REVISTA DEL COLEGIO DE MÉDICOS DE ASTURIAS. Julio-2008. Vida y obra de Alejandro Sela

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REVISTA DEL COLEGIO DE MÉDICOS DE ASTURIAS. Julio-2008. Comentario a la vida y obra literaria de Alejandro Sela

Por, Venancio Martínez Suárez. Pediatra.

Para tener idea cabal de una figura debe encontrarse la distancia adecuada, justa; no demasiado próxima, para que descubra su luz y sus sombras, sus relieves o veladuras. Así, se nos define la unidad y totalidad de las cosas, su valor y medida, su contenido y su forma compacta. Y en la vida del hombre la distancia la da el tiempo – los días o las horas para sus circunstancias personales, los años para su interpretación total-.

Alejandro Sela falleció en su casa de Navia hace 25 años, una mañana de domingo, el 28 de octubre de 1982. Había nacido en Vilavedelle (Castropol) el 14 de febrero de 1911. Su padre, natural de Seares, emigró a Méjico, donde permaneció un tiempo hasta que ya maduro retornó al terruño familiar para casarse. Alejandro fue el segundo de tres hermanos, aunque el primogénito falleció prematuramente – a los doce años – probablemente por una angina diftérica. El mismo Sela preadolescente fue enviado a Fonsagrada durante algo más de un año para reponerse de una afección tuberculosa. Este acontecimiento pensamos que debió de ser decisivo en sus inquietudes humanísticas, como ocurrió con un sinfín de apasionados lectores que han cuajado en los dilatados retiros prescritos para los procesos neumotísicos en el primer tercio de siglo. Encontramos otra explicación a sus inclinaciones literarias en la labor pedagógica de la Biblioteca Popular Circulante de Castropol, fundada en 1912 por un grupo de jóvenes universitarios que denuncian la situación de ignorancia del pueblo, no sólo por el gran número de analfabetos existente, sino también por la falta de curiosidad de los que no lo son” (1). Ya repuesto cursó el Bachillerato Elemental en el Instituto General y Técnico de Lugo en régimen de alumno libre entre 1923 y 1927. Ese último año ingresa en el Instituto Agrícola Alfonso XII de Madrid, finalizando sus estudios en la Escuela Profesional de Peritos Agrícolas de Moncloa en 1930. Sabemos que el 24 de junio celebra una cena de fin de carrera con compañeros y profesores en un restaurante de la Dehesa de la Villa que funcionaba como sucursal del famoso “Antigua Casa de Botín”. En abril de 1931 todavía permanecía en Madrid, desde donde envía un telegrama al periódico castropolense El Aldeano – firmado también por Claudio Penzol y otros allegados al proyecto periodístico – felicitándose por la proclamación de la II República. De vuelta a Vilavedelle ejerce como agrimensor y asesor de las pequeñas explotaciones locales, si bien “los paisanos no entendían que hubiera que pagarle por ese trabajo a un chaval del pueblo”. Es posible que esta incomprensión, la legítima ambición y la confianza en su propia capacidad lo animasen a completar durante 1931 y 1932 el Bachillerato Superior en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Oviedo, también en régimen “no oficial no colegiado”. El 15 de junio de 1931 firma un contrato como profesor en la Escuela Agrícola “Pedro Murias” de Villaframil en Ribadeo. En septiembre de 1932 se examina y aprueba las cuatro primeras asignaturas de derecho en la Universidad de Oviedo, finalizando su licenciatura como alumno libre en enero de 1936 en convocatoria extraordinaria adelantada a la oficial y ordinaria de junio. Los años previos a la Guerra Civil Sela compaginó sus obligaciones universitarias con trabajos en los tribunales de Oviedo y cumplió el servicio militar obligatorio, del que fue licenciado el 5 de septiembre de 1933. En 1936 tenía veinticinco años y poseía dos títulos universitarios; todo ello preservando su vocación frente a las dificultades y sinsabores que parecían limitar su horizonte al apocado ambiente rural y campesino de aquella época.

