De Madrid ha venido…

Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca. 24-9-1961

No un barco cargado de… De Madrid ha venido Eduardo Vargas. Para los que le conocemos con esto está dicho todo. Pero para los que no, este “todo” necesita una ligera explicación.

Eduardo Vargas es un auténtico quijote del siglo XX. En lo físico y en lo espiritual. Así, para que nada falte. En lo físico es alto, seco de rostro, avellanado… En lo espiritual es la “monda”. Siempre va, en sus empresas, por los lindes de lo razonable, es decir, por la línea a cuyo, borde está el abismo de la locura. Pero no cae en esta, no hay cuidado… Siempre sabe a donde va, sabe lo que quiere. Para perfilar la idea, para fijar con nitidez su personalidad añadiremos otra idea negativa. Eduardo es todo lo contrario de un “mendrugo”.

Si este hombre da un paso al frente, jamás, con su razón – que es la buena – retrocede. Es un valiente.

Eduardo vino al mundo, prácticamente, en un cesta que navegaba a la deriva en la desembocadura de la ría de Bilbao. Allí lo recogieron los tripulantes de unas boniteras de Portugalete. Y lo pusieron a buen recaudo. Hay precedentes de “nacidos” por el estilo. Moisés, por una parte, Amadís de Gaula, por otra.

Es, además de lo dicho, cazador y pescador. Y, en estos deportes, con una historia larga de contar… Y, por añadidura, con una preparación científica “algo serio”.

Que conste. Eduardo, como auténtico quijote, es un caballero andante enamorado de lo que su corazón ha elegido. De esto no hay más que hablar. Bueno, sí, permitidme citar un poemita de Juan Ramón

¡No la toques ya más,
que así es la rosa!

Eduardo Vargas ha venido a Navia con una misión concreta y noble. Él ha venido a cazar o pescar, lo que sea, el monstruo de Meiro. Y para eso viene muy preparado. ¡Ya o creo! Trajo cañas con sus cucharillas y sus devones. Y escopetas y rifles con sus cartuchos y sus balines. En fin… Él se ha leído libros y más libros. Él sabe.

Para tan ardua y difícil empresa, como buen caballero, ha elegido dos escuderos. Uno, Álvaro Delgado, el otro, yo. Le seremos fieles en sus triunfos. Pero también, si fuera preciso, en la adversidad. Su ánimo esforzado es contagioso. Él tiene fe en sí mismo. Y nosotros tenemos fe en él. Hemos de seguirle siempre, como auténticos lebreles. Por nuestra debilidad no dejará de caer la pieza. ¡Palabra, jefe!

Ya fuimos en una tentativa de entrenamiento a Meiro. Nuestro amo iba con decisión y valentía. Cuando llegamos al borde de un maizal en el cual había un barranco con espesuras de espino blanco y zarzas algo se movía entre estas plantas tan erizadas de espinas. Eduardo disparó un tiro de rifle y dijo con voz de triunfador: ¡Ya cayó el monstruo! Pero se acercó tanto al borde del ribazo que el que verdaderamente cayó fue él. Entretanto, si allí estaba, el monstruo huyó por arte de encantamiento. Álvaro y yo nos acercamos a nuestro amo, es decir, al lugar y lo vimos inmovilizado, como dormido, allá abajo. Para sacarlo nos quitamos los cinturones que sujetan nuestros pantalones y le echamos un “cable”. Se agarró fuerte y, tras no pequeñas dificultades, salió a “flote”. Se restregó los ojos y parecía salir de un profundo sueño.

– Cuéntenos, jefe, al por menor, lo que le ha pasado – dijo el escudero Álvaro.

– Estadme atentos – dijo.

A obra de doce o catorce estados de la profundidad de esta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio que cabe por ella un camión Pegaso. Por ella ofrecióseme a la vista un real y suntuoso palacio. De él salió a recibirme un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada. La barba, canísima, le pasaba, de la cintura. Me di cuenta de que estaba en un lugar encantado y que quien me hablaba era Montesinos. Este me contó cómo había sacado el corazón de su grande amiga Durandarte, y llevándole a la señora Belerna, como se lo mandó al punto de su muerte. Llevóme el anciano al interior del palacio y en él vi tendido un hombre de pura carne y de puros huesos, Montesinos me dijo: “Este es un amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo. Tiénenle aquí encantado Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo”. Hablóme con más detalles. Pero cuando en esto estábamos vi que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco. Díjome Montesinos que toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerna que allí con sus dos señores estaban encantadas.

– Que me maten – le dije yo a Álvaro, compañero escudero, si nuestro amo no cree en los encantos y en los encantamientos. ¿Cómo es posible – añadí al amo – que en tan poco tiempo haya visto cosas tan fantásticas como las que cuenta?

– ¿Cuánto ha que caí? – preguntó.

– Cinco minutos – repuso Álvaro

– Eso no es posible porque allá me anocheció y amaneció, y torno a anochecer y a amanecer tres veces. De modo que, a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas.

Movidos por una tremenda curiosidad quisimos saber más. Pero Álvaro se me adelantó en las preguntas.

– Dígame, nuestro amo, ¿ha notado usted por allá abajo los avances de la ciencia tal como está después de pasada la primera mitad del siglo XX?

Y Vargas contestó. – De eso, nada.- Sin embargo, me di cuenta de que por allí se rendía todavía un gran culto en la poesía, como en el verdadero Siglo de Oro. Lo digo porque vi un edificio con grandes ventanales por los cuales se veían unos hombres graves y sesudos con batas blancas. En el frontis de tal edificio, escrita con letras de oro, había una dolora de Campoamor.

– ¿Y cuál dolora? – inquirió mi compañero.

La dolora decía así

Centro experimental de inseminación
artificial 

SELA

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