El monstruo del Meiro dio a luz

Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca. 14-8-1960

Ahora resulta que era hembra

Durante algún tiempo anduve con la mosca detrás de la oreja. ¡Ya me lo parecía a mí! La cuestión del sexo del monstruo del Meiro, el otro año, era un asunto no concreto, impreciso. Ahora, poco a poco, se van desvelando detalles.

Y ahí está a la vista lo último que se sabe. El monstruo de Meiro tiene siete hijos, siete. Este número se ha repetido en diversas constantes históricas y por muy varios motivos. Siete fueron los sabios de Grecia. Siete, los infantes de Lara. Siete, los pecados capitales. Y siete, las tres gracias…

Muy bien. Lo que no se sabe cierto es como los tuvo. Si con huevos, como una gallina. O por gestación interna como la hembra del jabalí, la jabalina. Y, precisamente en esto, está la divergencia de las gentes. Los que aseguran haberlo visto dicen que como no tiene plumas no puede cobijar las crías. En su contra otros opinan que no hace falta tener plumas para poner huevos. Y nos dan como ejemplo la culebra que no tiene plumas y los pone. Yo, francamente, en esto no tengo opinión.

A través del año, durante el invierno, el monstruo de Meiro fue visto muy de tarde en tarde. Algunos, al no verlo, creían que se había ido. Y que, por lo tanto, fue la serpiente de mar del año 1959, ¡Ya, ya!

Ahora, en 1960, vuelve, si es que se fuera. Y no solo, acompañado de su prole. Y, con ella, por las noches sale al campo y da muestras inequívocas de su existencia.

El monstruo, bueno monstrua, puesto que es madre, según datos recogidos dignos de fe, tiene los ojos fosforescentes como si fuera un gran gato. Y los hijos, por su puesto, como si fueran gatitos. Despiden por esos ojos unos conos de luz brillante y potente tal como si estuvieran alimentados por fuertes baterías. Lo cierto es que al deambular por los sembrados y por los montes esos conos de luz se entrecruzan y forman la más fantástica iluminación. Y que desconcierta por el pánico que impone, a los más, audaces contempladores.

Estas apariciones nocturnas son sin duda trascendentes y fecundas en consecuencia. Por ejemplo, en los lugares de las cercanías desde las nuevas apariciones ya no se corteja. En los pueblos del campo, los novios iban a ver a sus novias de noche, después del trabajo. Y es que, con diversos pretextos, el verdadero se lo callan, se quedan en casa. Y ellas, desesperadas, con los codos apoyados en el alfeizar de las ventanas esperan… lo que no viene. Así es.

¿De qué se alimentan, madre e hijos? No se sabe, la verdad. Hay quien cree que pacen en los prados y que, por consiguiente, son rumiantes como las vacas. Algunos no están de acuerdo y dicen que comen carroña como los negros cuervos. Los ecléticos creen que comen de todo, carne, pescado, yerbas…

En lo que hay más misterio aún es en el saber si tiene órganos adecuados para dar líquidos lácteos. Pero lo cierto es que nadie le levantó la pata para comprobarlo…

No se sabe si duermen, cuando duermen, en cuevas o al cielo abierto, entre los matorrales.

Y no faltan los que quieren organizar batidas de caza para eliminarlos. Pero eso no pasa de ser un modo de hablar. A la hora de la verdad, los habladores se echan atrás. Hay, en el fondo, un cierto temorcillo.

Por otra parte, no se sabe si son útiles a la agricultura o si son dañinos. No hay pruebas concluyentes.

Pero hay más. Puede suceder, y es lo más probable, que se trate de una especie nueva. La naturaleza es muy sabia. Y así como en otras épocas de la historia, o la prehistoria, se extinguieron determinados animales, puede suceder que ahora, para compensar aparezcan seres nuevos, frescos, que den un impulso vital al mundo. Y que, de verdad, buena falta le hace.

Pero hay algo gordo que está por averiguar. Y esto se me ocurre a mí. ¿Quién es el padre de esta distinguida camada de monstruos? Hay que suponer que lo tengan. Lo contrario científicamente no tiene explicación. A no ser que estemos en los albores de una nueva era. Y las cosas hayan de dar un nuevo giro al, por ahor, vigoroso problema de la paternidad.

Sin saber esto hay que andar con cautela, con pies de plomo. En torno a la clarificación del tema que tratamos se puede afirmar que nos queda todavía el rabo por desollar…

Sela

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