Estebanillo González

Dyonysos, Vino, amor y literatura

Publicado en: Dyonysos. Julio/septiembre-1969; Vino, Amor y Literatura (1971)

¿Es novela? ¿Autobiografía? Para nuestro objeto, en el fondo, es igual. La hemos leído para practicar, en ella, la cinegética o caza de “perlas” relativas al vino. Hemos ido a su texto, lápiz en mano, como el cazador va con su escopeta por las quebradas de los caminos y de los montes en pos de la pieza. Y hemos logrado nuestro objetivo. Hay en este libro expresiones y decires, directos o indirectos, que hacen referencia a un modo personal de ver el vino. Pero buenísimas, encantadoras. Y, con frecuencia, sorprendentes.

Comienza así: “Yo, Estebanillo González, hombre de buen humor…”

Eso, buen humor. Es esencial para todo el que habla de vinos una cierta predisposición al optimismo. La seriedad doctoral, la gravedad con continente no es, en este caso, oportuna… Vino y seriedad petulante son, en verdad, incompatibles.

El humor, no hay duda, hace ver con frecuencia aspectos inéditos de la vida. Bergson decía que el humor, el buen humor, es una insurrección contra el envaramiento de ciertos individuos, una sublevación de la vida contra el lado mecánico de las acciones y de los pensamientos. Por su parte, André Maurois, opinaba que el humor “deshincha” ciertas formas de lo serio que nos oprimen, tranquilizándonos al quitarles su importancia. A Proust la comedia humana le fascinaba y le divertía.

En Francia hay muchas Cofradías para reunirse y tomar el vino con humor. Y, en España, entre otros, existe el Serenísimo Capítulo de Caballeros del Vino, con “jurisdicción” en Barcelona. En el artículo 15 de sus Estatutos se habla de los fines y espíritu jocoso del Capítulo.

Del humor se han servido, en sentido general, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Pío Baroja, K. Hito, Julio Camba, Galindo, Miquelarena…

Volvamos a Estebanillo. En el prólogo, en verso, hay varias estrofas vinosas. Copiemos una. Dice que él es

Mosquito de todos vinos
mono de todas tabernas
raposa de las cantinas
cuervo de todas las mesas.

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Entró en la tienda un valiente cuyos mostachos unas veces le servían de daga de ganchos, y otras de puntales de los ojos y siempre de esponjas de vino.

Los bigotes, ¡esponjas de vino!

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Visitaba infinitas veces a un convento que está muy cercano, de padres capuchinos, por razón de que me ponían a bien con Cristo con lindas tazas de Jesús llenas de vino y con muy espléndida pitanza.

Jesús. – Vaso de vino. Antiguamente había unos vasos que llevaban en el fondo, por dentro, la inscripción IHS. El bebedor cogía el vaso lleno de vino y pronunciaba la frase de ritual: «Hasta verte, Jesús mío». Y cuando el vaso quedaba vacío, después de apurarlo, se leía en lo alto lo dicho: IHS.

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 Alentéme cuanto pude, sirviendo de antídoto para volver en mí, el ser asistido de dicho capitán con animados sorbos de vi no y tragos de malvasía; que tengo por cosa asentada que estos licores me volvieron a mi primer ser; y que si después de muerto y engullido en la fosa con un cañuto o embudo me los echasen por su acostumbrado conducto, me tornaran el alma al cuerpo y se levantaría mi cadáver a ser esponja de pipas y mosquito de tinajas.

¿Qué tal? Se ve aquí una idea fenomenal de la fuerza y vitalidad del vino: resucitar a un muerto. Y dicho con humor, donosura y profundidad. Esta es, a mi juicio una “perla” de la mejor calidad.

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Y para informarme de qué tierra era, dónde nos mandaban ir, lo convidé a beber dos frascos de vino en una ermita del trago.

He aquí un nombre bien expresivo para bautizar una taberna. Ermita del trago.

Yo, por andar bien aforrado de paño y vino de Pedro Ximénez, no necesité de este santo milagro, y cuando acaso necesitara, por no echar sobre mi cuerpo la cosa que más aborrezco, que es el arrastrado y sucio elemento del agua, me quedara hecho otro Lázaro leproso. Si este divino santo convirtiera este milagro en el de la boda de Architriclino, y volviera aquel agua del puerto de Fanfino en vino de San Martín, te aseguro que dejara de seguir las galeras y que, dejando el mundo, me retirara a este sagrado a hacer penitencia de mis pecados en el húmedo yermo de su bodega o cantina.

Estebanillo, bebedor de vinos, siente profundo desprecio “por el arrastrado y sucio elemento del agua”.

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Encontré en la calle a un jornalero matante, que, por haber gastado con él algunas tripas del baúl, se había hecho amigo, y lo era de taza de vino y de los que ahora se usan.

Amigo de taza de vino: el que lo es sólo por el interés.

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Recibiéronme mis hermanas muy tibiamente, mirándome las dos con cara de probar vinagre… Tenía con ellas mil encuentros y rebates cada día, particularmente porque me aguaban el vino, bebiéndolo ellas puro.

