Barcelona es bona

Turismo y Vida

Publicado en: Turismo y Vida. Mayo-1972

Vista por D. ALEJANDRO SELA

He vuelto a Barcelona una vez más. La primera tuvo lugar, de chico, para ver la Exposición Internacional. Y otras veces, no hace mucho. En Barcelona, solo, me muevo con cierta desenvoltura. A tal punto que cuando voy por las Ramblas me da la impresión de que yo no soy yo. ¿Quién, pues? Ramón Berenguer IV. Sí, pero un Ramón Berenguer IV que tuvo que oír, quieras que no, “Mamy blue…”

En este último viaje mío fui a “otear” el horizonte vitivinícola de la provincia. Y salí colmado de satisfacciones. El centro de mi minicruzada era un hotel de las Ramblas.

Primero estuve en Alella – 15 kilómetros al Norte de la capital -. Aquí en Alella, pueblo empinado, hay vinos de todos los colores. Blanco, clarete y tinto. El blanco no es puro – me refiero al color – es marfileño. Y con el nombre de Marfil se le conoce.

Seguidamente me trasladé a San Esteve de Sesrovires. Más concretamente, a la masía Bach. ¿Y qué? Pues, sencillamente, quedé encantado. Esta masía tiene un aspecto puramente señorial. Pero en las entrañas de este “señorío” hay bodegas y cavas donde se trabaja duro para obtener vinos de mesa y espumosos – léase champán -, de delicadas finuras.

Después, otro día, me trasladé a San Sadurní de Noya. Aquí, esto se sabe, hay múltiples casas que hacen espumoso o torrente. Pero, no se olvide, la abundancia no va en mengua de la calidad. De eso, nada.

Más tarde atraco – en el supuesto de que yo sea un barco velero – en Villafranca del Panadés. Es la tercera vez que voy a este bello lugar para hacer acopio de “mis vinos”. El movimiento se demuestra andando.

Y ya, por último, me presento en Sitges. Aquí, donde también estuve más veces, se hace la malvasía. Señoras, señoritas, ¿saben ustedes lo que es esto? Pues un vino de postre donde la dulzura se frenó a tiempo para evitar el empalago. Ni más ni menos.

Estos pueblos que cito como vinícolas son los de más relieve. Pero hay otros muchos.

Estos vinos, todos, con sabores muy variados, se prestan a hacernos una vida ilusionada y real. Que no es poco.

Un día, hacia las nueve y media de la noche, al salir del hotel, veo que unas mujeres muy elegantes se apean de sus coches y entran en un lugar que dice teatro del Liceo. Veo la cartelera y leo: Hoy, “Boris Godunov”. Medito. Barcelona tiene mujeres hermosas, música excelsa y vinos estupendos. ¿Qué le falta?

Y yo, pobrecillo, Ramón Berenguer IV, sigo por las Ramblas. Los pajareros y las floristas me miran con compasión. Eso creo. Pero me anima una voz fina de señora que canta, por la radio, en una cafetería.

¡Soy rebelde! Bueno.

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