José María

Inédito

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Una madre tenía un hijo que se llamaba José María. Un día le dijo:

– Hijo mío, vete a la feria y compra un burro de orejas afiladas. 

Y José María se fue. Al llegar a la feria preguntó si alguien vendía un burro de orejas afiladas. Un hombre se le acercó y le dijo que tenía uno en esas condiciones y que lo vendía. Concertaron el trato. Pero, en realidad, no era un burro, era una liebre, José María era tan inocente que no sabía distinguir bien. El vendedor le dijo, como advertencia: 

– Si lo echas en el monte, irá para el prado, si lo echas en el prado, irá para el monte 

– Comprendido. 

Y José María se fue hacia su casa, pero antes de llegar dejó el burro de orejas afiladas en el prado. Al llegar, su madre le preguntó:

– Compraste el burro de orejas afiladas.

– Sí, madre.

– Y donde está.

– Lo dejé en el prado. 

– Ah, tonto, se te habrá escapado. Vete a buscarlo. Si lo encuentras, bien, tráelo. Si se fue del monte lo buscas y dices: Buscarás y no hallarás, buscarás y no hallarás… 

Ocurrió lo último. José María iba por el monte diciendo: Buscarás y no hallarás, buscarás y no hallarás. Y se encontró un hombre que pescaba en un río. Este se enfadó y le dio una paliza.

– Eso no se dice sabes.

– Pues cómo he de decir, mi señor, para encontrar el burro de orejas afiladas.

– Veinticinco en una cambada, veinticinco en una cambada… 

Y esto iba diciendo por el camino y se encontró con un entierro. A uno de los familiares del muerto le pareció mal la frase que decía José María y le dio unos palos. 

– Pues cómo he de decir… 

– Paternóster por su alma, paternóster por su alma… 

Y siguió andando. Y se encontró con una boda. Al novio le pareció mal lo que el hombre decía: Paternóster por su alma… y le dio otra camada de palos.

– Pues cómo he de decir, mi señor.

– Duerma con ella quien la lleva, duerma con ella quien la lleva… 

Y así decía y se encontró con un hombre que llevaba una cerda al reproductor, Naturalmente, a este hombre le pareció mal lo que oía. Y lo dio una paliza más a José Maria.

– Pues cómo he de decir, mi señor.

– Buenas tajadas coma de ella, buenas tajadas coma de ella… 

Siguió camino y se encontró con un hombre acurrucado detrás de unas zarzas haciendo algo muy personal que es excusado decir. 

Y José María iba diciendo lo que se le había mandado: Buenas tajadas coma de ella, buenas tajadas coma de ella. La paliza en este caso fue de aúpa.

– Pues cómo he de decir, mi señor.

– Que la corriente del rio que la lleve, que la corriente del rio que la lleve. 

Y se encontró un hombre enfadado. Acababa de echar ceniza en un prado para abonar. Y el río, crecido, se la llevaba toda. Nueva paliza.

– Pues cómo he de decir, mi señor.

– Que seco se le vea, que seco se le vea… 

Y se encontró un hombre haciendo algo muy personal, de pie, de cara a una pared y de espaldas al campo.

Y José María iba diciendo:  Que seco se le vea, que seco se le vea, que seco se le vea…

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