Cada ocho días, doce horas de felicidad (cuento)

Caza y Pesca

Publicado en: Caza y Pesca. Enero-1944

Iba solo, en «bici», siempre solo… Los domingos, su segunda «misa» oíala en los caminos de sirga del río Porcia, cuyas márgenes eran testigos de sus hazañas y heroicidades, de sus trascendentales luchas y forcejeos pescando truchas, su gran pasión. Subjetivamente, caña en mano, era enemigo de las truchas, con las cuales luchaba a brazo partido para vencerlas y conseguirlas. ¡Ah! pero objetivamente era su gran defensor y valedor. Su quijotismo era auténtico, y lo ponía a prueba cuando encontraba por las riberas de los ríos esos pescadores innobles y despreciables que apelan a procedimientos de pesca ilegales. «La caña es la única arma lícita de combate – decía -; lo otro es cobardía y traición». Más de una vez tuvo que defenderse como hombre, porque sus argumentos no convencían al pescador furtivo que hallaba a su paso.

Hablar de truchas con Villapena – tal era su nombre – era sacarlo del límite de la vulgaridad cotidiana y colocarlo en el coto de la conversación escogida y selecta. Si así se puede decir; Villapena, cuando hablaba de truchas estaba como pez en el agua. «Estando yo un día en el  puente de la Veguía, lancé el aparejo…» «En un pozo de Sueiro; nunca se me olvidará, un día luché hora y media…» Así comenzaba, y así, absorbía rápidamente la atención de quien le oyere, porque hablaba con pericia y amenidad.

Los sábados por la tarde, Villapena era un haz de nervios puesto en actividad. Subía y bajaba las escaleras de su casa, revolvía los cajones de la cómoda, donde alojaba sus útiles de pesca, con tal celeridad y estrépito que sólo serían disculpables a una persona en vísperas de boda. Antes de nada consultaba el frailuco barométrico, buscando el tiempo probable del día siguiente; en vista del resultado elegía el color de la tanza que había de utilizar; empataba, elegía anzuelos, acondicionaba el cebo y preparaba la caña. Todo, en fin, estaba en su punto a la hora de acostarse, incluso un «bocado» que su mujer le preparaba amorosamente para que comiera, a la hora oportuna, al borde del río, o la sombra de un castaño o de un aliso.

Acostábase y dormía con la cabeza más llena de ilusiones que niño en noche de Reyes. Soñaba y sentíase feliz en los sueños, porque en ellos siempre, siempre… había logrado sus mejores éxitos de pescador, a pesar de no ser pequeños los que lograba en la realidad.

Con diligencia ponía al acostarse, el despertador en la hora deseada para levantarse; pero siempre le fue innecesario, porque de costumbre se anticipaba en despertar a la hora señalada. Iba a la primera misa – la segunda ya hemos dicho dónde la oía – y tomaba su «burro», su «bici»… En ella acomodaba como podía, el cesto, la caña y el impermeable. Y ponía «proa» hacia el Porcia.

Pedaleaba optimista. Y siempre cortés, daba los buenos días a las lecheras y vendedores de piñas que venían hacia la villa a aquellas horas tan de mañana. En sus soliloquios durante el viaje, repetía eufórico: «¡Hoy seré feliz! ¡Hoy seré feliz!…»; «durante doce horas, por lo menos, no oiré hablar de partes oficiales, ni de cómo va el pleito del vecino, ni a mi mujer decirme, como todos los días a la hora de comer, que la vida está imposible, que ha subido el precio de las patatas y la carne, y que los zapatos del niño, a pesar de ser de suela de cartón, han costado ¡un tesoro! Nada de esto oiré. Definitivamente, al borde del río seré feliz ¡Feliz!»

Así huía Villapena, a todo correr, de la civilización, para refugiarse en la pesca, en el deporte de los antiguos pueblos nómadas e incivilizados.

Al llegar al valle por donde el río discurría, alojaba su «bici» en casa de un amigo, de cualquiera, pues todos los habitantes de las proximidades del río eran sus amigos, y con ellos echaba breves coloquios antes y después de lanzarse al río. Siempre preguntaba si en los últimos días había habido por allí pescadores, y siempre oía las contestaciones más contradictorias: Que no habían visto a nadie en los últimos días – decían unos -; otros, por el contrario, que el río estaba muy pescado, porque eran casi tantos los pescadores que venían por allí, como truchas había. Preguntaba casi mecánicamente, sin gran fe en las respuestas. Por hábito.

Pescaba en los sitios ya estudiados y conocidos de otras veces, escenarios de los éxitos de antaño, porque una de las bases del triunfo del pescador está en el conocimiento previo del río. Por eso temía ir de pesca a ríos desconocidos, y sin embargo, iba, aunque pocas veces, para ampliar posibilidades.

