Navia de gala

Eco de Luarca, Hacia la ría del Eo

Publicado en: Eco de Luarca. 14-8-1955; Hacia la ría del Eo (1957)

Navia es una villa asturiana que linda al norte con el mar Cantábrico… Al sur con las Aceñas, al este con la Colorada y al oeste con el Espín.

Dentro de este recinto se halla un núcleo urbano que, como en todos los pueblos de tradición, tiene dos partes: la antigua y la nueva. La antigua se encuentra en lo alto, a modo de castillo roquero. Y la nueva, al nivel del mar, de la ría, y se extiende desde Buenavista hasta Olga y el Pardo.

Navia, en otros tiempos, tenía sólo una puerta de entrada: La Puerta de la Villa. Se conserva este nombre en el lugar donde estaba, por puro recuerdo. Pero hoy, realmente, no tiene puerta ninguna. Se entra en Navia por carreteras abiertas.

En el centro del pueblo, en la parte baja, al lado de la ría del Navia, hay un hermoso parque, últimamente remozado. Y en medio de éste un poeta que vive, con su broncínea figura sentada, en la gloria. Llamo gloria al vivir cotidiano rodeado de niños, de flores, de árboles y de pájaros. ¡Quien fuera poeta para tener en el Más Allá una paz así! Sí. Los pájaros son amigos de Campoamor. Se puede ver con frecuencia a los jilgueros, sobre los hombros del poeta con una pajita atravesada en el pico, descansando, si están preparando su nido, o más tarde, en la época de la crianza, con una libélula moribunda para saciar el apetito de tantas bocas que se abren a un tiempo, bocas que si no piden pan, piden insectos.

Al lado de la villa, separado por el puente, está el Espín. El Espín no pertenece a Navia ni en lo administrativo, ni en lo religioso. Pero ¡qué más da! Sus habitantes viven con el cuerpo en un lado y el espíritu en el otro. Navia y el Espín son como una pareja de novios. Navia es ella, y el Espín él. Como los novios tienen sus “querellas”. Pero lo cierto es que, cada día, no pueden vivir el uno sin el otro. Eso es. Viven en una perpetua reconciliación que es, probablemente la forma ideal de amar.

Navia, en tiempos que los mayores recuerdan, aparte de las actividades que daban la vida, fue un pueblo de artistas. La música era el arte noble cultivado por su vecindario con verdadera pasión. En cada casa siempre había alguien que tocaba algo…

Da no sé qué ver hoy las fotografías de bandas de música que hubo en Navia a fines del siglo pasado y comienzos del que corre ¡Qué gente! Caras graves, serias, bigotudas y cuerpos con rigidez castrense ante el atril que sostenía el papel pautado. Botas de botón y, sobre ellas, el pantalón redondo, sin raya. Más arriba, las chaquetas cruzadas con botones dorados. Y, por último, sobre las cabezas, las gorras de plato con la lira simbólica sobre la visera. ¡Qué seriedad y que hermosura! Oírlos ¡daría genio!

Pues bien, en este pueblo tan concisamente descrito y evocado, va a haber fiestas. Las de siempre, las de agosto, las que se cobijan bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Barca.

Navia trae este año una banda de música de caballeros soldados. Magníficos músicos. De lo mejor. Ellos darán, a ratos, los conciertos del caso para la gente sesuda. Y, alternando, tocarán los pasodobles más sandungueros y castizos para la otra gente, la de tronío. Los instrumentos curvilíneos y relucientes reflejarán como espejos la concurrencia que, en torno suyo, busca a la vida un poco de alegría y otro poco de emoción.

Y también se ofrecerán a los visitantes, la más esplendorosa variedad de fuegos de pólvora, que se dispararán en los juncales, al otro lado de la ría, para que ésta preste su límpido espejo y se de al espectáculo el mayor encanto.

Los cabezudos saldrán por las calles con frecuencia de bailoteo. La caravana seguidora la formarán niñeras con albos delantales y los niños de los colegios de párvulos que están de vacaciones.

Globos balanceantes saldrán de Navia hacia el cielo pregonando a sus habitantes – que son los ángeles – la alegría y el jolgorio que se disfruta en estos lares.

Un día se dedicará a festejar y honrar a América. Habrá desfile de carrozas, exhibiciones de trajes típicos y un verdadero derroche de rosas y claveles.

Y otro día; el último para rematar, lo incomparable de siempre: La jira al Cubo. Y cucañas, carreras de esto y lo otro, tómbolas, tiovivos, barracas, etcétera.

Chele, el sin par Chele, después de un cursillo de estudio de dos meses por las verbenas de Madrid, orquestará todos los festejos para lograr el mejor éxito.

Una vez más Chele pondrá al servicio de su Navia lo mejor que tiene. Su corazón.

Por estas fechas es costumbre hacer un llamamiento, no angustioso, pero sí cordial, al forastero. Sí. Ese ser misterioso, innominado, al que todos los pueblos, cuando hay fiestas, llaman Forastero, en nombre de Navia te llamo: Ven… Te habla un experimentado. Yo también he sido forastero de Navia. Hice caso a los que, en ocasión parecida, me llamaron. Y vine. Pero yo además de venir ¡me he quedado!

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