De la fiesta de Villaoril

Eco de Luarca

Publicado en: Eco de Luarca, 6-10-1957

El 28 de septiembre último, como todos los años, se celebró la fiesta de Villaoril.

Nuestra Señora de Villaoril tiene muchos devotos en Asturias y fuera de ella. De Galicia, sobre todo, vienen muchos romeros. Y hasta tal punto que mucha gente llama a esta fiesta, «de las gallegas».

Es, de todas las fiestas del occidente asturiano, la que a través del tiempo, conserva sus esencias inalterables. Los modismos, las novedades, son muy pocos los que la penetran.

El escenario donde se celebra es el de siempre, claro. El campo amplio, sigue con sus seculares robles y con los de siempre renovados maizales en torno. Más allá, muchos pinos. Y, por el fondo, en la lejanía las brañas de Busmargalí y el Vidural. Este año todo este paisaje estaba esplendente, radiante. Un sol otoñal, ininterrumpido, lo iluminaba todo.

En la mañana se celebró la misa en la capilla. Es una misa intensa, rebosante de fervor y de unción católicas. Como los romeros son muchos, no caben en el templo. Dentro y fuera, en grupos, se rezan muchos rosarios. Y las personas que tienen especial gratitud a la Santa, concurren al mismo con sus deudos y llevando los ex-votos que sean del caso. La procesión que va a la Fuente Santa redobla el fervor, si cabe. Los penitentes, los verdaderos romeros, la siguen descalzos, de rodillas o en otra forma que acredita su honda fe. El silencio, el recogimiento de la procesión, solo se ven interrumpidos de una manera muy efectiva por el estampido de enormes cohetes. Ellos suben rectos como rayos, y dejan en las alturas una nube de frondosos humos azules.

Acabado lo religioso, se inicia lo profano. Suenan músicas aquí y acullá. Un gaitero, no se sabe de dónde, a dos carrillos, sopla su gaita en un rincón. Otro estira y encoge, por otro lado, su melodioso acordeón.

Hay muchos bailes a un tiempo, hay, que se puede decir, bailoteo federal. Poco a poco la gente se va a los prados de las cercanías, en grupos.

Y se hace la comida. El pollo asado, el jamón cocido, la tortilla, el bistec empanado… Todo «vuela».

Poco a poco van llegando las gentes rezagadas, los de los alrededores. Los de confianza. El campo se espesa. Hay, por él tendidos en el suelo, mil puestos de baratijas y juguetes. Y los de avellanas con sacos y cestas rebosantes de este rico fruto asturiano. Los músicos, muy coloradotes, ya comidos y bebidos, se apuran en su labor. Se baila en general. Las parejas de novios además de bailar se aman… Es lo corriente.

En las encrucijadas y en los caminos que van al campo se ven en profusión pobres que piden. Lo de siempre. Pero no son pobres vulgares, no. Son pobres lisiados, gentes incompletas. Uno exhibe una llaga, otro, una úlcera descubierta, a aquel le falta un brazo, el de más allá está en un lecho movible y no tiene pierna alguna.

La alegría y el dolor, pues, van de romería a Villaoril ¡Es la vida!

Al anochecer se disgrega el gentío, aquello se disuelve. Los niños, soñolientos y cansados, van de la mano de sus padres. Van sin embargo, contentos.

Llevan collares de castañas. y tocan las cornetas que les fueron compradas… por haber sido buenos.

Parecen los heraldos que anuncian la fiesta del año que viene.

Sela

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