El árbol y el monte

De vuelta del Eo, Eco de Luarca

Publicado en: ¿Eco de Luarca. 31-7-1960?; De vuelta del Eo (1960)

Quien haya plantado un árbol y, además, lo haya visto crecer y vivir, sabe lo que es un árbol.

Quien lo haya hecho así, creó un afecto. Más aún, un amor.

Y el amor, ya se sabe, nos encadena y ata.

El amor al árbol es un amor cargado de fidelidades y correspondencias. Sin darnos cuenta vivimos en el árbol. Y el árbol, es claro, vive en nosotros. Hay, de hombre a árbol, y perdóneseme la licencia, una comunión de almas. Que es íntima, gozosa y pura.

Cuando se ama a un árbol vivimos en permanente deseo e inquietud, y en entrañable zozobra. Todo con gran sutilidad. Quisiéramos para él más primaveras y más otoños. Porque, en las primeras, el árbol ríe. Y en los segundos, llora.

En esas dos estaciones es cuando, de verdad, el árbol vive.

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Los árboles en comunidad forman el monte. O, según, el bosque.

Bosque o monte tienen una poderosa fuerza de atracción. En sus enramadas y en sus alturas habita la pajarería. Y en los suelos y en sus covachas las fieras y las alimañas. Arriba, lo alado y vistoso. Abajo, lo temible, lo que tiene nervio y garra.

En cualquier caso, por otra parte, en las espesuras boscosas, hay inagotables misterios, permanentes fluencias de no se sabe qué. Y que atrae tanto a los humanos. Por eso han sido tantos los poetas que los han cantado. Y muchos también los pintores, que los han pintado.

Cuando los árboles conviven sus ramajes se entrecruzan y su follaje se hermana. El sol, desde las alturas, cae sobre la fronda y quiere calar por ella sus rayos. Si lo logra, se proyectan estos en el suelo en forma de manchas amarillas. Hay, en los días soleados, un interior de bosque cargado de resonancias de interior de iglesia o de catedral.

Hay allí, sin duda, una honda espiritualidad.

Cuando los árboles empiezan a cubrirse de hojas, los pájaros eligen la rama en que han de apoyar su hogar de crianza. Que es sólo hogar de primavera. Y en las ramas de la vecindad, más tarde, sus hijos aprenderán a vivir. Es decir, a volar.

El árbol o, si se quiere, el bosque, en el otoño se desviste y queda con sus ramas mondas para pasar la invernada. Y el suelo en esa ocasión está cubierto, unas sobre otras, de las hojas desprendidas. Ellas poco a poco se van pudriendo y pegando a la tierra. Con esta se desposan. Y, en definitiva, con ella se funden. Y, así, un año y otro…

El bosque, cuando los vientos son fuertes, canta. Canta canciones tristes, emocionadas. A veces brama. Es que en él hay dolor. Las ramas se rozan unas con otras, se hieren. O, si acaso, se desgajan.

El monte, en la primavera o en el otoño, es una escuela viva de color que halaga los sentidos. En la primavera apuntan los delicados verdes y amarillos.

Y, en el otoño, las hojas, para morir, recorren una serie de gamas de amarillo. Si el bosque la integran árboles variados hay en toda la estación, una perceptible sinfonía de color. Todo es matiz o, mejor suma de matices.

En definitiva; los bosques alegran el alma, y alma la tenemos todos. Y, como además, en sustancia, son todas iguales, de ahí se sigue que el bosque es para todos un bien. A todos, si somos sensibles, nos penetra y alcanza en la misma medida. A todos nos inunda y baña su indecible encanto, su penetrante poesía.

La vida es buena debido a las suscitaciones que nos vienen de afuera, Suscitaciones que analizamos o no. Las percibimos con la conciencia o no las percibimos. Nuestro espíritu se amilana o se esponja ilusionado. Y muchas veces na sabemos por qué.

Cuando estamos contentos, puede ser debido: o que hemos visto una mujer hermosa, o que hemos contemplado un niño dormido. O, quien sabe, porque hemos pasado por las cercanías de un soto o una arboleda.

Creído esto, no nos sorprende que un poeta y santo quisiera llevar, en efusión de amor, a su Dios, a nuestro Dios

 Al monte o al collado,
do mana el agua pura

Alejandro Sela

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