Quevedo, poeta del vino

La Semana Vitivinícola, Vino, amor y literatura

Publicado en: La Semana Vitivinícola. 15-8-1970; Vino, Amor y Literatura (1971)

Por ALEJANDRO SELA

Perito Agrícola. Juez Comarcal de Castropol

Envío.- A Don José María de Soroa y Pineda, madrileño como Quevedo y maestro mío en la Moncloa. EL AUTOR

La Torre de Juan Abad es un pueblecillo de La Mancha, abierto, encantador, en la provincia de Ciudad Real. Hace pocos años estuve allí. Entré por la carretera de Montiel y Almedina. Y salí por la de Cózar y Villanueva de los Infantes.

Yo fui a la Torre como peregrino. Admiro a don Francisco de Quevedo como fenomenal amador… de lo que hay que amar.

La Torre de Juan Abad perteneció en su totalidad en censo, en señorío, al ilustre cojo. Lo había heredado de su madre. Y allí solía pasar lo que ahora llamamos vacaciones.

Quevedo, en su poesía, nos explica, en profundidad, lo que ocurre en nuestro espíritu, las reacciones que en este se dan cuando en los avatares de la vida las mujeres le dicen a uno que sí o que no. Y siempre a requerimientos nuestros, claro.

En los últimos tiempos mi admiración por Quevedo, no debilitada en ningún momento, ha subido, si cabe, todavía más. Ahora, para mí, sigue siendo el gran poeta del amor. Y el mejor poeta del vino. No lo dudo.

Quevedo era extraordinariamente inteligente. Y un gran trabajador. Estudiaba mientras comía, en el coche cuando viajaba. Y casi casi se puede decir que estudiaba cuando dormía. Nació en Madrid en el año 1580 y murió en Villanueva de los Infantes en septiembre de 1645.

En su tiempo La Torre tenía viñedos. Ahora también.

Quevedo fue el gran español del humor, de positiva gracia. Y con unan “chispa” profunda y desconcertante.

El vino, como idea, le fluía a la punta de la pluma. Naturalmente.

Él bebía. En una carta al duque de Medinaceli, dice: “…y admirándose de que yo como y bebo…”.

Blanco de sus saetas lo fueron muchas veces los taberneros.

Sueño del Juicio Final.- En este juicio “iba sudando un tabernero de congoja, tanto que, cansado, se dejaba caer a cada paso, y a mí me pareció que le dijo el demonio:

– Harto es que sudéis el agua no nos la vendáis por vino”.

En el mismo Sueño: “En esto dieron con muchos taberneros en el puesto, y fueron acusados de que habían muerto cantidad de sed a traición vendiendo agua por vino. Estos venían confiados de que habían dado a un hospital siempre vino puro para las misas; pero no les valió, ni a los sastres decir que habían vestido jesuses, y así todos fueron despachados como siempre se esperaba”.

En el Alguacil Endemoniado se dice: “Y un aguador que dijo haber vendido agua fría, fue llevado con los taberneros”.

Se refiere a los taberneros de la Torre de Juan Abad:

  Los taberneros de acá
no son nada llovedizos,
y así hallarán antes polvo
que humedades en el vino.

En una jácara se lee:

  Fue tabernero en Sevilla; 
as sedes se lo perdonen
pues midió lluvias morenas
con apellido de aloque.

En otra jácara:

  Porque después de las copas
andan muy bien las espadas,
que con agua fría pendencia
será prudencia de ranas.

El príncipe de Gales viene a España. En su honor se celebra en Madrid una fiesta de toros. Pero hace mal tiempo y llueve:

 Floris, la fiesta pasada
tan rica de caballeros,
si la hicieran taberneros
no saliera más aguada.

En el Sueño del Infierno: “Un demonio le pregunta a Mahoma, que acaba de llegar:

– Picarón -dice-, ¿por qué vedaste el vino a los tuyos?

Y respondió que porque si tras las borracheras que les dije en mi Alcorán les permitiera las del vino, todos fueran borrachos.

