Un gigante de la espesura. El jabalí que mató «El Tapón»

Caza y Pesca, Hacia la ría del Eo

Publicado en: Caza y Pesca. Febrero-1957; Hacia la ría del Eo (1957)

José Antonio García Pastur, “El Tapón”, es un buen hombre, que vive en Seixas, lugar de sólo cuatro casas, escondido en el monte, entre pinos grandes, en la parroquia de Piñera, concejo de Castropol. Allí nació y allí vivió, salvo quince años – de los treinta y cinco a los cincuenta que estuvo ausente en Baracoa, Isla de Cuba -. Y allí vive… Tiene ahora setenta años. El bueno de “El Tapón”, el 18 de noviembre de 1954 mató de un tiro un jabalí que pesó 133 kilos ¡nada menos!

Yo, por razones que no hacen el caso, me enteré del acontecimiento un poco tarde. Pero siempre creí que este hecho transcendente debía ser divulgado. No creo que haya perdido actualidad. Tiene un indudable valor histórico…

Hace ya tiempo que deseaba acercarme a Seixas, ver a “El Tapón”, buen amigo, y oír de sus propios labios referir la hazaña. Hasta ahora no me fue posible.

Pero antes de seguir hay, que ponerse en clima, en ambiente…

En Castropol y pueblos circunvecinos hay – la hubo siempre, desde que yo tengo memoria – una peña de cazadores esforzados, notables… De niño recuerdo que la formaba don, Sabino, don Felipe, Antón de Riofelle, Fernando y José Manuel Piñeirúa, los hermanos Sanjurjo – Vicente, Pepe y Arturo – “El Tapón” y Pedro da Soma. De ellos viven – y que sea por muchos años – los cuatro últimos.

Yo llegué a tiempo, hace veintitantos años, para ser compañero de tan selectas “escopetas”. Pero sólo por dos temporadas.

Hoy pervive la peña de tanta solera. La integran: “El Tapón”, Félix Piñeirúa, Bustelo, Camilo, los Pedrones – Manuel y Felipe – e Ignacio de Vale. Este último, una buena pieza, pasó una docena de años dedicado al negocio de espumosísima leche en Buenos Aires. Y de allí trajo, en su corazón, recuerdos imborrables….

Los cazaderos más frecuentados por esta gente, en la ribera asturiana de la ría del Eo, son: El Mián, Axelán, Bouza Veya, Arguiol, Xonte y Buscabreiro.

Para ver a “El Tapón” me puse en comunicación con Piñeirúa y Bustelo. Había que andar, desde Vilavedelle, punto de mi partida, sus buenos cinco kilómetros, con una cuesta dura – la subida a Ríocaliente, por el pico de San Marcos – El camino es de maravilla, en buena parte bajo copas de pino…

Desde San Marcos se domina un vasto y encantador panorama: la totalidad de la ría del Eo. La tarde no era clara. Una bruma cenicienta borraba la nitidez en los perfiles de las cosas, Pero, así y todo, era grato ver aquello. Tenía un aspecto, por lo menos, asturianísimo…

Mucho se alegró “El Tapón” al vernos en Seixas, al otro lado de San Marcos, en una hondonada por donde va el río de la Berruga. Nos introdujo en su casa, y, en la sala, pasamos hora y media de charla amenísima. Y entonada con el sabor de un café “canela en rama…” Presente estaba, clavada en tablas, como un estandarte, la piel del jabalí objeto de mis averiguaciones. Era el decorado de la escena…

E! jabalí “cayó” así:  

El referido día 18 de noviembre de 1954 es decir, hace dos años, a las seis de la mañana, salieron a dar una batida Ignacio de Vale, Bustelo, «El Tapón», Piñeirúa y un invitado, Fermín, de Vegadeo. Llevaban sólo un perro, “El Navarro”, mastín de calidad.