Como cada maestrillo, Villapena tenía su librillo de pesca: ese librillo que algunos pescadores ocultan «finamente» a todo el que se aproxima, para ver cómo se pesca y qué se hace para que las truchas «suban» al cesto. Pero Villapena era noble y no ocultaba sus conocimientos a quien de buena fe aspiraba a obtener el honroso título – según él – de pescador de caña.

Iniciaba sus tareas eligiendo el lado del río que le parecía más conveniente, según la situación del sol, para evitar sombras en el agua; ocultándose con gran cuidado para no ser visto por las truchas, ya que sabía muy bien que trucha que ve figura humana, es durante algún tiempo – el suficiente para que la trucha olvide – rebelde al cebo más tentador. En fin, adoptaba las prescripciones teóricas de los libros y revistas de pesca, algunas veces levemente modificadas por la experiencia y los dictados de su librillo.

Pescaba con excesiva frecuencia palos negruzcos que descansaban en el lecho del río, lo que le irritaba bastante, y, a veces, cuando los palos eran pesados, se le quedaban con el aparejo, o por lo menos con el «cristal», lo que también le irritaba por no tener abundancia en los últimos tiempos de anzuelo tan preciado. Pero todos estos sinsabores se compensaban cuando sabía ciertamente que tenía en el anzuelo un ejemplar «curioso», que se movía veloz dentro del agua en una u otro dirección. Su emoción entonces llegaba al límite, que era algo así como una mezcla de alegría y de temor. Alegría, ante la esperanza de lograrlo, y temor, ante el riesgo de perderlo. Era ése, como de todo pescador, su cénit emotivo. Ponía a contribución entonces su inteligencia, su habilidad y su técnica; pero a veces no le valía, porque las truchas tienen también inteligencia, habilidad y técnica, y en no pequeñas dosis. Y en la lucha entablada, el triunfo era alternativo: unas veces vencía la trucha, desasiéndose del anzuelo y huyendo con velocidad de rayo, y otras, Villapena. Cuando éste perdía, ¡qué decepción!; pero cuando triunfaba, ¡qué satisfacción!

En las presas de los molinos y en las cascadas, lograba Villapena grandes éxitos por ser estos puntos, como no ignora el pescador más lego, lugares casi infalibles de trucha hambrienta. Sin embargo, en los pozos de aguas tranquilas y transparentes, Villapena pasaba de largo, no osaba «tirar» en ellos, aunque viese buenos ejemplares, por no ignorar tampoco que en los pozos se «patina» con lamentable frecuencia.

De tiempo en tiempo daba tregua a sus faenas, cuando encontraba por los prados ribereños algún segador guadañero. Sacaba tabaco y ambos fumaban, adobando el descanso con conversación trivial, aunque amena.

A la hora de comer – nunca hora fija – acomodábase a la sombra del árbol que hallase más a mano, a ser posible en las cercanías de una cristalina fuente, que tanto abundan en las proximidades de los ríos asturianos, y allí comía. ¡Ah!, pero antes de nada vaciaba el cesto en el verde césped y contaba más de una vez las truchas pescadas, y hacía cábalas y conjeturas acerca de sus posibilidades de pesca en la tarde. Al par que comía, maduraba planes y pensaba qué sitios serían los más adecuados para trabajarlos y completar el cesto. Y mientras fumaba el sabroso pitillo que seguía a la comida, repasaba su equipo para tener los repuestos siempre a punto y poder reparar las averías inherentes a la pesca en la mínima cantidad de tiempo.

Ya comido, otra vez al río, sin descanso. A repetir, mejor, a superar, la labor de la mañana; pues, como buen pescador, ansiaba siempre superarse en la perfección de su deporte, no preferido, único.

Y no abandonaba el río hasta que el sol comenzaba a ponerse, retornando a su casa, como suele decirse, «entre luces», más bien de noche que de día, cansado y maltrecho físicamente por la dinámica jornada, pero, no se llame a engaño quien lea, con el espíritu levantado, entusiasta y satisfecho, lleno de íntimo gozo. Y como trofeo, el cesto casi siempre lleno de «arco iris», de los más variados tamaños, que exhibía con mal disimulada modestia, más claro, con orgullo, a sus amigos y familiares al llegar a casa. Siempre le quedaba grabada en la memoria del día una escena, un lance de pesca sobresaliente, con el que edificaba «en sociedad» el más bello poema de agua dulce.

Al calor y en la intimidad del hogar, cenaba con voraz apetito, cual niño que tomara aceite de hígado de bacalao. Y como un niño, se acostaba inmediatamente, y se dormía, rendido, sin prólogos.

Y los ángeles velaban su sueño.

Alejandro Sela

Vilavedelle, octubre 1943.

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