Flores, profesor de Filosofía.

Este libro me entusiasmó. Y lo leo con frecuencia. La personalidad de Sancho Panza aparece estudiada y analizada con aguda y penetrante hondura. Y gran clarividencia.

Sancho, como figura literaria, siempre me interesó mucho. Y es que, en todo, la gente del campo me ha despertado las mejores simpatías. Y en todo tiempo. Sancho era un hombre del campo. Y yo su “compañero”.

En el Quijote se dice que “cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”. O sea – así lo entiendo yo – que es Dios quien hace a los hombres, y no la Universidad ni las escuelas especiales.

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Antes que Romero Flores ya destacó la gran personalidad de Sancho el hispanista francés Jean Camp. Este dijo: “Su corazón es el establo de Belén, donde se apacientan las humildes virtudes de los pobres: confianza, sinceridad, rectitud, adhesión… Jamás ha traicionado a nadie… Su alma es límpida como un estanque de aguas claras. Sus ojos son los de un niño. Sus miradas no han sido mancilladas por nada”.

Romero Flores, con habilidad y conocimiento, nos lleva a la creencia de que Sancho es el filósofo de la sensatez: “Sancho por sus pensares, sus decires y sus haceres es un filósofo; un pequeño filósofo, si se quiere; mas en todo caso un hombre de pensamiento agudo que interpreta debidamente su mundo interior y el mundo que le rodea, sabiendo y adivinando que este último es su circunstancia y que, por tanto, él no es plenamente él ni puede sentirse tal sino en relación con el contorno o entidad circunstancial que le envuelve… El verdadero Sancho es un hombre de talento natural, inteligente discreción, conducta reflexiva y palabra suasoria”.

Sancho, el buen Sancho, de la paciencia y lealtad, es, por sus decires y sus haceres, el filósofo nuestro, nacional, con acentuada referencia al orden moral, que ha sido siempre el aspecto más insistente de lo que llamamos filosofía española. Es, sencillamente, el honrado e inteligente hombre del pueblo… En suma, él piensa en cada momento la cosa en orden a la circunstancia, la cual impone su dominio e impera, más que colabora, sobre el propio yo.

Don Quijote también le llama filósofo en algún momento: “Muy filósofo estás, Sancho; muy a lo discreto hablas”.

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Pues bien, este filósofo era un estupendo bebedor de “lo caro”. Así se llamaba al vino en la literatura del tiempo. Y, además, bebedor de bota o de zaque.

Rastreando el Quijote encontramos las diversas veces que Sancho bebía. Al iniciar el primer viaje con su amo “iba sobre su jumento como un patriarca con sus alforjas y bota…”.

Así “de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga”. E iba ”menudeando tragos”.

“Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla más flaca que la noche antes y afligiosele el corazón por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta.”

En sus andaduras Don Quijote y Sancho se encontraron unos cabreros que les obsequiaron. “Sentose Don Quijote y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno”. En la tertulia que formaron “no estaba ocioso el cuerno, que andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto”. Y poco después Sancho, asimismo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, por enfriarse el vino, le tenían colgado de un alcornoque.

Yendo y viniendo días se encontraron el caballero y el escudero con otro par de su oficio. “Resultaron ser el Caballero del Bosque y su escudero. Era de noche. Los dos escuderos aparte de sus amos dialogaban, pero por la sequedad se les pegaba la lengua. Y el escudero del Bosque dijo: “Yo traigo un despertador pendiente del arzón de mi caballo que es tal como bueno”. Y levantándose, volvió de a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara.

– ¿Y esto trae vuestra merced consigo? -, dijo Sancho.

– Pues ¿qué pensaba? – respondió el otro -. ¿Soy yo por ventura algún escudero de agua y lana?

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Sancho se muestra experto en vinos y se da cuenta de que el de la bota del Bosque:

– ¿Es de Ciudad Real?

– ¡Bravo mojón! – contestó el del Bosque -. En verdad que no de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.

– A mí con eso – dijo Sancho -. No toméis menos sino, se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que dándome otro cualquiera a oler, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció La Mancha.

Cuando Sancho llegó a ser gobernador dictó una ordenanza para que pudiese meter en ella – en la ínsula – vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama y el que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.

Sin embargo, después de haber sido gobernador, arrepentido, Sancho dijo: “Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar viñas que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos”.

Otras citas podríamos añadir. Pero para nuestro objeto basta lo dicho.

Romero Flores dice: “Hay que vivir, amigos, pues, sin vivir no se puede beber el vino agridulce de los ensueños. La alegría está embotellada y unas veces tiene color de solera pálida, y otras de rojo sangre de toro”.

A. S.

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