Se incorpora a filas el 1 de octubre de 1936 con destino en el Regimiento de Infantería Milán no. 32 de Oviedo, donde permanece hasta el día 15 de noviembre del mismo año. Su vivencia de la guerra queda dramáticamente señalada por el fusilamiento de su amigo Rico Eguíbar, con el que se había cruzado en la calle apenas dos horas antes de que fuese capturado y ejecutado. Ejerce como abogado defensor republicano durante los primeros meses de la contienda y recibe la licencia definitiva en Villarrobledo (Albacete) el 10 de junio de 1939, según consta en el Pasaporte de Viaje a Vilavedelle.

En 1945 llega a Navia como Juez Comarcal, instalándose en el Hotel Mercedes. Contrae matrimonio con Doña Maruja Pérez Lobete – Inspectora de Sanidad y con farmacia abierta en la villa desde 1944 – dos años más tarde. Es frecuente en esas fechas su presencia en publicaciones de ámbito local y regional, ejerciendo el periodismo con notable desparpajo y elegancia, y explayando como cronista ocasional su pluma ágil en deliciosas entrevistas. Mantiene una entrañable relación de amistad con Justín el analista, Manolo Méndez, Álvaro Delgado – desde su llegada a Navia en 1955 -, el maestro rural José María de Miñagón y el notario Enrique Alpañés – hasta su marcha en 1957 -. Con ellos se desplaza en alegres excursiones por los pueblos de la comarca en busca de tipos, casos y cosas que le ayuden a «penetrar el fondo de estas tierras y sus gentes”. Ya en aquellos tiempos era habitual encontrarlo por la mañana en el Café Oriental – sentado al fondo del largo diván corrido con la capa española o la americana doblada sobre el respaldo de una silla y el sombrero a su lado -, donde proyectaba y trabajaba diariamente sus escritos, o esbozaba sus pinturas. Y verlo durante las mañanas calentar sus pies caminando en la parte posterior del parque mientras miraba a Campoamor “en efigie, estatuado en bronce”. Frecuentaba también el Café Martínez, cenáculo de tertulias eruditas, de chismes locales y conversaciones disparatadas, donde además podía vérsele solo o rodeado de algunos niños a los que impartía improvisadas clases de dibujo.

En el año 2000 la Academia de la Llingua compendia diez colaboraciones periodísticas en Gallego-Asturiano aparecidas en El Aldeano de Castropol entre 1931 y 1948 y firmadas bajo el seudónimo de Tío Pepe, con un breve y delicioso preámbulo crítico de Xosé Miguel Suárez. En estos escritos Sela habla por boca de personajes – tía Marica, Pepía del Peneireiro, Penelo y demás, a los que idealiza en sus modos y lenguaje, adoptando una actitud verdaderamente responsable ante el propio legado cultural. En su léxico y en su fonética oímos hablar a nuestros antepasados y a muchos de nuestros amigos, aunque la razón sentimental no puede distraer la calidad de su mejor creación literaria.

En la primavera de 1957 aparecen recopilados en Hacia la ría del Eo una serie de dieciocho “ensayos breves de amor y más cosas”, calificados de “admirables” por Gregorio Marañón, de “maravillosa colección de estampas” por André Camp y de “obra deliciosa” por José Vasconcelos; y que proporcionaron a Otero Pedrayo “momentos deliciosos y evocadores de la ternura y fuerza de las Asturias occidentales”. Incluye Salutación a un fresno, su artículo más conocido y personificación de un árbol que se refleja en el discurrir manso del río. La imagen es entonada por Alejandro Sela con un acento que destila una gran sutileza lírica y apuntala en dos versos de sendos sonetos de Quevedo, “príncipe de los literatos”, “fenomenal amador” y “extraordinariamente inteligente”. Cierra esta colección La Searila, «una historia de amor pleno, sublime”, publicada ya en 1955 en un ligero folleto junto a un escolio explicativo de Jesús Martínez.

