La Costa del Sol (sus vinos)

Turismo y Vida

Publicado en: Turismo y Vida. Abril¿?-1972

por D. ALEJANDRO SELA

La Costa del Sol es un trozo de suelo español que tiene unos límites no bien precisados. Ni falta que hace. Se sabe cuál es su centro: Málaga. Se puede entrar en esa costa, o por San Roque (Cádiz) o bajando de Levante por Almuñécar (Granada).

Esta última entrada, cuando se va par allí a curiosear en vinos, creo que es la más idónea. Pero conviene empezar las cataduras en Albuñol (Granada). En este pueblo de falda de montaña hay un vino trigueño, un poco moruno más bien. Y muy rico. Se toman unos vasitos de “arrancadera”, y se deben llevar unos litros en las faltriqueras del coche. Por si acaso.

Al pasar por Motril y ver su campo ya se nota que el sol empieza a cumplir una misión especial. Se hace “confitero”. ¿Cómo? Todo lo que toca al acariciarlo lo reduce a dulzuras… Caña de azúcar en lo que queda de Granada y – ya en Málaga – Frigiliana, higos de miel por cualquier parte y uvas y vino. El centro vinícola por excelencia de la Costa del Sol es Vélez-Málaga. Y, en su torno, otros pueblos colaboran con uvas y mosto. Véase: Torrox, Competa, El Bosque, Canillas de Aceituna, Almáchar, Benamargosa, La Viñuela… El paisaje por allí no es de llanura, pero es encantador. La sierra de Almijara extiende sus laderas por esos lugares.

La Industria que se deriva del viñedo se desdobla: En pasa y en vino.

La pasa se logra, sencillamente, así: La uva, está en la cepa lo más posible. Después se cortan los racimos y se llevan a los patios o paseros. Y, extendidos por sus suelos, el sol hace su oficio: evapora el agua de la uva. Y nos da hechas las pasas. Estas, una vez empaquetadas, van a todas partes.

¿Y los vinos? La técnica de elaboración de los vinos de Málaga no es nada sencilla,

He aquí los tipos más señalados:

Málaga lágrima. Procede del mosto que se desprende de las uvas sin presión alguna. Su color es de oro y, en cuanto a sabor, muy delicado.

Málaga blanco dulce. Procede de la cepa Pedro Ximénez. Su olor es fino y profundo.

Málaga seco. De la cepa anterior. La sequedad no es absoluta, pero ¡vaya!

Málaga moscatel. Procede de la cepa que le da nombre, moscatel. Su color es ambarino,

Málaga color. También procede de la cepa Pedro Ximénez, pero con añadidos de uvas negras selectas. Es casi un Jarabe oscuro.

Todos estos vinos se obtienen de soleras – vinos especialmente envejecidos en barricas – y con una técnica de mezclas sumamente depurada. Y años, bastantes años, de reposo y madurez.

Con este conocimiento, por tal zona, volvemos a la costa. Y podemos ver inmediatamente las cuevas de Nerja – un cielo bajo tierra -. Y el mirador de Europa. De cara al mar, claro,

Hemos de ir a Málaga, capital, y ver lo que hay en La Alcazaba, Gibralfaro, la Caleta, el Limonar.

A uno – y ese uno soy yo – le llama la atención un monumento al Jazminero y otro al Cenachero – marengo – vendedor de “pescaíto”. Y otro monumento más. Este a Díaz de Escobar. Él fue quien dijo:

“Quise llegar a la gloria;
en el camino te hallé,
y al mirarte tan bonita
dije al punto: ‘Ya llegué’.”

Preguntando se va a Roma. Y preguntando se entera uno de que allí hubo, en lo popular, mujeres “cantaoras” ejemplares: La Chilanga, La Chirrina, La Brígida, La Repompa… Y en los caballeros, un nombre lo llena todo, Juan Breva.

En lo artístico no debe olvidarse que en Málaga hay tallas estupendas de Pedro de Mena y una Piedad fenomenal de los Pissanis. Y óleos de Ribera, de Zurbarán, Morales y Murillo.

En la costa se verán, si se quiere, Torremolinos, Fuengirola, Marbella, Estepona. Y en sus playas, como si estuvieran en un pasero, mujeres inglesas, suecas, alemanas, tendidas como racimos de uvas doradas… por el sol “confitero”.

Pero el turista debe ser un poco explorador y romper los moldes de un viaje especialmente calculado y separarse de la costa para conocer más vinos y más pueblos: Cartágina, Campillos, Archidona, Mijas, Gaucín, Casares… Ojén. (Recuerda quien lee aquello de ¡Una copita de Ojén!)

Pero hay dos pueblos muy señalados. Antequera, con su Alcazaba, la cueva de Menga y la Peña de los Enamorados. Y Ronda, donde se entera uno de que Pedro Romero fue el Cervantes de los taurinos. Y que, además, la plaza de toros tiene un pórtico barroco… todas esas sierras malagueñas con unos pueblecillos que parecen nevados, y no hay tal. Son así porque están siempre recién encalados… Viajando por estos sitios, si uno va en coche acompañado de una mujer guapa, tiene reiteradamente que advertirle: “Agárrate que hay curva”. Y en las mismas tierras serranas, donde vive la cabra hispánica, se alojó, en su tiempo, José María “El Tempranillo”, un bandolero español inolvidable que “respetaba a las mujeres, amparaba a los ancianos y socorría a los pobres”. Evidentemente, España es diferente. Murió “El Tempranillo”, a los 27 años, el 24 de septiembre de 1834, en la Alameda, al norte de la provincia malagueña. Y allí está enterrado.

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