Empezaron la cacería en Axelán, hacia las once. Bustelo, el montero, llevaba el can preso. Cuando pasaba por El Mián se dio cuenta que en el camino había pisadas de jabalí, e invitó a “El Navarro” que las siguiera. Este, rapidísimamente, cogió el rastro y se fue, como una bala, siguiéndolo hasta los montes de Arguiol. Allí, en una espesura, estaba el “cocho”. “El Navarro”, con decidido arrojo luchó media hora para sacarlo a campo libre, sin lograrlo. En esto llegó Bustelo seguido de Fermín. Fue necesario hacer unos disparos al aire…

Y el jabalí, sin ser visto, salió. Pero el perro le seguía. A 500 metros, más o menos, en otro intrincado brozal, volvió a hacerse fuerte. Y el perro, encendido, le acometía con denuedo. Piñeirúa, que vigilaba la armada de la Cancela del Castaño, e Ignacio, la del Campo del Chao, se dieron cuenta de lo que pasaba y bajaron al campo de combate… Ante la imposibilidad, por lo enmarañado del paraje, de hacer puntería, dispararon nuevamente al aire. Y el jabalí que “vuela”. Y no se sabía hacia donde…

Desilusión…

“El Tapón” estaba a bastante distancia en la armada del Regueiro da Galia. Hacia la una de la tarde, se sentía aburridísimo. No había oído nada. Estaba muerto de frío, con los pies helados. Pero…, ¡ay, amigo!

En esos momentos tuvo una visión fulgurante, que resultó ser realidad. A unos 25 metros de distancia se le plantó un jabalí “como un caballo”.

¡Pun!

Y de un tiro, que entró por el brazuelo o codillo, cayó redondo…

“El Tapón”, en trance de emoción delirante, instantáneamente perdió el frío, sudaba… Sacó del bolsillo una navaja y se propuso hacer la operación ritual: amputar al bicho los atributos del género… Pero al empezar a tajar el jabalí dio una fuerte sacudida, irguiéndose, que tiró al operador a tierra…

Volvió el bicho a acostarse. Pero “El Tapón”, ante la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir, para asegurarse, le metió por la boca un par de tiros de gracia…

Y así murió, con un “habano” de dos cañones en la boca, el jabalí más grande que se mató por estas tierras desde que hay memoria.

Un cuarto de hora después apareció “El Navarro”, solo, sin latir, agotado y cubierto de sangre. Tenía en el cuello dos heridas considerables. Y una más, de 15 centímetros de largo, en el lomo…

¡“El Navarro”!

Dos horas después llegaron los compañeros de la cuadrilla. Venían desalentados, tristes. Creían que el jabalí se había ido… ¡Bah!

¡Estaba “El Tapón” en el Regueiro da Galia!

Se bajó el “cocho” del monte en una burra, que se resentía en sus patas con el peso de tanta carga.

Y al llegar a casa, lo primero que se hizo fue buscar al veterinario para que atendiera a “El Navarro”.

El jabalí muerto estuvo en Vegadeo y en Castropol.

Más hablamos en casa de “El Tapón”. Yo le recordé que hace años – más de quince – estuvimos en una farra juntos comiendo jabalí en Villagomil. Él cantaba entonces aquello de Iradier:

 Cuando salí de La Habana,
¡válgame Dios!
Una linda guachindanga,
que sí, señor.

Y miraba a Ignacio fijamente, que también estaba allí, a mi lado, con la pucha gacha…

Cuando salimos de Seixas caía la tarde… Seguían las brumas. Y, a pesar de todo, se veía Xonte, La Tomentosa, Castañeirúa, Cotapos… Y a la hondonada que tiene por vértice el río, se mostraba dominada por colores otoñales. La amarillez de las hojas del viduro y el castaño. Y los ocres de las de los robles, las folgueiras y las gancelas. Subsisten los verdes intensos de pinos, tojos y acebos.

Toda esta vegetación vive con verdaderas apreturas formando una masa espesa donde el jabalí puede campar a sus “anchas”.

Al despedirnos veo en la copa de un nogal algo raro. Me acerco y, asombrado, compruebo la realidad: Allí está la calavera del jabalí, sujeta con alambres, a la intemperie, con los colmillos enhiestos, algo así como de: ¡Aviso a los navegantes!

Es el blasón de un cazador de cuerpo entero. ¡“El Tapón”!

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