En el Buscón Pablo habla de su padre: “Dicen que era de muy buena cepa y, según él bebía, es cosa para creer”.

Astrana Marín refiere que Quevedo dedicó una obrecilla al duque de Osuna, donde “tan elegantemente se canta al vino, a Eros…

He aquí una parte:

  Sobre estos mirtos tiernos
y sobre verde lodo,
beberé recostado
en apacibles ocios.

O bien:

Mezclemos con el vino diligentes
la rosa dedicada a los amores.

Se refiere a Lope de Vega:

 Sus “suavidades (llamaste)
de arrope”, y has acertado
que es mosto dulce, y él hizo
dulce el mosto con su canto.

Felipe IV, de quien era secretario Quevedo, viaja hacia Andalucía. Duermen en la Membrilla “donde el sueño se midió por azumbres, y hubo montería de jarros, donde los gaznates corrieron zorras: hubo pendencias y descuidos de ropas”. En fin, que en el beber se exageró la nota.

Quevedo viaja con mal tiempo: “Fue la lluvia prolija, y yo temía más el vino en el cochero que el agua en el camino”.

En su época, el famoso Juanelo, a modo de ingeniero, trata de subir el agua del Tajo a Toledo. Inventó un artificio. De él decía Quevedo:

  Flamenco dice que fue
 y sorbedor de lo puro;
muy mal con el agua estaba
que en tal trabajo le puso.

Romance:

Besárante como al jarro
borracho bebedor besa.

Otro romance:

Escurrida como azumbre
del vino caro de Yepes.

El vino de Yepes siempre fue famoso. Tirso de Molina lo cita en sus Cigarrales de Toledo.

El doctor Marañón lo daba a sus invitados en su Cigarral de Menores. Yo estuve en Yepes. Su vino es blanco, fresco, muy rico.

  Sed a sed los españoles
aguardaremos al Cid,
que a pie bebemos a Toro
y a caballo a San Martín.

Este San Martín es San Martín de Valdeiglesias, siempre célebre por sus vinos. Otros le llaman simplemente al vino de este pueblo vino del Santo. También lo conozco y vale la pena dar una vuelta por allí.

Otro romance:

  Ribadavia, mi garganta
la tengo ofrecida a ti
por el San Blas de sus secas
sin humedades del Sil.

Otro:

 Yo hablaba, mas no le oía
porque sin duda el jarabe
de Esquivias le habrá subido
a las regiones mentales.

Y otro:

  Cuatro mohosos ojuelos
moradores del cogote
cuyas niñas eran viejas
y cuyo llanto era arrope.

Canción:

Que el vino
y el amor andan en cueros.

Sí. Recuérdese a Cupido.

Otra canción:

Que en lo que toca a besos, comedido,
menos de los que das al jarro pido.

Y otra:

Mira que tan afecta al santo eres 
que a San Martín la sangre beber quieres.

Lira:

 Pensaba yo, cuitado,
que allí había de ser muy regalado
pues los padres teatinos
beben siempre decrépitos los vinos;
y tan buenos a veces
que se pueden beber hasta las heces.

Poema de Los sopones de Salamanca:

  Uva, si quieres subir
a la cabeza después,
hante de pisar los pies
que no hay medrar sin sufrir.

Poema de los borrachos:

  Echando chispas de vino
y con la sed borrascosa,
lanzando en ojos de Yepes
llamas del tinto de Coca,
salen de blanco de Toro
hechos retos de Zamora
venidas de Sahagún
las cubas, que no las hojas.
Mondoñedo, el de Jerez
tras Ganchoso el de Carmona
de su majestad de Baco.
… … … … … … …
sumideros del vino
temed sus tretas
que, apuntando a las tripas,
da en la cabeza.

Sátira a una borracha:

 Mariquilla dio en borracha;
y ya todos en la aldea
han dado ahora en decirla
Mari-cuela.
Que no ha de morir en agua
es el signo de su estrella
que uno a decirlo vino
de Lucena.
… … … … … …  
Nadie la tenga por santa
aunque arrobada la vea;
 que con un “Pedro Ximénez”
se la pega.

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