Justificación

Vino, amor y literatura

Publicado en: Vino, Amor y Literatura (1971)

(Introducción al libro)

Dice Emerson que “todo hombre tiene algo que agradecer, durante su vida, a sus defectos”. Yo, sinceramente, creo que se lo debo todo. Vivo, si así se puede decir, cabalgando en tales defectos. Y no para evitarlos, claro. Sí solamente para suavizarlos.

¿Cualidades? No creo que tenga. Y, si las tuviere, no me ocupo de ellas. Actúan, solas, por cuenta propia. Estas supuestas cualidades mías andan al garete por la vida. ¡Las pobrecillas!

Por culpa de mis defectos no me ha sido posible nunca vivir al ritmo de la corriente que marca la vida social, la sociedad.

En bastantes períodos de mi vida he cultivado la soledad. He vivido como un monje exclaustrado, “a cielo abierto”. Para los que han vivido o viven como yo, el mismo Emerson tiene palabras consoladoras. Son estas: “Si un hombre, debido a defectos de carácter que le impiden vivir en sociedad se ve obligado a retirarse y vivir en soledad y adquirir hábitos para bastarse a sí mismo, obrará de la misma manera que una ostra a quien rompen la concha, es decir, que la compondría con nácar”.

Este es el tercer libro que escribo. El ser escritor, en mí, por lo visto no tiene remedio. ¿Qué busco yo al escribir libros? Me parece que nada. Cuando se estudia y se vive una vida de pensamiento, es fatal. Las ideas que se adquieren y las que se producen en uno mismo se fecundan. Y todo ser fecundado, ya se sabe, no puede retroceder. O revienta uno o se da a luz.

Hay quien estudia y, después, se pasa la vida echando discursos. Otros, como yo, no podemos sermonear. No tenemos oyentes. De aquí que sea inevitable el escribir.

Después de estudiar un tema, a mí me es más fácil escribir un libro que “callármelo”.

En todo caso me muevo por estímulos recogidos en mi infancia. En el Juanito, por ejemplo. ”Juanito – se dice en el libro – era un niño muy aplicado y muy bueno, por lo cual le querían mucho sus padres, sus compañeros y el señor maestro, quien le trataba con mucha distinción y le hacía ocupar los puestos de honor en la clase”. ¿Qué tal? Reconozco que el Juanito marca todavía un ideal en mi vida. No me ha sido posible nunca “ocupar los puestos de honor en la clase”. Pero no pierdo las esperanzas.

“Un grano de audacia en todo es importante cordura”, dice Gracián. Yo, al tratar el tema de los vinos, procedo con cierta audacia. Lo sé. Pero esta audacia, ¿se sale de los límites de la cordura?

Me propongo escribir con un lenguaje “de paseo”. El que resuelva, o se decida leer este libro, verá que mi intención es llamar al pan, pan. Y al vino, vino.

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