El vino. Bebida del hombre moderno y deportivo

Inédito

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por el Dr. Debuigne 

Comunicación leída, en el mes de mayo de 1968, en IV Congreso Internacional de la Federación de Hermandades Báquicas, en Niza y San Remo. Se publicó en La Semana Vitivinícola, con fecha 19-26 de Octubre de 1968. Con las debidas licencias de la Subdirección de ésta revista valenciana hacemos este respetuoso extracto: 

Dijo Hipócrates: «El vino es cosa apropiada al hombre si, sano o enfermo, lo administra con sabiduría.» 

Símbolo religioso, fuente de inspiración artística, alimento precioso de múltiples virtudes, el vino ha ocupado siempre un lugar destacado en la alimentación humana. 

He aquí lo que el Eclesiastés, en su tiempo, dijo: “Ve y come de buena gana tu pan y bebe con alegría tu vino”. Hoy, más que nunca, el hombre afectado de la fatiga, el nerviosismo, la angustia de vivir, necesita de esta bebida estimulante, tónica y dispensadora de euforia. 

No es el vino una simple dilución de alcohol en agua. En el vino el alcohol está íntimamente ligado a un complejo vivo. 

Hay que tener en cuenta: no sobrepasar los límites cotidianos generalmente admitidos por los autores y confirmados por los trabajos de laboratorio (si el corazón lo quiere, nada nos impide seguir el sabio consejo de Hipócrates: “Beber hasta la alegría una o dos veces al año”). Estos límites cotidianos son, en general, los aconsejados por el profesor Tremolières en el último congreso sobre el alcoholismo: un litro de vino de 10º para el hombre y tres cuartos de litro para la mujer, tratándose de individuos de buena salud y equilibradamente alimentados, 

El aporte de calorías, variable de un vino a otro, es especialmente apreciable cuando se trata de tonificar a un anciano, un convaleciente o un adulto fatigado. 

Alimento de primera necesidad en otros tiempos, el vino sigue siendo en nuestros días, además de alimento, una bebida indispensable para los organismos maltratados por la vida actual, puesto que da el tono necesario para resistir a las agresiones de todas clases. 

No es por azar que la sabia naturaleza ha previsto el poner en el vino precisamente las vitaminas que permitan luchar contra la fatiga, esta plaga del siglo en que se supone que la máquina está llamada a realizar el trabajo del hombre… 

La vitamina C, cuya acción es innegable sobre el tono vital, la resistencia a la fatiga y la buena forma física. Por lo cual el deportista consume de dos a tres veces más vitamina C que un individuo sedentario. 

La vitamina B1, produce, por su parte, euforia muscular, atenuación de la fatiga, recuperación más rápida. También está en el vino. Lavollay y Sevestre atribuyen además la acción tonificante del vino a su contenido en vitamina P. 

Andross ha demostrado que con la vitamina B3, también en el vino, la productividad aumentaba en cierto grupo de obreros.

El tanino contribuye también a la acción tonificante del vino. 

Pero desde siempre, el hombre ha buscado no sólo estimulantes sino también reconfortantes en su sistema de alimentación. El hombre de hoy, ante los problemas que le asaltan, vive a menudo en una atmósfera de angustia deprimente en medio de la cual se debate. Tiene necesidad de tranquilizarse para poder soportar el vivir demasiado bien… viviendo tan mal. Sir Alexander Fleming no olvidaba esta virtud del vino cuando dijo: «La penicilina cura al hombre pero el buen vino le hace feliz». 

No se nota la necesidad de métodos enojosos, de «sillones-relax» especiales y caros. El mejor descanso, la mejor relajación ¿no son los que encontramos en la mesa, en la euforia de los buenos platos y de los buenos vinos? Además, cuando la preocupación y el enervamiento o el cansancio de la vida actual convierten al hombre en el mayor enemigo del hombre, esta euforia hace nacer contactos más calurosos, más comunicativos, y devuelve a la sociedad su verdadera cara, amiga y optimista, que nunca debió perder. 

Excelente estimulante del apetito, el vino pone en condiciones de digerir lo que se ha comido en abundancia. El vino aumenta singularmente la secreción salival y la del jugo gástrico y contiene, además, diastasas análogas a las de nuestros jugos digestivos. Su tanino excita las fibras lisas de todo el aparato digestivo. Gracias a su poder bactericida lucha bien contra las infecciones (colibacilosis, por ejemplo). 