Llegó el rompimiento a tal extremo, que no viendo en su boca enmienda, me resolví a que oliese la casa a hombre, echando el bodegón por las ventanas; y una tarde que me dieron una folleta de vino bebí de él, bautizado en una vecina fuente, estando la mesa con la vianda, y todos sentados a ella; dándole a la mayor con los platos, y a la menor con el frasco, y echando a rodar la mesa las dejé a las dos descalabradas, y yo me volví a mi hospital de Nápoles, donde haciendo la gata muerta y dando por disculpa de mi ausencia cuatro mil enredos…

¿Qué es eso? ¿Darle a Estebanillo vino con agua? Esto no lo perdona él ni a sus hermanas. Y armó una trapatiesta. Pero antes resolvió “que oliera la casa a hombre”.

Folleta: medida equivalente a un cuartillo.

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Diéronme los reverendos frailes limosna de potaje y caridad de vino, piedad que en ellos hallan todos los pasajeros.

Comimos al mediodía un gazpacho que me resfrió las tripas, y a la noche un ajo blanco que me encalabrinó las entrañas, y lo que más sentí que teníamos un pollito por repostería, el cual, debajo de los reposteros de dos pellejos lamidos, nos guardaba y conservaba dos botijas, cuyo licor, no siendo ondas de Ribadavia, eran olas del Betis.

Yo creo que ondas de Ribadavia quiere decir vino. Y olas del Betis, agua.

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En el poco tiempo que duró esta embarcación, no eché de menos La Mancha, pues por ser agudos mis camaradas y haberse todos mareado, fue mi barriga caldero de torreznos y candiota de vino.

Candiota.- Cuba de barro para vino.

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Y acordándome de lo bien que lo pasaba con mis tajadas de raya y colanas de vino.

Colanas.- Tragos, trinquis.

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Vuestra Reverencia advierta, pues es tan docto, que no hay mandamiento ni precepto divino que diga: “no comerás ni beberás”; y así, pues no voy contra lo que Dios ha ordenado, Vuestra Paternidad trate de que se me dé de comer y de beber.

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Medio pote de vino para cada plato y seis botas de respeto.

Pote.- Vaso de barro alto para beber.

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Señor mío, eso es añadir penas a penas; salir yo de la penas de la prisión, y darme a beber en taza penada, es querer car conmigo en la sepultura; vuesa merced me traiga una taza de descanso, y seremos buenos amigos.

Díjome que no había taza tan grande como a él le parecía que yo había menester; a lo cual respondí:

Tráigame un caldero de hacer colada, y cuando no venga lleno, suelo tiene.

Taza penada.-Vasija muy estrecha de boca. En ella sólo se podía beber muy lentamente.

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Yo iba tan herido de las estocadas del vino que ni conocí los que me llevaban preso ni supe si la cárcel era cárcel, mesón o taberna.

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Desbautizábase él en ver que yo visitaba por instantes la pipa de vino, que a la de cerveza siempre le guardé respeto, porque me pareció orines de rocín con tercianas…

Esto, si no es una estocada a la cerveza es, por lo menos, una puya.

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Diéronme por cárcel una taberna, que era lo que la mona quería…

Pedí de beber para echar abajo toda melancolía; a pocos lances y buenos me reventaban los ojos de alegría y la barriga de vino, y me echaba de la oseta.

Oseta.- En lenguaje de germanía hablar recio, jurando, y tal.

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Y sin reparar en digestiones de estómago, comió como leproso y bebió como hidrópico.

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Yo, escarmentado del trato de tales damas, y no en cabeza ajena, sino en la mía propia, me quise excusar, por estimar más morir gustando vinos de tabernas que vivir probando acíbares de celos.

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Llevando para el matalotaje del largo camino veinte frascos de vino y veinte sardinas saladas y diez panecillos bizcochados y otras menudencias de regalos de dulces, para quitar el amargor de la boca después de las grandes polvaredas…

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Asáronme las sardinas, ya sólo el olor que daban estando en las brasas, me bebí media docena de tazas de vino, y después, al sabor, dieciocho.

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Fuimos a visitar la taberna del blanco y tinto, aunque mis visitas eran tan cortas, que allí me salía el Sol y allí me hallaba la Luna.

Es decir, parece claro, que allí se pasaba el día entero.

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Estebanillo, si quieres vivir, no bebas (que era lo mismo que decirme: cáete muerto); y el vino que hasta aquí has despeñado por los conductos de la garganta es menester que salga alambicado por todo el cuerpo, en agua convertido.

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Coheché de tal manera al huésped, que apenas había dado fin a una cantimplora llena de clarete y nieve, cuando ya estaba otra apercibida y puesta a enfriar.

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Y entrándome en una posada, me trajeron un bizcocho y una azumbre de los de Ribadavia, el cual por ser mi paisano, me sosegó, la tormenta de la barriga.

. . . . . .Y, así, podríamos seguir tomando notas.

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