Libros del vino

La Semana Vitivinícola

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 16/23-12-1972

Por ALEJANDRO SELA

Estamos dentro del Año Internacional del Libro. Y casi a su final. Yo me creía que este tema, el del libro vinícola, iba a ser tratado por alguien especialmente dotado. Pero no vi nada en la prensa ni en las revistas.

A mí me interesa el conocimiento bibliográfico. Y sospecho que alguien más tenga este interés. Ya que no me es posible hacer un trabajo perfilado, valgan estas notas por lo menos como un recuerdo emocionado.

En España somos pobres en libros vinícolas: Hay pocos. Pero conviene aclarar. Se pueden distinguir dos tipos de libros. Los puramente técnicos y los que están destinados al gran público. Libros técnicos hay. Y algunos buenos. Pero éstos tienen, por fuerza, unas posibilidades de difusión muy limitada. Los compran los estudiantes que quieren hacer profesión del conocimiento del vino. Y alguna gente más.

Pero debe haber otros libros que tengan una difusión en cierto modo ilimitada. Son los que se escriben con un lenguaje común para que se enteren todos aquellos que, sin preparación especial, quieren saber lo que es el vino.

Este, el vino, es algo que llega a todas partes, a los lugares más íntimos de la vida social. Bodas, bautizos, homenajes… Del vino hacen uso los más encopetados intelectuales y los más humildes trabajadores. En ninguna fiesta, religiosa o profana, falta el vino.

Pero la gente, en general, no se entera. Bebe vino por hábito, por costumbre, sin sentir curiosidad por saber de verdad lo que ingiere. Y, claro, no piensa.

Los libros nos ayudan a pensar. No sólo nos traen ideas nuevas, sino que nos sirven para descubrir las propias. El pensamiento, creo yo, es la fuente de todas las venturas.

El libro claro, eficiente, hecho por autores solventes, es algo así como una joya. Se guarda, se mira. Y hasta puede suceder, porque se conserva, que se relea…

Las revistas vinícolas, aun siendo buenas, son necesariamente esclavas de una actualidad que las arrolla. Y el lector de las mismas, por lo que veo, no suele coleccionarlas. La revista es complemento del libro.

A mí me gustaría mucho leer libros monográficos de los variados vinos españoles, libros que trataran la historia, costumbres y folklore de cada región vinícola… Pero no se escriben. Hay, sin embargo, una excepción: Jerez de la Frontera. Jerez y su zona tienen una bibliografía muy interesante. Sentado en una butaca, en la paz de una biblioteca, se puede hacer uno “culto” en vinos jerezanos. Claro que, además, debe tenerse una botella al lado para comprobar… la verdad de las teorías.

Cada provincia vinícola española debiera tener, por lo menos, un par de libros. Cada región debe estar envuelta en un halo cultural vinícola.

Recorriendo nuestros pueblos productores he visto que los profesionales del vino, los agricultores, están dominados por una idea: la comercialización. Lo comprendo, me parece natural. El comercio es vida. Pero también creo que forma parte de esa vida el que la gente sepa de una vez lo que es el vino. En la calle y en los cafés se habla de vinos. Pero no todo el que habla de ellos los conoce. Hay mucho cuento…

Los intelectuales españoles no escriben libros de vinos. Es cierto que en diversas ocasiones pronuncian palabras de simpatía por el líquido elemento. Pero simpatía, sin más, no puede decirse que sea conocimiento. Hace ya años – 1929 – un novelista hizo excepción a esta regla. Joaquín Belda publicó un libro de los vinos españoles. Y particularmente importante.

Ortega y Gasset dijo repetidamente: “Un problema cósmico es el vino”. Es decir, que se dio cuenta de su enjundia. Pero, por lo que sea, no lo estudió.

En los últimos años se editó en Bélgica un libro que se titula “Connaissance du vin”. Esto en sí no tiene nada de particular. Lo que a mí me llama la atención es que su autor Constant Bourquin es… filósofo. Nada menos.

Necesitamos libros monográficos de los grandes vinos españoles. Muchos libros.

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