Con la elevación del nivel de vida la ración alimenticia se ha enriquecido notablemente en prótidos nobles de origen animal: carnes, pescados, quesos. El vino realiza, ante todo, una armonía gastronómica perfecta con estos prótidos, más, sobre todo, se ha constatado que ayuda poderosamente a la digestión. 

El vino es, incluso, según Genevois, la única de todas las bebidas que permite una digestión fácil de los prótidos gracias a su acidez tónica y a su débil, presión osmótica. 

Por lo que respeta a los que quieren conservar la línea, dice Debuigne: bastará elegir vinos blancos leves y secos, un poco ácidos, poco alcoholizados, que aportarán pocas calorías y favorecen la diuresis. 

El vino lo definió Pasteur, «la más sana e higiénica de las bebidas». Y que esta bebida amiga del hombre permanece a un precio económico, con relación a las bebidas sintéticas e incluso con el agua del buen Dios, que se encierra en las botellas de agua mineral. 

El vino conviene también al hombre de nuestro tiempo, puesto que acabamos de ver que responde precisamente tanto a sus necesidades como a sus deseos. Y es, de la misma forma, la bebida del deportista. 

Los últimos trabajos de dietética deportiva están de acuerdo sobre el hecho de que la alimentación del atleta debe ser simplemente la alimentación ideal de un hombre ordinario que haya de hacer esfuerzos musculares. 

Si los aperitivos, los digestivos, deben ser excluidos de los menús del atleta, es ridículo condenar al vino al mismo ostracismo, este buen vino que los especialistas del deporte están lejos de prohibir en consumo razonable. 

Así, Boigey, cuyas obras sobre la cura por medio del ejercicio han adquirido autoridad notable declara que «el vino natural es la más loable de las bebidas alcoholizadas, que encierra una maravillosa complejidad de sustancias útiles bien equilibradas e irremplazables.» 

El Dr.Mathieu, médico olímpico, miembro del Comité olímpico francés, declara: «En un sujeto normal, si la cantidad de vino no pasa de medio litro por comida, o sea un litro por día, el alcohol es enteramente quemado por el organismo y el vino es así una excelente bebida alimenticia.» 

Todas las otras bebidas distintas del vino presentan inconvenientes. El consumo habitual de las sodas, aguas gaseadas y con alto porcentaje de mineralización son desaconsejables en dietética deportiva. Los zumos de frutas son quizá mal tolerados (zumos agrios especialmente). La cerveza tiene tendencia a producir pesadez y provoca fenómenos de flatulencia. La sidra tiene una acción laxativa irritante para el intestino y entraña quizá ciertas molestias gástricas. El café y el té en grandes cantidades producen insomnio. No hablemos de la leche, que muchos adultos no toleran, pero que ciertos deportistas se empeñan en beber a la americana, olvidando que la leche es un alimento, no una bebida.

Preciosas sales minerales están presentes en el vino y precisamente bajo la forma de sales orgánicas que es la única forma asimilable. Dos ejemplos. La eliminación de las toxinas de la fatiga exige el azufre. El entrenamiento intensivo exige el hierro. Pues bien, tanto el azufre como el hierro están presentes en el vino… 

Por otra parte, el siquismo del atleta es muy particular. Su voluntad tiende a flaquear ante las pruebas que ha de vencer y lo convierte a menudo en un ser frágil y vulnerable. 

El vino, como bebida tónica y euforizante, es del todo indicada para darle buena moral durante los largos y duros períodos de entrenamiento. 

Observemos de pasada que el deportista – como todo el que trabaja con esfuerzo físico – que produce un alto gasto muscular, tiene una ventilación muscular acelerada que le permite eliminar el alcohol más fácilmente que el sedentario. 

No recomienda Debuigne a los deportistas, sin embargo, los vinos de mucho cuerpo y mucho bouquet. 

Pero – añade – si el vino puede y debe formar parte del régimen habitual de entrenamiento del deportista amante del mismo, debe ser suprimido de la comida que precede a la competición e inmediatamente antes de cualquier ejercicio físico. En efecto, los trabajos del Instituto Regional de Educación Física de Toulouse han demostrado que la ingestión de alcohol antes del esfuerzo es contraria a un proceso fisiológico de adaptación del organismo al ejercicio físico. 

En última instancia, el vino permite todavía a cada uno, deportista o no, a través de la admirable gama de sus variedades, encontrar la calidad que más le cuadra. Así, el inquieto encontrará el «bueno para la salud», el gastrónomo el «bueno para el gusto», el triste el «bueno para la alegría» y el snob el «bueno para alternar».  Concluye el Dr. Debuigne diciendo: Si el vino no existiera, habría que inventarlo...

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