En 1960 da a la prensa veintidós nuevos artículos editados bajo el epígrafe De vuelta del Eo, ilustrados por quince dibujos de Álvaro Delgado (de quien fue uno de sus primeros críticos públicos: “Esto es arte” afirmó adelantándose a otros muchos), y que como en la serie anterior persiste como tema dominante las especulaciones literarias sobre el amor, entreveradas con líneas de exaltación casi mitológica de paisaje físico y espiritual de su tierra. En ellos simula poseer una visión ingenua y sorprendida de pueblos, hombres y cosas, descubriéndonos las huellas que la vida y el tiempo habían ido dejando impresas en su corazón.

Son años en los que realiza investigaciones sobre los vinos españoles, lo que le permite colaborar en diversas revistas vitivinícolas (Dyonisios y La semana Vitivinícola). Uno de estos estudios fue premiado en el Congreso Nacional del Vino. En 1971 publicó Vino, Amor y Literatura, obra también galardonada, en la que se entremezclan consideraciones técnicas eruditas sobre enología con los frutos de sus constantes y pacientes pesquisas literarias sobre el tema. Sela plasma en estas páginas de literatura andariega – “con un lenguaje de paseo” – su propensión a la vida solitaria – de «monje exclaustrado”-, estableciendo una distancia entre él y las cosas, que muchas veces se traduce en ironía retórica, casi en socarronería.

En estos tres libros pone Alejandro Sela sus referencias literarias en los clásicos españoles. Son decenas las citas de Quevedo y algunas de Cervantes. Y significativo de su aprecio por San Juan de la Cruz y Santa Teresa es el viaje a sus tumbas en Segovia y Alba de Tormes transportando unos ramos de camelias recogidos en Viladevelle. La “tradición eterna legada por los siglos”, el interés por el paisaje como elemento sociológico, el gusto por lo tradicional y local, son marcas que surgieron de lecturas y continuos subrayados de Azorín, Baroja, Unamuno, y también de Ortega y Marañón, de quienes es patente la influencia estilística, de gusto y de ideales. Sus relatos muestran una actitud meditativa, con alusiones a la naturaleza desde una percepción sensitiva: recrea en sus escritos el momento del día, la estación del año, proyecta su talante melancólico sobre las nubes, el sol o las olas del mar. Utiliza la observación perseverante y aguda como forma de objetivarse, como excitante del conato artístico. Es lo que Pérez de Ayala definió como “la intervención telúrica”, la absorción y colaboración del ambiente en la obra creativa.

Alejandro Sela García pasa los últimos años de su vida aquejado de un pertinaz abatimiento depresivo, agravado por algunos problemas cardíacos premonitorios de la causa de su muerte. Sus restos mortales reposan en el panteón familiar del hermoso cementerio parroquial de Seares, a escasa distancia de la casa que le vio nacer y rodeado de los mismos paisajes que forjaron su forma de soñar y de entender el mundo.

Esta breve semblanza pretende aproximar al lector a la vocación definida y al denuedo ejemplar de un tipo humano extraordinario. Debiera, además, ser para todos un motivo de reflexión sobre el olvido. Ya dejamos escrito que los pueblos no pueden vivir de espaldas a su cultura. Y nos parece inexcusable que en ellos los días se desenvuelvan en la ignorancia de aquellos que dieron sus mejores afanes a la comunidad en que nacieron, vivieron o trabajaron. Porque sólo sabiendo y asumiendo nuestro pasado seremos plenamente nosotros. Y así cobra sentido la historia.

  1. Obra surgida por iniciativa del intelectual castropolino Vicente Loriente Cancio. Orientada por el ideario político reformista e inspirada por el modelo de la Junta de Ampliación de Estudios, contó con el apoyo del Ayuntamiento y la Diputación, obteniendo financiación mediante donativos de naturales del concejo emigrados a América, suscripciones y aportaciones particulares. Referencia: Domínguez Sanjurjo, M Ramona. La Biblioteca Popular Circulante de Castropol. 1921-1936. En Actas del Primer Congreso de Bibliografía Asturiana. Oviedo, 11-14 de Abril de 1989. Consejería de Educación, Cultura, Deportes y Juventud, 1992, II, pp.688-700.

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