El burro que echaba pesetas

Inédito

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Lo que voy a contar es verdad. Mejor dicho, fue verdad. Para que cada uno pueda situar los hechos en el tiempo, diría que ocurrieron en la época del rey Perico.

Un hombre tenía un burro con una particularidad: echaba pesetas. Así: se le daba un palo en el lomo y salían pesetas. Pero preciso que para que eso ocurriera había que dárselos a comer primero.

Un día lo llevó a la feria para que la gente se fijara en él y le dio un palo donde se dijo. Y salió una peseta de plata, reluciente. Otro palo, y otra peseta.

Los que vieron aquello quedaron admirados. Y para admirar más formaron corro. Un hombre arrogante, con la cartera forrada de billetes se acercó a dueño, y dijo:

– ¿Cuánto vale este burro?

– Nada. No se vende.

– ¿No se vende?

– No hombre, no. Usted comprenderá que con un burro así no hace falta trabajar, que es el ideal de todos los humanos.

– Si no lo vende, ¿por qué lo trajo a la feria?

– Bueno, por tratarse de usted… ¿Cuánto?

– Cien mil reales.

– Traiga la mano.

Y se dieron la mano como símbolo de acuerdo. Y se pactó. Y se fueron a tomar la robla a una taberna cercana.

El comprador cogió el burro del sistriyo y se fue a su pueblo. En el camino, para probar, le dio un palo al animal. Y salió una peseta. El hombre iba contento. Al llegar a casa llamó a su mujer. Y para que viera, le dio un palo al burro. Y salió otra peseta. Marido y mujer se abrazaron. Otro palo al burro y no salió nada. Y otro. Y otro. Cada vez más fuertes. Y nada. Por parecerle que daba golpes suaves, dio uno muy fuerte y el burro cayó redondo, muerto.

– Ya me las pagará este bribón que me engañó. Ahora me voy por el mundo a buscarlo para darle su merecido. Y se fue andando, andando,… Al cabo de los meses vio un hombre muy elegante que iba por un camino. Era el vendedor del burro. Y hacia él se fue como una fiera… Pero el hombre que lo veía llegar con la mano le hizo señas y le dijo:

– ¡Alto! Apártese. Y cogió su sombrero por el ala y le hizo girar media vuelta. Y. ¡asómbrense! Apareció allí delante una mesa grande llena de tartas, pasteles y caramelos.

El hombre que comprara el burro se quedó pasmado. No sabía que decir. Y el otro hombre le invitó a comer. Las confituras, no hace falta que lo diga, estaban riquísimas. Y dijo el del sombrero:

– Si usted pretende comprarme el sombrero, aparte esa idea de la cabeza . No lo vendo y no lo vendo.

– ¿Y por qué no lo vende usted?

– Porque no.

– Pues yo se lo compraría de buena gana. Tengo aquí mismo en una bolsa tres mil ducados. Hombre, decídase usted. A mi mujer le gusta mucho lo dulce.

– Bueno, por ser a usted se lo daré.

Inmediatamente uno dio el sombrero y el otro los ducados. Y se separaron. El nuevo dueño del sombrero después de bastante andar hacia su casa, tenía hambre y se dijo: “Voy a comer tarta y pasteles”. Y dio media vuelta al sombrero. Funcionaba bien. Durmió una pequeña siesta a la sombra de un nogal y siguió camino. Al llegar a casa su mujer le dio un abrazo de alegría. Y le preguntó:

– ¿Viste al hombre del burro?

– Por favor mujer mía, apártate un poco. Y dio media vuelta al sombrero. La mujer al ver aquello, se le abrieron los ojos un palmo. Y se puso a comer entusiasmada. Daba gusto verla. Y así pasaron varios días comiendo dulces y durmiendo como unos benditos. Pero un día el sombrero, quizá por el uso, se rompió. Y no hubo más tarta ni más pasteles. El hombre se enfadó de verdad y salió de nuevo por el mundo a buscar al engañador. Y anduvo, anduvo… Y lo encontró. Pero, sin que le viera, por la espalda, lo atrapó y lo metió en un saco. Lo ató bien. Cogió el saco al hombro y se fue. Al poco tiempo vio que en el camino había un mesón. Era la hora de comer.

– Mesonero – dijo – tiene usted algo que comer.

– Sí, tengo. Pase.

– Por favor, no tendrá una habitación donde dejar este saco mientras como.

– Sí, señor.

Y pusieron el saco en una habitación que daba al camino.  Tenía una ventana abierta. Al poco tiempo empezó el que estaba en el saco:

– ¡Ay, ay que me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero!

– ¡Ay, ay que me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero!

Acertó a oír esto un hombre que pasaba por el camino y, curioso, se acercó a la ventana. ¿Qué decía usted?

– Mire usted, buen hombre, decía desde dentro del saco, que me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero.

– ¡Ay, me caso yo! Salga de ahí para ponerme yo. Usted después cierre el saco, ¿quiere?

– Sí, señor, sí.

Y dicho y hecho. El hombre salió del saco y el otro se metió. El vendedor del burro y del sombrero saltó por la ventana y escapó corriendo.

El hombre que había comido un rato después, pago al mesonero, y cogió el saco. Y siguió camino. Pero al cabo de la tarde llegó a un puente alto por debajo del cual pasaba un río muy profundo. Y murmurando en alta dijo:

– Ahora, trapacero, vas a ver lo que es bueno. Desde esta altura voy a tirarte al río. Ya no venderás más burros ni más sombreros. Bien merecido lo tienes.

Pero el nuevo hombre del saco al darse cuenta, empezó a gritar:

– ¡Ay, ay, señor, que yo no fui. Yo no fui.

Pero el hombre no hizo caso y tiró el saco al río.

Pasó el tiempo. Pero un día el comprador del burro y del sombrero vio que venía por el camino una manada de cerdos gordos y coloradotes. Detrás, conduciéndolos venía un hombre. ¿Quién sería? ¿No lo adivináis? Era el vendedor, el que decía que lo querían casar con la hija del rey…

– ¿Cómo? Es que no se ahogó usted dentro del saco, en el río.

– ¡Que va! El río es profundo, es cierto, pero está el fondo lleno de monedas de oro. Yo recogí las que me pareció y con ellas compré estos cerdos. Ahora, ya gordos, voy al mercado para venderlos a buen precio.

– ¿Qué me dice?

– Lo que oye.

– Ahora mismo voy yo al puente para tirarme al río. Cogeré monedas también.

Y se fue. Se tiró. Han pasado ya muchos cientos de años y no se supo más de él. Nadie lo vio. 

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