Los vinos gallegos

La Semana Vitivinícola, Vino, amor y literatura

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 29-5-1971; Vino, Amor y Literatura (1971)

por ALEJANDRO SELA

Perito Agrícola. Juez Comarcal de Castropol

EN los primeros días de junio del pasado año de 1970, me pareció conveniente ir a la Feria del Campo, en Madrid. En ella había mucho que “ver”. Me refiero a vinos. Pero, a la vuelta, me detuve en Medina del Campo, Rueda, Pozáldez, Matapozuelos y La Seca (Valladolid) y en La Bañeza (León). Cuando se prueban los vinos de estos lugares se puede ir por otros pueblos de España con la cabeza muy alta. Resisten con el máximo decoro cualquier comparación.

Cuando salía de La Bañeza resuelvo irme a Galicia para respirar sus aires, beber sus vinos y ver sus mujeres. Y lo logro.

Entro en Galicia por El Barco de Valdeorras. Y me detengo especialmente en La Rúa Petin. Y empiezo a asombrarme. La cooperativa vinícola de La Rúa es fenomenal. Por todo. Y el personal encargado de ella me recibe con los brazos abiertos a la cordialidad. Y me da a probar su blanco y su tinto. Como llego a la hora del aperitivo entono el estómago. Entro, pues, en Galicia con buen pie.

Desde allí salgo disparado hacia Verín. En esta ruta subo y bajo muchas cuestas con las curvas correspondientes. Y paso por dos pueblos, Viana del Bollo y La Gudiña, que vale la pena ver.

Cuando llego a Verín, después de las tres de la tarde, llevo el apetito desbocado. Y como de lo mejor que tiene Galicia o caldiño, cabrito asado y todo salpicado con un tinto de Monterrey. Salgo de allí, hacia Orense, “bien puesto”. Pero llueve. Cuando se viaja por Galicia y llueve hay que acordarse de Rosalía de Castro.

“Chove miudiño,
miudiño chove
……………………”

Me las arreglo para pasar por Rivadavia y hacer “provisión de vinos”. Más tarde, no mucho, entro por La Cañiza para meterme en otra zona de vinos, El Condado. Y me detengo en Arbo, Sela y Salvatierra. Por allí anda o Miño que nos separa de Portugal. Y más tarde aparezco por Puenteareas, Porriño y Bayona. En este último lugar, ya de noche, duermo. Y muy bien. Duermo en un castillo almenado que hay n’a veiriña d’o mar.

Al amanecer salgo de Bayona. Y el sol, en aquellos momentos, también sale. Y me ilumina con caricias y radiante a través de los pueblos que voy viendo. Y que son Vigo, Redondela, Pontevedra, Combarro, Sanjenjo… Cuando llego a Cambados alguien me dice que está allí el general De Gaulle. Pero no le busco ni me busca… Es difícil que dos hombres orgullosos, cada uno a su estilo, lleguen a encontrarse. Les sucede algo parecido a lo que se dice de las líneas paralelas… En Cambados sólo tuve tiempo para ir a misa – era domingo – a la iglesia parroquial y comprar unas botellas de Albariño. Este vino, con razón, es famoso. El Albariño es una especie de oro embotellado en verde.

Serían las once de la mañana cuando ya me encuentro en Villagarcía y compruebo que es verdad lo que dice la canción “que es puerto de mar”.

Y, a las doce y media, tropiezo en Santiago con mi viejo amigo, el Apóstol. Santiago es, se puede decir, soportador de abrazos. Y, además, allí busco o santo d’os croques, le doy unas cabezadas para adquirir una inteligencia que noto que me falta hace años…

Hacia las dos de la tarde, en Lugo, como “lacón con grelos”.

Los vinos gallegos en general, siendo buenos, para mi gusto son un poco ácidos. La música del país es deliciosa, las mujeres son melosas y el paisaje es de égloga. Sólo hay un negocio posible. Casarse con una gallega y quedarse a vivir allí. Pero conviene saber, según tengo entendido, que para conquistar una gallega no hace falta usar las frases corrientes como “cielo mío”, “vida mía”. Basta manejar con habilidad una sola palabra. ¡Encantiño!

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